6/14/2011

Tánger-Mediterráneo, campo minado de religiones y culturas diferentes

El artículo publicado a continuación constituye la introducción del documento general de trabajo que presenté al IV Congreso Internacional de historia de Tánger celebrado en esa ciudad del 16 al 19 de mayo de 2008, organizado por el  Centro Internacional de Estudios de Interpretación, y el Grupo de Investigación de Estudios de Interpretación de la Universidad Abdelmalek Essaadi, de Marruecos, el Centro de París de la Universidad de Londres, el Centro de Estudios del Oriente Medio de  la Universidad Middle Tennessee, EE.UU y el Departamento de Lenguas Europeas de la Universidad de Aberysthwith, Reino Unido.



Domingo del Pino

En las reconstrucciones a posteriori el mito cobra, gracias a la literatura, carácter de hecho histórico, y la historia local con frecuencia fabulada adquiere la dimensión de historia universal. Pero en la historia reconstruida de Tánger siempre hay un ausente. De los primeros relatos, esos que pasan de la leyenda a la historia sin transición y sin demostración, están ausentes los navegantes andaluces  y las naves de Tharsis que probablemente precedieron a los marinos y a las naves cretenses y fenicias.

Las religiones han probado a la saciedad, en muchos siglos de existencia, su incapacidad para garantizar el entendimiento multiconfesional, y las culturas, como concepto más amplio que la religión, tampoco han garantizado la comprensión. En el Mediterráneo esto resulta extraordinariamente paradójico pues al fin y al cabo las tres religiones reveladas tienen un fondo común que arranca en los libros revelados judíos, de los que se desprenden numerosos elementos comunes al cristianismo y al islam. Ninguna otra región del mundo tiene mayor concentración de dioses, religiones y mitos, ortodoxias y herejías, doctrinas, ritos, tradiciones, instituciones confesionales, jerarquías, y ministerios religiosos que esta zona que rodea al mediterráneo por todas sus partes. 


En ninguna otra región la religión ha causado tantos estragos y tantos trastornos a los pueblos sobre los cuales  se ha instalado. Pero en ninguna región del mundo la religión ha tenido más influencia en la conformación de las estructuras de poder, de la trasmisión de la cultura y del saber. Aunque en el Continente americano se podría, en una especie de juego de ciencia ficción, imaginar lo que sería el presente sin la religión, esa especulación en la zona euro-mediterránea es materialmente imposible.

El Tánger de la antigüedad es el integrado en un universo comercial que comprendía la Bética española, el Norte de África y las rutas comerciales que unían a una y otra franja del litoral del Mediterráneo. Los fenicios están anclados en la foto fija de ese período de la antigüedad gracias a los relatos de los viajeros romanos sobre todo.

Los marineros andaluces, cuyas técnicas de navegación no tenían nada que envidiar a las de los fenicios, que les precedieron en el comercio mediterráneo, y que realizaron proezas náuticas que sólo serían igualadas siglos después, no figuran en esa percepción del mundo comercial antiguo porque nadie ha contado su historia o al menos porque aunque la hayan contado esa historia no ha circulado por los canales de donde los investigadores extraen ideas y referencias. El mundo conocido de los fenicios acababa en lo que se conocía como las columnas de Hércules, Tánger y Tarifa por darle los nombres actuales. Más allá de esas columnas solo creían que existía un abismo profundo o los mayores misterios terroríficos. Para los marinos andaluces el mundo conocido comenzaba desde mucho tiempo antes en esas mismas columnas de Hércules.

Como los constructores de catedrales de la Edad Media los marinos de la antigüedad eran reservados sobre los lugares con los cuales comerciaban, las rutas que tomaban, y las técnicas de navegación que empleaban. Son los descubrimientos arqueológicos los que nos han mostrado que los andaluces, partiendo en dirección contraria a la ruta de los fenicios, habían llegado primero a Senegal y el actual golfo de Gabón, y luego doblado el Cabo de Buena Esperanza en la punta más septentrional de África mucho antes de que los fenicios detuvieran su exploración en el Estrecho de Gibraltar. Parece, incluso, que una nave andaluza, tal vez perdida, llegó hasta entrada del Mar Rojo donde naufragó.

Dos expansiones posteriores, la del Imperio romano, que prácticamente unió toda esa zona comercial fenicia en dos diócesis, la de Iberia y la de Mauretania Tingitana, respetaron el orden económico de la antigüedad y unieron de nuevo, con su conquista de Al Andalus, el país de los vándalos, el mismo universo andaluz y norteafricano que la antigüedad gracias al comercio había unido. Las historias posteriores, aunque significativas para Tánger, no son más que un reflejo de la enorme pugna por controlar ese lucrativo espacio comercial. Tánger, en la punta más occidental de él, será ocupada y propiedad sucesivamente de los musulmanes medio orientales en su expansión por el África del Norte y el sur de la Península ibérica, alternativamente de los emires de Al Andalus y  de las dinastías que se sucederán en el Norte de África, de la Corona española, de la Portuguesa, de la española de nuevo, de la portuguesa otra vez, inglesa, árabe magrebí.

Quienes no la poseen desean añadirla a sus dominios y si no lo logran la bombardean. Era, probablemente, la peor época de la historia de la humanidad cuando la Iglesia y la milicia y sus jerarquías, la nobleza y los señores feudales y las monarquías, ya habían descubierto que solo existen dos formas de enriquecerse,  las guerras de rapiña y la imposición de tributos a  los pueblos conquistados.

El Levítico dice que El Eterno prohibió a Moïse comer sangre. Los cristianos hacen la morcilla con sangre. El cocido andaluz y la morcilla deberían ser argumentos suficientes para convencernos de la dificultad de cualquier intento de acercar  a las tres culturas derivadas de las tres grandes religiones del Mediterráneo. El primero está hecho de todo aquello que contiene el cerdo, y la segunda de la sangre, que las otras dos religiones sacralizan quizá por el convencimiento original de que la gota de sangre era la transmisora de ese misterio atribuido a Dios de la vida.

El primer enfrentamiento, en este caso incruento pero muy molesto, en el Al Andalus tricultural comienza por los hábitos culinarios. Son los cristianos quienes afirman su cristiandad enfrentando el cerdo prohibido al cordero halal de los árabes y a los alimentos kosher  de los judíos, colocándolo abiertamente también contra todas las prescripciones culinarias que el Levítico y el Deuteronomio habían impuesto a la cocina judía y que conocemos hoy como alimentos kosher. Eres lo que comes, decían los antiguos y en esa pugna por los estómagos de los correligionarios surge la primera verdadera separación de los creyentes.

El misterio de la Santísima Trinidad, como la iglesia católica prefiere llamarle, fue introducido por primera vez el 24/11/380 por el Edicto de Tesalónica, impulsado por el Emperador Valeriano Teodosio, La Trinidad  impuso  la primera diferenciación de importancia con la religión anterior judía y con la posterior islámica, y constituyó desde entonces el sello distintivo del  cristianismo, su imagen de marca, como diríamos hoy, y el origen de las primeras persecuciones y matanzas entre cristianos. También es el origen de  la ruptura de la iglesia occidental con la religión oriental sancionada por la decisión de Teodosio de que en adelante a los trinitarios  se les llamara católicos. Hecho significativo que perdura hasta el presente, la primera preocupación de las jerarquías de esa nueva iglesia será  que se la dote de privilegios con respecto al común de la ciudadanía romana. Así surgió la legislación sobre las Inmunidades de los Clérigos de 30/6/360 que exoneraba de cualquier servicio público obligado  a las tierras que la Iglesia asombrosamente  había logrado ya acumular en un tiempo  tan cercano aún a la prédica original.

Cuando la España de los reyes católicos lanzó su propia cruzada por el Mediterráneo, el poder económico de las jerarquías eclesiásticas había engrosado tanto que el Cardenal Ximénes de Cisneros le puede responder al rey Fernando que no quería lanzarse a ella por falta de dinero, que no se preocupe que él correría personalmente con los gastos de la empresa. Para entonces el Cardenal Cisneros era el segundo hombre en riqueza y poder de España, después del rey, con unas rentas anuales del arzobispado primado que dirigía de 80.000 maravedís anuales, una cantidad astronómica para su época. Los cronistas de la época recuerdan como a su regreso de Orán el prelado pudo hacer desfilar ante el rey a varios camellos cargados de oro y plata de las mezquitas de Orán y una colección de manuscritos árabes para su biblioteca de Alcalá .

Nada de asombroso por cierto, porque eran unos tiempos en que los poderosos ya habían descubierto las dos fuentes principales de riqueza, el pillaje subsiguiente a las guerras y la imposición de las poblaciones de las tierras conquistadas. Muy poco que ver con los arrebatos místicos de fervor religioso que se constatan entre santos y santas. La historia de los Borgia españoles recuerda que la vocación y la virtud son complementos útiles pero no obligatorios para acceder a las máximas jerarquías, incluida la papal. 


Parte de la culpa la tienen las leyes sucesorias por las que se rige la nobleza y la aristocracia,  que privilegian al primogénito en parte para no fragmentar la fortuna familiar, pero que impulsan necesariamente a los segundos y terceros a postularse ante los reyes para esos bien retribuidos altos cargos eclesiásticos o militares.

Nada que ver con esos sacerdotes que recorrían España y Europa descalzos  y que, al igual que  el Padre José, La Eminencia Gris de Aldous Huxley,  fueron capaces de provocar y alentar guerras de treinta años por cuestiones de religión o dinásticas. La España cristiana introducirá además una costumbre aún más temible, la búsqueda consciente del martirologio como elemento soldador principal de una fe naciente o decadente. En los primeros años de la España musulmana los jeques y jefes de aquel primer Islam tuvieron que recurrir con frecuencia a los propios reyes cristianos para pedirles que pusieran fin a esa búsqueda consciente de la muerte.

Tánger deja atrás el mito y la leyenda y se incorpora a la historia moderna con la expansión musulmana. Por su posición privilegiada se convierte siglos más tarde en el lugar obligado de paso de los expulsados de Al Andalus que se dirigen a África y aquellos que por motivos similares fueron expulsados de tierras africanas hacia Al Andalus. La época almohade, que comenzó con la prédica unanimitarista de Ibn Tumert, será origen de numerosas migraciones de  judíos magrebíes hacia al Andalus, mientras que los judíos y moriscos expulsados por los Reyes Católicos en 1492 y a principios del siglo XVI recorrerán el mismo camino en sentido contrario. En esos trayectos de ida y vuelta muchos permanecen en la ciudad y van dando lugar a los primeros posos multiculturales y multiconfesionales de Tánger. Pero Tánger era el último recurso así es que en esa ciudad era necesario encontrar acomodos para convivir juntos.

Ciudades y países pasaban de una corona a otra según los azares del equilibrio de fuerzas europeo en un momento dado, o por matrimonio, como es el caso de Tánger, cuando Catalina de Braganza, al casarse con Enrique III de Inglaterra, llevó la ciudad como dote a su esposo. Son tiempos de flujo y reflujo conquistador en que la Europa militar confesional de la Edad Media  lanzó las varias Cruzadas, mientras que en la Península ibérica tenía lugar la primera gran guerra civil entre españoles,  en donde en mi opinión se origina la retórica de esas supuestas dos Españas que en realidad no existen pero que nunca mueren totalmente: una nacionalista, fanatizada y conquistadora que busca, de grado o por fuerza, unanimidades detrás de una religión, de una bandera, o de un Imperio, y otra si no convivial por lo menos conviviendo con las demás culturas y diferencias, más preocupada por la necesidad de sobrevivir día tras día creando riqueza propia para ello, y más deseosa de establecer en lo exterior relaciones de intereses y, como única forma de garantizar esos intereses, de encontrar acomodos con sus vecinos.

La primera de esas Españas parece prevalecer siempre o al menos periódicamente y las heroicas gestas africanas, europeas y americanas con que se nos ha educado desde pequeños parece que han ido siempre acompañadas, como hemos sabido con posterioridad leyendo las historias que los demás escribieron sobre nosotros, de las mayores barbaridades contra el género humano. No fuimos, probablemente, entre los europeos, ni los más barbaros, ni los últimos bárbaros, pero si hemos de dar crédito al historiador inglés William H Prescott,  si fuimos los que durante más tiempo mantuvimos esa barbarie contra los demás.

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