6/15/2011

El olvido póstumo*


A iniciativa de Antonio Ruiz Reyes, el Centro Cultural Al Andalus de Martil (Tetuán), la Asociación Desarrollo y Sociedad, y el Grupo de Investigación Ixbilia (de la Universidad de Sevilla, la editorial Alfar-Ixbilia acaba de publicar su Cuaderno Nº 10, bilingüe (español-árabe) en homenaje al escritor tangerino Ángel Vázquez. A continuación transcribo la presentación del Cuaderno por Antonio Reyes Ruiz.







Antonio Reyes Ruiz

El 26 de febrero de 1980, en una pensión de la calle Atocha 98, en Madrid, moría tal como había vivido, sin pena ni gloria, Ángel Vázquez. Casi tres años después, José Antonio Gabriel y Galán escribía en las páginas de Tribuna Vasca: “Nadie se apercibió de que murió el último escritor maldito de España”.

En las páginas que conforman esta publicación podremos encontrar no solo al escritor maldito, sino a uno de nuestros escritores más olvidados. Español-marroquí, tangerino de nacimiento y vocación, la vida y la obra de Ángel Vázquez dejaron entre sus coetáneos una estela gris, casi imperceptible, como esas que marcan los barcos que deambulan por el Estrecho en los días de calma: travesías que no dejan huella en el recuerdo. Por eso el olvido se cebó con él en vida. También tras su muerte. Y precisamente por ello, porque la relectura es el mejor antídoto contra el abandono y la indiferencia, queremos traer a esta colección algunos retazos de la obra de quien fue capaz, desde el anonimato, de cumplir la premonición que sobre él hizo Jane Bowles, anunciándole que escribiría un libro único e irrepetible; de quien nos legó una de las obras que mejor refleja el Tánger de la época, que mejor dibuja con trazos de modernidad el espíritu de aquellos seres -vulgares en su mayoría, y ajenos a los oropeles y fastos de la ciudad artificiosa y convencional que representaba Tánger- a los que la Historia dejó sin tierra, a quienes los avatares históricos obligaron a vivir la vida como un sueño roto, a los que el infortunio y los nuevos vientos independendistas del continente africano forzaron a esperar la muerte tras los fríos barrotes del recuerdo y la nostalgia.

Tánger y la infancia marcarían a golpe de fuego la vida y la obra de Ángel Vázquez, de alguien que fue, en palabras de Virginia Trueba, “autodidacta, políglota, apolítico, desclasado, además de un alcohólico solitario y, como le diría en cierta ocasión a Emilio Sanz de Soto, «una loca como un castillo»”[1]. Criado desde pequeño en el mundo femenino que representaban su abuela y su madre, y alejado de la figura paterna, Vázquez creció a la sombra de las alas de los sombreros que vendía su madre, Mariquita Molina. También bajo los ecos de los comentarios, de los chismes, de las conversaciones que en aquella tienda se sucedían sin cesar. Aquella soledad marcaría no solo su carácter y su forma de ser, sino su mundo interior que, en contacto con esa ciudad dulce y mentirosa -como la definiera Sanz de Soto-, saldría a relucir una y otra vez en su obra literaria, en sus cuentos y novelas.

Una obra, escasa ciertamente (nueve cuentos y tres novelas), marcada por la reclusión en su mundo interior. Una obra centrada en sí mismo, en la vulgaridad de la dura realidad cotidiana, en la dureza y crueldad de las condiciones que exigía la supervivencia, en las actitudes de soledad y desengaño de quien afronta el presente y el futuro como una mera cuestión de azar. Esa ruleta rusa fue la que deparó a Ángel una existencia compleja y tormentosa, pero fue la misma que hizo posible que la literatura fuera el refugio en el que guarecerse del mundo exterior, y en la que podía plasmar las borrascas de su espíritu.

En una anterior introducción de esta misma colección ya manifesté mi predilección por los perdedores, por esos seres a los que la vida castiga con la indiferencia. No obstante, en el caso que nos ocupa, ese mismo escritor abandonado y al que la fortuna le fue esquiva fue capaz de dejarnos una novela, en palabras de Juan Goytisolo, singular, que no puede ser juzgada en el contexto de la novela española del siglo XX. Una novela, La vida perra de Juanita Narboni (publicada en 1976), que es, para algunos críticos, una de las obras que han marcado el panorama narrativo español desde el último cuarto del siglo pasado.

En este Homenaje que le hacemos en el Cuaderno Alfar-Ixbilia nº 10, hemos querido centrarnos en sus cuentos. Como ya quedó indicado, las publicaciones, en este campo, de Ángel Vázquez fueron muy escasas: solo nueve cuentos publicados, en su mayoría, en diarios y revistas de la época. Hemos seleccionado tres que reflejan la personalidad, el mundo interior y la vinculación de Vázquez con la ciudad y el mundo que nunca abandonó: “La hora del té”, publicado en la Revista de Actualidades, Artes y Letras en 1955, que expresa el ambiente de bondad y tranquilidad que acompañaba a las clases acomodadas del Tánger de la época. “Un pequeño esfuerzo”, publicado en Nuestra ciudad en 1969. En este relato corto podemos encontrar al escritor y al hombre atormentado a quien la realidad le hace ilusionarse, y a quien la misma realidad condena a la miseria y la supervivencia. Vázquez en estado puro. Por último, “Bárbara y los cisnes”, cuento escrito en 1956 y ofrecido a los lectores por primera vez por Domingo del Pino. En 2008 fue publicado, junto al resto de sus cuentos, por la editorial Pre-Textos  en el libro “El cuarto de los niños y otros cuentos”.

Si bien su obra cumbre, La vida perra de Juanita Narboni, fue traducida al árabe en 2003, no ocurre lo mismo con sus cuentos, con sus relatos cortos. Presentamos aquí por primera vez algunos de ellos en su traducción al árabe, a la lengua de la ciudad que fraguó su universo personal y narrativo. Esta labor de edición bilingüe de sus cuentos no hubiera sido posible sin la participación de una serie de personas que han prestado su esfuerzo y su colaboración a esta tarea. Desde aquí nuestro agradecimiento, en primer lugar, a Domingo del Pino, periodista, especialista en la obra de Ángel Vázquez, con quien compartió muchos momentos de cercanía en su juventud y madurez, y también gran conocedor de la realidad de Marruecos y del Magreb en general. Sin su disposición, sin sus materiales, sin su generosidad y su entusiasmo no hubiera sido posible este proyecto que hoy toma vida. A Abdellatif El Bazi, traductor y amigo, que con su cuidada traducción ha puesto los cuentos de Vázquez a disposición de los lectores en lengua árabe. También quisiera dar las gracias a Juan Goytisolo, que nos ofreció la introducción que figura en estas páginas, y que ha sido una de las personas claves para que la obra de Ángel Vázquez no durmiera el olvido definitivo. Por último, a la editorial Pre-Textos que nos autorizó la publicación de los cuentos aquí recogidos.

Toca terminar. Y toca hacerlo indicando que este pequeño Homenaje a Ángel Vázquez es el resultado de la terquedad y el tesón, tal vez como al propio Ángel le hubiera gustado, de personas e instituciones casi anónimas que creemos, y que seguiremos creyendo, que en la vida, y en la literatura, no todo es éxito y triunfo: también tiene que haber un hueco esencial reservado a los perdedores. En el caso de Ángel Vázquez, además, es un hueco de justicia. De justicia hacia un hombre y hacia una obra literaria que merecen salir de la condena del olvido. De un olvido propiciado, entre otros, por la propia administración cultural española, incapaz de reflotar y dar a conocer la obra de uno de nuestros grandes escritores hispano-marroquíes: Ángel Vázquez.

Marzo, 2011


* Tomo prestada esta frase de un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre Arturo Barea y Manuel Chaves Nogales, porque creo que es la mejor identificación posible sobre la vida y la obra de Ángel Vázquez.
[1] Trueba, Virginia: “Introducción” a La vida perra de Juanita Narboni. Madrid: Ediciones Cátedra, 2000, p. 17.

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