6/06/2011

Homenaje a Angel Vázquez

A iniciativa de Antonio Ruiz Reyes, el Centro Cultural Al Andalus de Martil (Tetuán), la Asociación Desarrollo y Sociedad, y el Grupo de Investigación Ixbilia (de la Universidad de Sevilla, la editorial Alfar-Ixbilia acaba de publicar su Cuaderno Nº 10, bilingüe (español-árabe) en homenaje al escritor tangerino Ángel Vázquez. El libro incluye una presentación por Antonio Reyes Ruiz, dos artículos de presentación del autor de La Vida Perra de Juanita Narboni, a cargo de Juan Goytisolo y Domingo del Pino, y varios cuentos de Ángel Vázquez. A continuación transcribo el articulo de Domingo del Pino, titulado Antonio Vázquez un símbolo póstumo.









Antonio Vázquez un símbolo póstumo

Por Domingo del Pino


Para muchos amigos entre los que me cuento, Antonio Ángel Vázquez es un genio de la literatura aunque solo una de sus obras merezca ese calificativo. La Vida Perra de Juanita Narboni es,  sin duda, la obra cumbre de Antonio que se coloca a gran distancia del resto de sus novelas y cuentos. Para ser más exactos, diría que en realidad son dos obras de Antonio las que llevan el sello de la genialidad. Cuarto de los Niños, un cuento largo o una novela corta, según se prefiera, por su elegancia, su sensibilidad y su ritmo narrativo, también se distingue de los relatos cortos que “para comer”, como él mismo decía, publicó en varias revistas literarias españolas. Frívolos, en la frontera de la cursilería, esos relatos cortos como El Pájaro multicolor, La hora del Té, Oliva, Reúma, El hombre que estaba enamorado de Bette Davis, o Un pequeño esfuerzo, y Las viejas películas traen malapata, cumplieron la función, que los críticos no toman en cuenta, de satisfacer la necesidad del autor de sobrevivir. De comer, como lo prefería presentar Antonio.

Sus otras dos novelas,  Se enciende y se apaga una luz (Premio Planeta de 1962) y sobre todo Fiesta para una mujer sola (1964) escrita en unos momentos en que Carmen Laforet ejercía una gran influencia sobre dos duendecillos/genios tangerinos, Antonio Vázquez y Emilio Sanz de Soto, no pueden compararse a los cuentos ciertamente convencionales, pero tampoco constituyen obras rompedoras. Y eso sorprende porque Emilio y Antonio estaban perfectamente familiarizados con la literatura de aquellos grandes escritores norteamericanos y franceses que recalaron en Tánger y que sí fueron rompedores  como Tennessee William, Truman Capote, William Burroughs, Brion Gysin, el mismo Paul Bowles, o Jean Genet, Roland Barthes, Paul Morand y otros muchos. La vida de éstos, que no la obra, fue la que en verdad cubrió a Tánger una apariencia de liberación de las costumbres, sexuales sobre todo, que sólo se correspondía con la forma de vivir de una pequeña élite tangerina. La cubrieron de ese halo no por lo que escribieron de Tánger misma, que fue bien poco, sino por sus propias vidas.

En esto radica la verdadera diferencia  de Antonio Vázquez. Ninguno de los autores antes mencionados escribió de Tánger, sino – y solo durante breves periodos – desde Tánger. La Vida Perra de Juanita Narboni, por el contrario,  es el gran libro de y sobre Tánger, de la vida real de sus personajes y de sus comunidades, de las dificultades para sobrevivir, y de los sueños pequeños o grandes de los actores. La escribió un tangerino que con toda humildad, sin estridencias y en medio de una existencia  rutinaria, vivía la vida tal como era en realidad, cumplía con sus ocho horas de trabajo y pasaba su tiempo en actividades convencionales. La Vida Perra fue publicada (1976) cuando ya el autor se había marchado de Tánger, en una  demostración más del pésimo estado de su economía repatriado por el Consulado Español de la ciudad.

Hasta mediadoi el siglo XX en Tánger convivían colectivos españoles, italianos, franceses, portugueses, americanos e ingleses, judíos, marroquíes, hindúes, y otros, en  muy diverso grado de evolución. El colectivo español, debido a la fuerte influencia religiosa y política de la España de los años cuarenta, cincuenta, y sesenta, vecina de Tánger en los dos continentes, era quizá el menos moderno de todos. Pero Tánger permitía que un español desarrollase  parte de la vida diaria en un ambiente francés, inglés o americano, más libre y comprensivo. Si se era homosexual, como Antonio Vázquez y su inseparable amigo Emilio Sanz, había que  mantenerse dentro del  armario en su comunidad, pero se podía vivir fuera de él  en las otras.

Emilio Sanz y Antonio Vázquez me parecieron siempre como un desdoblamiento de un solo ser. En alguna otra parte he escrito que  Emilio Sanz fue un gran “escritor verbal”. Ahora me siento inclinado a escribir que Antonio Vázquez fue un gran “conversador… por escrito”. Emilio era extravertido y locuaz, un gran fabulador, pero incapaz de acabar de terminar la historia del  cine que había comenzado en los años cincuenta debido al convencimiento, que lo anulaba, de que lo que escribiera tenía que ser un “chef d’oeuvre”. Se justificaba a sí mismo diciendo que una vez había recibido una carta de Albert Camus que le había vaticinado un gran futuro en las letras y que eso le llevó a ponerse “el  listón” demasiado alto. Antonio era, por el contrario, tan tímido e introvertido que no le salían las palabras en público y con frecuencia tampoco en privado. Escribía todas sus emociones aunque, paradójicamente para alguien que basaba tanto la expresión de ellas en la escritura,  atribuía un escaso valor a su propia obra. Tan poco, que buena parte de ella la destruyó.

Aún hoy me cuesta trabajo distinguir qué parte de La Vida Perra, de Se enciende y se apaga una luz publicada en 1962, o de Fiesta para una Mujer sola aparecida en 1964, recuerda a Emilio y qué otra refleja a Antonio. También me cuesta imaginar cuáles de las inagotables fabulaciones con que Emilio nos entretenía en Tánger mientras devorábamos las insuperables croquetas de Doña Elena Spencer con música de Brahms o de Ligeti de fondo eran originales suyas o tomadas prestadas de Antonio. De las largas veladas en la casita del Marshan de la bailarina Mercedes Ruiz la memoria me devuelva a un Emilio Sanz o un Larbi Yacoubi imitando a los principales galanes del cine de la época. La imagen que de Emilio y Antonio permanece fija en mi mente, cuarenta años después, es la de los pánicos de Emilio para recorrer los veintitantos empinados escalones que separaban el ascensor de su casa del vestíbulo que daba paso a la salida a la calle. Emilio se aferraba firmemente con su mano derecha  al pasamano mientras Antonio lo agarraba firmemente por el brazo izquierdo. Era una operación complicada que exigía mucha concentración y equilibrio, que ambos efectuaban en absoluto silencio y siempre a punto de caer al suelo mientras vigilaban que sus respectivos pies anduviesen coordinados y se posasen correctamente en el  escalón siguiente.

Luego estaba la homosexualidad. Hoy parece una condición que añade puntos, pero entonces los armarios estaban aún cerrados. Antonio no había salido de él aún y de hecho nunca lo hizo. Emilio tenía menos problemas porque se codeaba con una sociedad más evolucionada. Pero Antonio procedía de una familia humilde. Su padre era camarero en el Café Tingis del Zoco Chico y su madre tenía una modesta sombrerería en la calle Siaghins. Vivían en el Paseo Cenarro, en una especie de patio que recordaba las corralas madrileñas, donde también residía quien años más tarde sería mi suegro, Manuel Gil Mena, empleado del diario España de Tánger y primo hermano de la madre de Antonio. Antonio solo tenía un amigo para jugar: Isabelita la hija mayor de Manuel. Jugaban a las casitas y a los médicos, los dos únicos juegos mixtos de la España de los años cincuenta. Vestían y desvestían muñecas de pasta que luego heredaría mi esposa, la segunda hijo de Manuel. Cuarto de los Niños puede reflejar aquella época y puede tal vez constituir un homenaje tardío a aquella niña, su única compañera de juegos infantiles..

Emilio había tenido una educación cuidada; Antonio solo una educación sumaria en los sótanos de los Marianistas que era la parte del colegio destinada a la enseñanza gratuita. Emilio administró las propiedades tangerinas de Rafa Azqueta y no tenía problemas económicos. Antonio tuvo que comenzar muy pronto como botones del banquero judío Julio Holländer. Emilio frecuentaba las fiestas de la colonia española o de la multimillonaria norteamericana Bárbara Hutton cuando estaba en la ciudad, y se codeaba con la crème de la crème de los homosexuales extranjeros de Tánger y los grandes escritores norteamericanos de paso o establecidos en la ciudad. Antonio pasaba el tiempo en cafetines baratos, sisaba en sus trabajos para pagarse unos chatos y se contentaba con pasearse delante de las construcciones de la ciudad y admirar los torsos desnudos de obreros fuertes y sudorosos. Los dos se recomendaban libros que leer, que luego comentaban entre ellos y veían las mismas películas que también descuartizaban. Los dos sin embargo, se entendían a la perfección y eran conscientes de la influencia que el uno ejercía sobre el otro.

Mientras Emilio esperaba escribir su chef d’oeuvre que nunca llegaba. Antonio, en su timidez,  llenaba cuartilla tras cuartilla de lo que Tomás Ramírez y yo, que éramos entonces sus amigos más próximos después de Emilio, llamábamos cagaditas literarias o literatura para vivir. De nosotros tres el único que disponía de algún dinero era Tomás que trabajaba en el Banco de Estado de Marruecos. Cuando podíamos nos íbamos al Monte, donde había algunos cafetines árabes al aire libre, entre árboles y con vistas al mar, y comíamos pollo frito o en tajine o bocadillos de pinchitos que era lo más barato.

Después de Tánger no volví  a ver a Antonio hasta 1975, cuando ya se había bebido la bodega del pintor panameño y amigo de todos, Pablo Runyan. Para entonces Antonio estaba ya alcoholizado y vivía en una habitación que le tenía alquilada Doña Trini en uno de esos edificios de Madrid de escaleras de maderas gastadas y crujientes  y bancos en los rellanos para que descansaran las personas mayores. Su alcoholismo era ya irreversible y no lo podían atajar los muchos amigos que se habían propuesto impedir la progresión de su deterioro físico pero que en realidad le estaban amargando sus últimos meses. A veces nos llamaba a mi esposa Luci  y a mí, para que saliésemos de tapas con él. Antonio pedía siempre un Bitter Kas y decía que nos trajesen a nosotros un whisky para cada uno. Era una estratagema por si entraba de repente en el bar alguno de aquellos amigos que querían desengancharle de la bebida. Por supuesto que los whiskies eran para Antonio y el Bitter Kas para la maceta más próxima. Se le ha calificado de “escritor maldito” pero en su sencillez, su timidez, sus miedos pánicos y su falta de audacia y la escasez que siempre le acompañó, Antonio no tenía nada de maldito. Era una persona maravillosa, un ser de grandes cualidades humanas, un buen funcionario cuando trabajó en el ministerio de Cultura, de esos que llevaban un parche en el codo de la chaqueta para que le durase más, un gran escritor que en La vida Perra nos ha dejado una obra que le trasciende y que ya forma parte de ese mito póstumo que rodea a la ciudad de Tánger.

Como todos los mitos son posteriores a los hechos mitificados, la concordancia del relato con la realidad resulta secundaria. Tánger se ha convertido, sin duda, en una de las construcciones de la mente más actuales sobre cómo convivir seres humanos diferentes por la cultura, la religión y las costumbres. No importa que quienes vivimos aquella época que acabó al final de la década de los años cincuenta, que somos cada vez menos, no nos reconozcamos en muchas de esas representaciones de nuestra propia historia; que no todos hayamos sido participes de esa bonanza material que se dice tocaba a todos los tangerinos, pero sí vivimos mucho mejor que en aquellos duros años de posguerra en España. Sobre todo porque el brazo represor de la España nacional-católica vencedora no alcanzaba a los españoles tangerinos con la furia que aplicaba en la Península. En una ciudad donde doce países debían mandar por igual, en la práctica y por fortuna ninguno mandaba lo suficiente para imponer su ley o su capricho a los demás.

La convivencia, a fin de cuentas, era una práctica derivada de la necesidad de que la ciudad funcionase y no de leyes y policías. Ignoro si la experiencia de Tánger encierra algún modelo transferible pero allí se habían reunido circunstancias como para que una guerra civil no pudiera tener lugar. De esos factores positivos lo que mejor recuerdo es que había pocos políticos o ninguno, poca ideología-ambiente, pocas prohibiciones ,  poca policía y pocas leyes, y religiones muchas pero conscientes de que ninguna podía prevalecer sobre las otras y por lo tanto preocupadas solo de sus propios asuntos y de sus propias comunidades. Gobierno, solo el suficiente; impuestos pocos, y una gran facilidad para crear empresas y para encontrar trabajo.

Antonio murió sin dinero y sin percatarse de que era famoso. Su obra proporcionaría fama, prestigio y tal vez dinero a aquellos que han escrito sobre ella, pero el destino literario de Antonio ha sido el de la mayoría de los españoles de valía que no han sido reconocidos hasta después de muertos y cuando en el extranjero han escrito de ellos.





5 comentarios:

  1. Enhorabuena, Domingo, por este artículo tan interesante sobre Antonio Vázquez. Trasladas al lector a la mítica época tangerina y desvelas, como testimonio personal, abundantes rasgos de la personalidad y de la vida de estos dos célebres personajes, Antonio Vázquez y Emilio Sanz de Soto, que son parte de la historia de Tánger.
    He disfrutado muchísimo con la lectura del texto.
    Enhorabuena de nuevo.
    Consuelo Hernández

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  2. Siempre aprendiendo al leer tus escritos tangerinos

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  3. Domingo, te felicito por este estupendo artículo sobre Ángel Vázquez, a quien conocí a mis 6 años de edad. Él era amigo de José Grondona, periodista del Diario España de Tánger y amigo de mis padres. Recuerdo que me regaló algún cuento y que le decía a mis padres que yo era especial, cosa que ya entonces me gustó mucho. Lástima que le tocara vivir una vida que no se merecía, por dura. Su Juanita Narboni es una auténtica joya. Gracias.

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  4. También yo tuve la suerte de conocer a Emilio. Gracias por este excelente artículo que me ha hecho recordar a estos dos duendecillos tan maravillosos que siguen bailando en mi mente tangerina. Fernando Moreno

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  5. PERDÓN SI NO HE ENTENDIDO BIEN, PERO EN TODO MOMENTO ESTÁS HABLANDO DE ANGEL VAZQUEZ Y NO, DE ANTONIO VAZQUEZ TAL COMO SE NOMBRA EN EL ARTÍCULO. ¿ES UN ERROR O ME LO PARECE A MI?

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