7/28/2013

Un paseo por el Zoco Chico

Me voy a tomar la licencia de que un niño, de corta edad, sea el que describa lo que vio y sintió, en este relato biográfico. Su memoria ha sido retroalimentada por los mismos recuerdos del que hoy, ya demasiado adulto, sigue conservando en su interior.… Era domingo; iba de la mano de mi padre caminando hacia el Boulevard, recuerdo bien la fecha, año 1946, la recuerdo, entre otras cosas, por algo que la dejó marcada de forma indeleble, (ya lo veréis más adelante) y también porque acababa de cumplir seis años.




 Por Ricardo Bustos


No me encontraba muy bien. Ya se lo había dicho a mi padre. Es por lo que interrumpimos el paseo que pensábamos hacer por la calle Libertad dirigíéndonos hacia la parte nueva de la ciudad y tomamos el camino de vuelta a casa. Dejamos el Zoco de Fuera atrás, con sus puestos de flores exponiendo un arcoíris de colores y perfumes, sus “restaurantes” de baisara, pescado frito, pinchitos… enfilamos el principio de  la calle Shiaguins. En la esquina a la derecha había un bakalito y justo en frente, en la otra esquina, estaba la administración de loterías de Cano, a continuación había una  gran zapatería, si mal no recuerdo era El Valenciano.

Nuestra casa en aquella época, en contra de lo que cuentan muchos olvidadizos tangerinos, no se encontraba en la parte alta de Tánger. No. No era un piso con suelo de mármol, ascensor y portería. La gran mayoría de los españoles de aquel entonces, nos repartíamos por el Zoco Chico, Curro las Once, el barrio del Progreso, el barrio chino, calle Galvani, Newton,  Cuesta de la Playa, patio Rúa, La Emsallah, Calle Sevilla, Calle Venezuela… y la verdad es que la vida no era tan maravillosa como muchos la pintan en sus recuerdos. Éstos, como sabemos, se barnizan con el tiempo y algunos los recrean acomodándolos, para que sean como a ellos les hubiera gustado que fueran. La población española era mayoritariamente obrera, eso sí tenía trabajo, algo que en España no había, también la gran mayoría estaba allí huyendo de la guerra fratricida y de los complejos problemas posteriores a ella. Lógicamente con este tipo de estatus, no podían permitirse vivir en los apartamentos de la zona boulevariense.

Lo que entraba en casa era un sueldo de obrero, casi siempre del hombre de la casa, pocas eran las mujeres que trabajaban fuera de ella, algunas cosían algo para las vecinas y así ayudaban. Se veían obligados a alquilar viviendas simples, algunas tipo corralas. En casi ninguna había cuarto de baño, todo lo más “el cuartito” con una taza turca, no todas tenían agua corriente… aunque sí, había electricidad y no la cortaban. En fin, casas de obreros de los de antes.

 Como decía, nos dirigíamos a  nuestro domicilio y como he comenzado describiendo casi fotográficamente la entrada de la calle Shiaguins, si me lo permitís, voy a continuar desgranando mis recuerdos de aquel paseo ilustrando, dentro de lo que cabe, la película de  lo que vieron mis ojos en aquel entonces. Junto al bakalito de la esquina había un “cambista” con su pequeño mostrador, éste no debía de medir mas de ochenta centímetros, contenía unos habitáculos internos donde guardaba las diferentes divisas sin más llaves ni cajas fuertes, por encima de su cabeza se encontraba una pizarra de madera pintada en negro, con los cambios garabateados con tiza. Cambios que fluctuaban gracias a una persona que subía y bajaba la calle, comunicando las variables, cuando se producían.

Más adelante a la izquierda, estaban dos arcos con sus antiguas puertas, que no muchos años atrás servían para aislar la ciudad y hoy daban a la calle Italia y justo al lado de una de ellas estaba la tienda conocida por  “Saldiguera” con un gran surtido de alimentos. Pasamos la puerta del mercado (“El Zoco”) junto a la que había una carnicería moruna y otro cambista, enfrente estaba Cafés La Campana, dejamos a la izquierda la calle de “los lateros” y comenzamos a bajar la cuesta. A la derecha había una fuente y encima de ella se encontraban los Estudios Fotográficos Alba, de gran prestigio, donde mi madre solía llevarme para “retratarme”,  se entraba por la calle de “los plateros”.

Desde allí, a la altura de Cafés el Chiquet,  se veía a la izquierda el anuncio de Galeries Lafayette, donde más tarde estaría el Monoprix, casi enfrente de la iglesia de La Purísima Concepción, con sus rejas en forma de lanzas, donde yo, más tarde, recibí mi primera comunión. Después de pasar la calle de las “nogas”, las tiendas de los “indios” proliferaban a derecha e izquierda, con personal en la calle invitándote a entrar y ver de cerca los productos que exponían en sus escaparates, muchos artículos de marfil tallado, estilográficas, mecheros, medias de nylon, bolígrafos… 

Al lado de la iglesia, Almacenes Alcalá y un poco más abajo, creo que la antigua Administración Internacional, Dar Niaba. Junto a ésta me llamaba la atención unas enormes gafas de madera que atravesaban parte de la calle anunciando que allí había una óptica. Los cambistas, monopolio judío, se encontraban a lo largo de las aceras, deslizando entres sus manos monedas a modo de cataratas, para llamar la atención del transeúnte. Casi al final prácticamente enfrente de Au Grand Paris, al lado de Mazorla, se encontraba una confitería regentada por su propio dueño, un hebreo, que tenía unos pasteles exquisitos. A mi me encantaban unos merengues duros por fuera que al morderlos, se te deshacían en la boca, encontrándote sorpresivamente un merengue de textura blanda, exquisito, con un corazón lleno de confitura de fresa, que me hacía suspirar. 

El establecimiento se llamaba La Bombonera. Entrabamos ya en el Zoco Chico, haciendo esquina con Au Grand Paris, estaba el Café Restaurante Tingis a la izquierda, del que siempre me llamó la atención su terraza, construida de madera, rellenando la acera que le pertenecía y dándole altura para adecuarla al suelo del local, lo que la convertía en una verdadera atalaya de donde, desde su veladores de mármol,  se podía contemplar la marea humana que subía y bajaba constantemente, hablando, gesticulando, comentando, negociando, no sé qué de qué. Dejamos a la derecha la calle Curro la Once, mirando hacia ella veíamos unos locales que eran de Dalamal and Sons, y más arriba encontraríamos una farmacia, y la mejor churrería de Tánger.  Pasamos por el Café Central, El Fuentes, todos llenos de gente variopinta, de todo tipo religión y etnia y justo enfrente, la Cervecería España antes de llegar a la puerta del Telégrafo Español.

En la misma plaza, junto al Central, había un pasadizo que desembocaba en un kiosco que años después fue del fotógrafo Deffuf y justo al lado en la esquina, siempre a la izquierda, dando fe al apellido de sus propietarios, estaba la Pastelería La Española, de ésta no voy a contar sus bondades, son de todos conocidas. Seguimos andando y dejamos atrás el pasaje que daba al Cine Vox, entrando por calle Correos,  dejando también atrás la enorme cabeza de bronce del león del Correo Español, cuya boca hacía de buzón y que a mi me imponía. Tenía miedo, cuando me alzaban para echar una carta, a que se cerrara sus enormes fauces  atrapándome la mano.

Llegamos a la calle Colaço. Subiendo por ella lo primero que encontramos es la Fotografía Blanco, enfrente estaba la sastrería del Sr. Croveto, sastre y violinista, que también fue director de la banda de música de la Plaza de Toros, por cierto que ensayaban en un local que había al lado de la fotografía, cuya parte trasera daba a un patio jardín con una palmera que pertenecía al Correo Español.  Años más tarde este señor fue profesor de música del Instituto Politécnico Español. Justo al lado había un “establecimiento” de intercambio de tebeos y novelas, mediante pago, donde años después leíamos novelas de El Coyote, Doc Savage, M.L. Estefanía y los tebeos del FBI.


Continuamos nuestra ascensión y dejamos a un lado la Pensión Buenos Aires, doblando a la izquierda. Comenzaba la calle Bencharki, entre un bakalito a la izquierda y un bar a la derecha. Descendiendo, llegábamos a un “arco-túnel”, la calle estaba techada por construcciones, costumbre  muy árabe que se repetía en todo el casco antiguo. A partir de ahí daba comienzo la parte de la mala fama que poseía esta calle que se prolongaba hasta casi llegar al American Cinema. Sus viviendas estaban ocupadas por señoras cuyo oficio era de lo más antiguo y a las que a veces, se las podía ver en la puerta en “combinación de nylon” haciéndoles guiños a los futuros clientes. Cuando recalaban marinos franceses o americanos, cambiaba drásticamente el ritmo de “vida normal” y se convertía en una especie de populosa feria, llena de blancos gorros de la Navy y de oscuras boinas con rojo pompón de los franceses. Y había peleas…  peleas como en las películas de cow boys.

Curiosamente una de las calles que atravesaba a ésta, era la calle Cruz Roja Española, sin salida a ambos extremos, donde todos los residentes o por lo menos un noventa por ciento éramos españoles, habiendo también algún judío y algún marroquí, naturalmente ninguno de nosotros teníamos nada que ver con el comercio y el bullicio de la esquina. Y aquí viene algo de lo bueno que tenía el Tánger de entonces, nadie se metió con nadie en los años que habitamos en aquel barrio.

Bien pues en esta calle vivíamos nosotros. Justo al final de una de las zonas que no tenía salida, se encontraba nuestra casa. Anterior a ella estaba la academia de Doña Eva, pianista, familiar del que fue mi querido profesor de francés Sr. Alvarado, donde ensayaban cantando,  zapateando y castañeándo al son del piano y aprendiendo nuevas danzas las “chicas tanguistas” que actuaban en los cabarets de la ciudad, el Mónaco, Lido Kursaal...  Para acceder a casa, había que pasar bajo el dintel de una pesada puerta de madera que daba entrada a la vivienda. Ésta tenía un gran aldabón de metal, con forma de puño agarrando una bola que era el llamador. Consistía en una vivienda de clásico estilo árabe con muros construidos con piedra y argamasa, todo el pavimento  de losas blancas y negras formando un damero, un pasillo que daba a una especie da patio interior techado y con una gran claraboya con forma de tejado de dos aguas, que proporcionaba excelente luminosidad a la estancia. 

Este “patio”, que era comedor y sala de estar al mismo tiempo, daba paso a las habitaciones que había en derredor y a una escalera a la derecha por la que se accedía a la cocina, que estaba un tramo antes que la azotea. En ese callejón sin salida jugábamos, ya con más edad, a melastro, meblis, hoyo, palicache, huesos de melocotón, policía y ladrones, oficio mudo, fútbol con pelota de trapo, etc., vaya lo que hoy es una Nintendo. Con varios de aquellos amigos aún hoy mantengo su amistad, a pesar de los lustros transcurridos. Mi padre, y vuelvo al principio, comentó con mi madre lo que me ocurría y decidieron darme medio Okal con vaso de leche calentita y acostarme. Yo le oí comentar antes de quedarme dormido, que se iba al Marchan, al estadio, para ver un partido de fútbol entre La Unión Deportiva España y el Club Atlético de Tetuán, grandes rivales.

Cuando desperté había un gran silencio, me quedé en la cama. Pasó un tiempo, que para mi fue eterno. Llamé a mi madre, no hubo respuesta, me levanté, llame a Rosario,  la muchacha que ayudaba en casa, tampoco, entonces me asusté porque me veía solo. Sollozando, después de buscar en las otras habitaciones, subí las escaleras de la cocina y hallé la puerta cerrada. Me puse nervioso, y continué llamándolas sin cesar, e intentando abrir la puerta, hasta que en uno de mis forcejeos esta cedió y pude entrar. El panorama que me encontré fue terrible, las dos estaban sentadas en sendas sillas, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, como dormidas. En el suelo había patatas, zanahorias, cuchillos, la fuente de porcelana, agua… Fui corriendo hacia ellas, y entre sollozos las zarandeaba, las llamaba, sin ningún resultado, recuerdo que decía; 

–“¡Papá! ¿por qué te has ido al fútbol?”- Como si él hubiera podido hacer algo para evitar lo que veían mis ojos. La muchacha, más joven, empezó a reaccionar y enseguida intentó reanimar a mi madre. Como no podía, acudió a los vecinos y entre todos la llevaron a la cama,  avisaron al Dr. Cosmea, y esperaron a que viniera el doctor y mi padre. Para mi fue muy dura la experiencia.

Como habréis sospechado, fue una intoxicación de anhídrido carbónico, producida por lo que en aquella época se utilizaba para cocinar, carbón de leña y en casa, aparte de la hornilla, había el mal llamado “cuscucero”, el anafe de barro cocido, que se utilizaba corrientemente. La mala combustión de ambos fuegos, unido a la puerta cerrada provocó el accidente.

Pasados unos años comentando lo acaecido, me dijeron que si no hubiera yo entrado en la cocina, el resultado hubiera sido otro muy distinto.


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