6/05/2012

Isaac Chocron habla de Alberto Pimienta


Isaac Chocrón llegó a Tánger a finales de los años sesenta. Demasiado tarde. El pasado de la ciudad solo podía ser conocido por los relatos de quienes aún quedaban  de la belle époque. Aun así las pinceladas que traza sobre algunos de aquellos personajes en su libro  “Rómpase en caso de incendio” tienen un sabor y un olor tangerinos que parece auténtico.  De esa “escuela” creada por Emilio Sanz y otros para reconstruir el pasado que mezcla la realidad y la ficción, el mito y la historia, y la historia y “las historias”. El estilo narrativo de Chocrón no es muy original –un intercambio epistolar entre el autor y varios destinatarios-  pero es suficiente para recuperar actualizados recuerdos dormidos. He aquí lo que escribió sobre nuestro amigo Alberto Pimienta:



Querida Titonga:
En Tánger se vive de día. La noche importa poco. Me he dado cuenta que las grandes ciudades vibran por las noches con su feria de luces, teatros, restaurantes y que la gente aprovecha la noche para salir a lucirse y luciéndose, divertirse. Tánger, a pesar de su cosmopolitismo, no llega a comportarse como una gran ciudad. Aún se vive más de día como en cualquier pequeño lugar donde la oscuridad incita a cerrar puertas y descansar hasta que vuelva a amanecer.

A sólo pocos días de haber llegado, ya me despierto muy temprano y salgo a caminar por entre la gente que tiene ocupaciones. Todavía no llego al extremo del  bueno de Alberto Pimienta, quien me cuenta que ya a las siete de la mañana está en la calle, bañado y desayunado. Es un joven hebreo que enseña piano en el Conservatorio. Dice Emilio, con su proverbial ironía, que gracias a Alberto las moritas aprenden a tocar Chopin. “Tu comprends, mon vieux? Toutes ces petites marocaines qui frappent le piano et pensent  qu’elles jouent Chopin”.

Me despierto entre siete y ocho de la mañana en mi mustia habitación del Hotel Rembrandt, cuya  única ventaja es que tiene una ventana por  donde veo un filón del  mar….El Rembrandt parece un hotel para prósperos hombres de negocios, todo marrón oscuro por todas partes. Cruzo enfrente y me siento en una mesa del Café Claridge a tomar mi té con pan tostado. Ahí me quedo viendo pasar la gente hasta cerca de las diez. Pasan las Señoras Geroffi, encargadas de la librería de al lado, nos saludamos, y yo les anuncio visita para más tarde. ... Tengo un  cierto aire marroquí. Dicho por amigos que viven aquí: “Mon cher, si sigues engordando pensarán que eres un califa”. El califa Benabel..

A la una ya estoy en el café de Paris tomando un aperitivo, esperando a Emilio, quien cruza la calle desde su casa y me encuentra para charlar un rato…Anoche fui a cenar en casa de unos amigos de Emilio. Fuimos en taxi hasta la montaña, donde viven en grandes casas muchos de los europeos que prefirieron quedarse cuando Tánger era Zona Internacional. Fue la gran época de esta ciudad: todo parece que era libre. El dinero abundaba, el contrabando se hacía al descubierto,  y de todas partes del mundo vino gente a construir esas mansiones muy inglesas o muy francesas, y a llenarlas de antigüedades europeas.

Tánger era una encrucijada donde a nadie se le preguntaba de dónde venía o a qué venía. Cada quien podía mostrar su tienda y exhibir su personalidad, real o inventada.  De esa época dorada, que terminó cuando el Rey de Marruecos se apoderó de Tánger, quedan ahora las casas, algunas deshabitadas y otras sirviendo para cortas vacaciones de verano y quedan también suficientes cuentos e historias para configurar una espesa mitología tangerina.

Princesas, lords, tycoons, descendientes de zares, estrellas de Hollywood, amigos del cuento, encontraron su patria ideal en ese Tánger que calurosamente los llenaba de sirvientes moros….Esta Legión Extranjera que como manadas de langostas formó espesas nubes en las colinas de Tánger, vivió hasta hace poco un interminable y fastuoso baile de disfraces…Son gente vieja que repite su mito casi consciente de que ha perdido su vigencia pero así y todo, lo cuentan y mastican y mantienen el mito izado como bandera raída pero bandera todavía….

Los residentes europeos agregan a su conocimiento de las tres lenguas circulantes, otras más raras… Hay una condesa que habla quince idiomas y una “principessa” (nadie la llama princesa) que supera esa cifra.. Son poliglotas y expertos en muebles antiguos europeos, en creencias metafísicas esotéricas, y en la vida sensual, quizá la razón primordial por la cual hayan venido a anclar en Tánger. …Eran bellos o ricos y vinieron a Tánger para prodigar ardientemente sus atributos físicos o económicos….

Ahora que Tánger es otra ciudad más del Reino de Marruecos, los que quedan de esa Legión Extranjera, los que no tuvieron fuerza o ganas de emigrar al próximo paraíso…los que compraron demasiados inmuebles y ahora ni los pueden vender a buen precio y menos sacar al extranjero el producto de la venta. Los sobrevivientes que en realidad son los náufragos, ahora invernan en sus inmensas casas húmedas de La Montaña y bajan al Boulevard Pasteur de tarde en tarde, a paso rápido, como si estuvieran conscientes de ser las últimas y decrépitas bestias fabulosas del zoológico más exuberante que existió en nuestro siglo veinte…

La Legión Extranjera como yo la llamo para que Emilio suelte la risa, vive en la montaña con sus viejos sirvientes que ayudan a que no se desmorone todo lo que les rodea…La platería ya no reluce y la vajilla está desconchada y las alfombras parecen trapos desteñidos sin el espesor o el diseño que provocaba admiración. La sopera es de plata, pero la sopa, evidentemente es de sobre, pero aderezada con suficientes especias que esconden su procedencia de polvo de fábrica.

Media hora después de la sopa…los dos viejos sirvientes ofrecen un guisado oscuro lleno de salsa con sabor penetrante y desconocido. Nadie sabrá si está comiendo carne, pescado, ave, simplemente guisantes o zanahorias.. Se mezcla el francés, el inglés y el español, se agrega de vez en cuando una palabra árabe y se convierte el  hablar en una experiencia tan variada como el guisado exótico que acabamos de probar..

Nos reclinamos en los gordos sillones forrados de terciopelo vino tinto e inmediatamente pidieron a Alberto Pimienta que tocara el piano. Su negativa tenía toda la seguridad de quien quiere tocar, pero exige un poco más de mimos. “Alors mon petit, sois gentil”, “Mi rey, si  tocas mejor que Chopin”, “Yo no me explico que haces tú aquí en Tánger, con tu talento deberías estar llenando la Salle Pleyel”. “Tócame time in my hands, baby”.

 ¿Quieres cantar Beatriz? Reclama Alberto a la anciana flacuchenta que parece haber bebido demasiado…y Alberto se sienta mansamente al piano, toca los primeros acordes, y la Beatriz casi sin mover la boca, sin mover el cuerpo, deja salir una voz ahumada que mantiene la melodía, pronuncia correctamente las palabras en inglés y nos arropa a todos como si fuera un capullo de oruga…Nos despedimos con besos en cada mejilla. Nos montamos seis en el viejo Volkswagen de un viejo invitado y bajamos por entre la niebla y los pinos de la ciudad. Ya nos han invitado a otra casa para mañana por la noche, y a otra para pasado mañana.

Isaac Chocrón
Rómpase en caso de incendio
Mone Avila Editores, Caracas 1975


1 comentario:

  1. Precioso comentario. No olvidaré nunca a Alberto Pimienta en los años 60....Fue el amor secreto de mi gran amiga....Me impulsó a bailar en unos de los fines de curso del IPE, y cuando terminé de bailar, desde el interior del teatro me animó a enviar un beso al público. Incluso si digo mi nombre no se acordará, pero yo no lo olvidaré, como muchas de mi generación

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