7/31/2013

Las batallitas del abuelo

Evocaciones románticas y muy españolas de Ricardo Bustos sobre una vida de joven en Tánger con lo cual podemos ser muchos los que nos sitamos idenfiticados.
Por Ricardo Bustos


Si me lo permitís, me voy a salir un poco de la temática, seria y sesuda, que concierne los recuerdos tangerinos que se publican en este medio y siempre con vuestro permiso, me voy a retrotraer a aquellos lejanos años cincuenta y pico, en los que a la sazón el que suscribe estas líneas cumplía entre los doce y trece añitos. El motivo que me ha movido a redactar este texto no ha sido otro que hacer recordar, por un lado, aquellos que por esas fechas tenían una edad parecida a la mía, que son los que pueden entender con facilidad este pequeño relato y también para aquellos otros que nacieron después, con la intención de que  conozcan lo que hoy día es de todo punto inconcebible.

Se me ha ocurrido todo esto, viendo jugar a mi nieta de nueve años, manejando, con la soltura de los niños actuales, la “Nintendo” y los juegos del ordenador o la “Tablet”, y comparándolo con lo que hacíamos nosotros  en aquellas fechas.  

Aunque me considero, un viejo moderno (bueno, una persona mayor, no quiero que os deis por aludidos), que está muy  al tanto de las novedades tecnológicas actuales, véase ofimática, video, fotografía digital, con todo lo que conlleva y un largo etcétera de hobbies que todavía practico, (a veces).

Por aquellas fechas lo que nosotros utilizábamos mayoritariamente, era nuestra imaginación. No se nos daban las cosas ya hechas como ahora, teníamos que hacerlas nosotros, ya que solo una minoría muy restringida poseía los trenes eléctricos, los aviones planeadores, los Meccano, los batallones de soldaditos de plomo y juguetes por el estilo.

Me voy a centrar únicamente en alguno de los juegos que practicábamos y que realmente estaban muy influenciados con la lectura. Porque entonces leíamos mucho, de verdad, no había ni televisión, ni internet, ni WathsApp. 

Nos reuníamos en la Biblioteca Española y allí, independientemente de hacer nuestros “deberes” y a veces cientos de copias de los verbos de francés o de las declinaciones de latín,  por aquello de “habérsete olvidado” de estudiarlas, nos sumergíamos en las novelas de Julio Verne, o nos empapábamos de Enrique Jardiel Poncela, (nos encantaba y no sé por qué,  “Pero… ¿Hubo Alguna Vez Once Mil Vírgenes?”, o leíamos El Conde de Montecristo… sin contar, que en casa nos atiborrábamos de novelitas del oeste, Marcial Lafuente Estefanía, El Coyote, Doc Savage (el hombre de bronce,  excelente y futurista, que utilizaba artilugios de hoy día, que todavía no se habían inventado) y de tebeos, nos gustaban los de acción; Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz, Hazañas Bélicas, Aventuras del FBI…. 

¡Ay…! ¡Las Aventuras del FBI! Esta editorial con muy buen criterio publicitario, nos ofrecía hacernos “socios” y a cambio nos facilitaba un “Carnet del FBI” y su placa correspondiente. Algo inaudito, ¡poder ser un agente federal!, ¡casi nada! Bien pues el grupito de amigos y compañeros de clase, (estábamos ya en segundo de bachiller, en el Colegio de los Marianistas) nos pusimos de acuerdo y a la vuelta de algunos días (gracias al Correo Español) teníamos ya cada uno de nosotros su correspondiente “documentación”, carnet y chapa, además de coger aquella pistola que llevaba los rollos de cinta con pequeños puntos explosivos.  

Nuestra zona de trabajo era la Terraza Renshaussen, allí nos reuníamos. Para algunos éste era su domicilio, sus padres trabajaban en Telégrafos o Correos y para otros, yo entre ellos, su zona de ocio. Bien, pues allí comenzamos nuestra  “labor”.  

En principio no había ningún líder, el puesto había que ganarlo, sudarlo diríamos ahora. Para ello teníamos que competir con las pruebas físicas que nuestras retorcidas mentes juveniles creaban, para ir seleccionando al más ágil, al más rápido y al más valiente de todos. 

Hay que tener muy en cuenta, que éramos ni más ni menos que agentes federales, no lo olviden. Una de ellas era ir saltando los escalones que había en la parte central de la Terraza, de arriba a abajo, comenzando por el cuarto e ir añadiendo uno más en cada salto,  cosa que a partir del noveno se ponía muy difícil, aterrizando en el suelo con una flexión de rodillas, perfectamente, para no ser descalificado y no romperse nada. También entrábamos en el Patio Petri, al final de la terraza, donde había unas casas semiderruidas, sin techumbre y teníamos que encaramarnos y pasar por la parte alta de los muros, de pie, en equilibrio, muy inestable, ya que la argamasa seca y vieja se desmoronaba a nuestro paso, para demostrar nuestra valentía. 

Todo esto procurando que los mayores no nos descubrieran.  Más al fondo y pasando por la parte alta de un muro de contención que estaba ya la altura de la Cuesta de la Playa, la otra entrada del Patio Petri, entre unas chumberas, construimos una oquedad que era nuestro refugio secreto. Para llegar a él teníamos que ir con mucho cuidado, ya que si se te iba un pie, el único asidero que teníamos era la chumbera y ahí no podías agarrarte mucho y tenías la contra partida de un desnivel apreciable por donde resbalar y caer sin remedio varios metros más abajo. 

Nunca nos pasó nada. Como otra prueba de valor, hacíamos incursiones por el cementerio hebreo, accediendo por la parte trasera de los edificios, al atardecer, que es cuando daba más “cosa”, vamos, miedo, para intentar ver los fuegos fatuos, cosa que era completamente imposible dada la antigüedad de los enterramientos, aunque “siempre” veíamos alguno. ¡Había que presumir de algo! Teníamos que tener sumo  cuidado para que no nos descubriera el guarda, que, aunque nosotros respetuosamente y no con cierta aprensión, no tocábamos nada, a él no le gustaba en absoluto nuestra presencia y no se andaba con chiquitas, ¿He dicho chiquitas? ¡No! Eran grandes, ¡muy grandes…! las piedras que nos lanzaba, parecía una lluvia de meteoritos de las Dracónigas. Lo pasábamos muy bien a pesar de todo… aunque con alguna que otra taquicardia. Claro, que no iban  a ser solo problemas del FBI, también jugábamos a ”linares”,  a “melastro”, a “chichilaba”, a los “meblis” y a dar paseos con la bici, sin contar que ya nos fijábamos mucho, mucho, en las niñas de allí, que las había verdaderamente preciosas y de las que aún recuerdo alguno de sus nombres y si me apretáis un  poco, de sus bonitos rostros, rostros que hoy día se habrán convertidos en los de bellas abuelas.
Podría seguir contando anécdotas mucho más detalladas de nuestros juegos de entonces, como cuando nos íbamos a la playa los jueves por la tarde a jugar descalzos al fútbol, construyendo las porterías con un montón de arena recubierta con los zapatos y la ropa, o a lanzar latas de La Lechera mediante la ignición de los gases que desprendían las piedras de carburo humedecidas….pero no quiero convertirme realmente en el “abuelo y sus batallas”.
Solo he pretendido:
- Relatar cómo nos divertíamos en aquella época sin necesidad de los artilugios que existen hoy día.
-Cómo hacíamos trabajar la mente, el ingenio, los músculos y también el corazón.
Digo el corazón, porque también nos enamorábamos, eso sí, platónicamente; procurábamos coincidir en misa de La Purísima…, sentarnos cerca en la biblioteca…, cruzar miradas…, intentar una conversación directa (difícil, siempre estaban en grupitos)… No como nuestros nietos, que con esas edades hoy,  ya salen en pareja adelantándose en cuatro o cinco años a la verdadera adolescencia,  aquella en la que ya más despiertos, frecuentábamos Los Solterones, El Tequila, Los Mariachis, y algo mas tarde El 007, El Whisky a GoGo, el Góspel… o bailando en los guateques, entre “cancanes”, con luces “rojas” o “blancas”, a los acordes de los Platters, Elvis, Beatles, Paul Anka, Nicola di Bari, Brenda Lee, Gigliola Cinquetti… y un largo etcétera.
¡Bien! Si habéis tenido el valor de terminar de leer este texto, sinceramente os lo agradezco, para mi habrá sido un verdadero logro. Solo he pretendido distraeros y transportaros a un tiempo pasado, que muchos lo teníamos ya más que olvidado. Y para aquellos que han comenzado la lectura y que no han podido seguir leyendo este “rollo”… pues que les voy a decir… queridos… no estará escrito para ellos.
Un fuerte abrazo a la familia tangerina.


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