11/02/2011

Adios a Tangerjabibi: ¿y si Tánger fuera posible?

Acudimos el pasado día 30 de noviembre a la cita anual que Carlos Hernández convoca todos los años  para los socios de su portal en internet Tánger jabibi. Escogió esta vez el Hotel Santo Domingo de Madrid para ese almuerzo que ya es tradición que reúna todos los años a quienes nacieron o vivieron por un tiempo prolongado en aquella ciudad internacional. También, por supuesto, a quienes hemos vivido en Tánger muchos años y hemos adquirido ese virus tangerinus que permite que en cualquier circunstancia y en cualquier lugar sepamos que pertenecemos a una tribu humana que se reconoce y se identifica en su tangerinidad.


Por Domingo del Pino
  




Foto: Domingo del Pino

Tangerinidad: ¿Y eso qué es? se preguntarán los no iniciados. Pues verán, es como el mar, el viento, el sol, el sabor a comino y el olor a especias, que son universales pero que en Tánger eran distintos. Son también las lenguas y los parlers derivados de la excesiva confraternización de éstas que no nos sorprendieron ni distanciaron porque la tangerinidad era como mínimo trilingüe y trícultural. Fue asimismo un espacio acotado y congelado en la historia y en la geografía en donde las creencias en tregua coexistían con toda naturalidad y con toda espontaneidad. El cocido, el cuscus y la dafina tenían acostumbrados a nuestros estómagos a un cosmopolitismo gastronómico que solo tenía igual en el respeto de todos por la mezquita, la iglesia y la sinagoga.



Foto cortesía de Consuelo Seguí


Se nos enseñaba juntos ya fuese en las Escuelas de la Alianza Israelita, los colegios laicos como los liceos franceses, los institutos españoles, la Escuela Americana, la Escuela italiana o los centros regentados por religiosos españoles que ostentaban con orgullo un para-laicismo inusitado en otros lugares. El deporte, la actividad más universal y con menos contraindicaciones, nos permitía a todos liberar el exceso de energía en campos de futbol improvisados, en las canchas de tenis y de voleyball, o en el terreno más común, una de la mejores playas del mundo.

El espacio urbano no se había dividido por confesiones en otras partes del mundo enfrentadas, aunque si por el estatus económico y social de las familias. Los niños y los adolescentes de entonces, que somos los mayores que hoy, recordamos y rendimos culto donde la ocasión se presenta a aquel Tánger Internacional, tuvimos el privilegio de crecer juntos sin las preocupaciones y sin las reservas que pudieron haber enfrentado a nuestros padres. Nos divertimos juntos sin separación de sexos, ni  razas ni religiones y en general practicamos los rituales del cortejo y del enamoramiento con la misma libertad sin fronteras religiosas o raciales con que habíamos practicado el deporte.

Nuestra generación se agota y la decisión de Carlos Hernández de cerrar el portal Tangerjabibi nos va a dejar un poco desamparados. Será como si nuestra generación, la de los que debemos andar entre los sesenta y los ochenta  años de edad, hubiera agotado sus fuerzas y necesitara un relevo. El problema es que ese relevo no existe. Después de la nuestra, ninguna otra generación ha vivido en el Tánger internacional, así es que somos el broche, el sello, de aquella memoria empírica del experimento que fue Tánger. La memoria o las memorias se van extinguiendo con nosotros y tengo la impresión de que aunque todos llevamos dentro ese duendecillo que nos permite reconocernos, yo diría que casi olernos, incluso en la distancia, no hemos sabido poner de manifiesto, sin caer en tópicos y las fabulaciones,  aquello que hizo de Tánger y de los tangerinos una civilización-ciudad y una forma de ser y estar que va solo con la persona.

 Tánger está ciertamente de moda, pero es una moda que comienzan a contar otros que no la vivieron y que no están en posesión de los códigos secretos que solo poseemos los tangerinos aunque no sepamos cómo son ni dónde están. Antes de que la memoria de la ciudad sea pasteurizada, liofilizada, envasada y etiqueta por otros, deberíamos hacer un esfuerzo por contarla. Es importante porque en aquel Tánger se esconde un modelo de convivencia, una aspiración permanente y siempre frustrada de la humanidad a vivir en paz, que en Tánger se hizo realidad aunque solo fuera entre  los años veinte y sesenta de su internacionalidad. 

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