4/25/2012

So Long Tangier de Carlos Sanz: un excelente relato

So long Tangier, de Carlos Sanz, es uno de los mejores relatos que he leído en muchos años sobre aquella ciudad excepcional que fue Tánger. En inglés, la lengua escogida por su autor, es probablemente el mejor. Sin ninguna duda, es la obra en esa lengua que más profundamente ha captado y transmitido el alma de al menos una comunidad -la anglosajona- de aquella ciudad cuyas múltiples confesiones, etnias, culturas, razas, lenguas, y facetas han sido con frecuencia tratadas con tanta desenvoltura como desconocimiento.


So long, Tangier, por Carlos Sanz
iUniverse Ink
Bloomington
11/14/2011



Domingo del Pino



So long, Tangier me ha recordado La Vida Perra de Juanita Narboni, del genial tangerino Antonio Ángel Vázquez. Son dos novelas muy diferentes por su técnica narrativa, por los recursos de imaginación y recuerdos evocados, y por el universo tangerino que una y otra describen. Vázquez sumerge al lector en el mundo judeo-cristiano-musulmán, inseparable durante siete u ocho siglos de la historia de la formación de la nación y de la personalidad española. Carlos Sanz nos transporta al Tánger anglosajón, hermano gemelo del de Gibraltar, más conocido del público por aquella famosa generación de escritores norteamericanos que vivieron o pasaron por Tánger en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, de la que Paul Bowles es el más conocido quizá por ser el único que siguió viviendo en la ciudad después de su independencia.

Sin embargo Tánger resulta marginal, si es que no está ausente, tanto en la obra de Bowles como en la de sus colegas norteamericanos. En So long, Tangier, por el contrario, Tánger es el escenario único y central de un relato relato que Carlos Sanz nos sirve con lujo de detalles, con originalidad narrativa, y con una extraordinaria sutileza en la exposición de situaciones donde la diferencia y  al mismo tiempo la comprensión entre religiones, cultos,  razas, la diversidad en definitiva, se expresaba en detalles sutiles, sobreentendidos, miradas cómplices o furtivas, y silencios expresivos de sus personajes. Y sobre todo con un extraordinario conocimiento del mundo que describe porque Carlos Sanz vivió toda su infancia y juventud en Tánger, y por motivos personales y familiares conoció perfectamente aquella comunidad anglosajona a la que en cierto modo también él pertenecía. 

Siempre he sostenido que Tánger soporta tantas versiones como personas quieran escribir de ella. Pero los Tánger que se pueden describir no son solo inmateriales; también su podían diferenciar por el espacio y los oficios que cada comunidad ocupaba o desempeñaba en la ciudad. Durante siglos la ciudad intramuros y el Zoco Chico fueron el espacio compartido por todas las comunidades. A partir del siglo veinte, la geografía de la ciudad se repartió tácitamente entre comunidades.  El reparto más claro es precisamente el de la comunidad anglosajona que logró convertir el Monte Viejo, una especie de mirador del mundo, en un club privado, un territorio "alegre y confiado" al que dos guerras mundiales, la guerra civil española, y la ocupación de la ciudad por las tropas españolas, apenas si lograron alterar su ritmo de vida.

Lo que acerca La Vida Perra de So Long Tangier, contado a través de las experiencias de comunidades diferentes y de dos personajes tan distintos como la alocada Juanita Narboni y el aristocrático señor Henry Haskings, personaje central de So Long Tangier, es el testimonio que proporcionan ambas obras de un mundo colonial que se hundía y de un modo de vida que desaparecía con él. Al igual que Vázquez, Sanz cuenta la convivencia entre comunidades sin concesiones a la galería, sin manipulaciones de la realidad, y sobre todo sin condescendencias políticamente interesadas. 

A diferencia de Juanita, que comprende que su mundo se desmorona y quiere marcharse, Henry  Haskings, quisiera permanecer en un Tánger que comprende, cuyos idiomas claves habla, y que ama profundamente. En realidad se queda, pero la muerte de su esposa, la desaparición de su entorno humano, y la nueva situación de la independencia del país, le convertirán, contra su propio deseo, en un extraño que ha perdido todas sus referencias. Y ello plantea otro problema que no es asunto ni de So Long Tangier, ni de este artículo: ¿a dónde pertenecemos los seres humanos? ¿cuál es nuestro país? ¿por qué tenemos que marcharnos cuando cambian los gobiernos o la soberanía sobre el territorio?



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