4/11/2011

Han transcurrido sesenta años

Han transcurrido 60 años…y me decido, con beata sumisión a poner en letra impresa,   que siempre tanto me ha intimidado, lo que fue para mí una  época de  pocos pero  intensos años  de mi infancia la que viví en Villa Sanjurjo, desde que al comienzo de la primavera de 1945 llegué con mi familia a un lugar recóndito de la geografía que yo desconocía y que sólo con la referencia de los mayores pude situar en el mapa del Protectorado Español ¡Uf, pues sí que estaba lejos! Pero sucedió algo que no podía sospechar, a este lugar “perdido”  llegué a amarlo tanto como a mi Tánger natal.






Manuel Iglesias Pérez
Un efímero villero que quedo “marcado”. 


Acuarela de la Cala y Playa de El Quemado en la actual Alhucemas, antes Villa Sanjurjo, obra de Manuel Iglesias, el autor de este artículo


Amistad nunca mudable
no sujeta a la inconstancia
del capricho o del azar,
sino afecto siempre lleno
de tiernísimo cariño,
tan puro como el de un niño,
tan inmenso como el mar.
José Zorrilla


Han transcurrido 60 años… y siempre han seguido vivos en mí los recuerdos de los casi tres intensos años que viví y disfruté en Villa Sanjurjo. Y esos dos  “niños” que junto a mí posan en la fotografía, fueron durante todo ese tiempo mis  amigos íntimos, amigos inseparables, entrañables, leales, fraternos, incondicionales…  Un trío de “mocosos”, pero todo un trío. ¡Cuanto quería yo a  estos niños!
Y fue en Playa de Aro en este 2005 que por primera vez nos encontramos los tres amigos inseparables de aquella lejana  infancia, cumpliéndose así un deseo perseguido y soñado durante largos años.

Han transcurrido 60 años… y durante todo este tiempo han seguido estando   presentes en mi memoria,  formando parte de mí, y siempre muy vigentes los  momentos compartidos junto a ellos, las travesuras, correrías, aventuras y algaradas continuadas que Manolo Rubio Ripoll y Alfonso Huescar Sánchez me deleitaron. Reflexionando, me he sentido siempre muy afortunado de que la Providencia pusiera en mi camino a estos dos estimables e inigualables   amigos. No éramos ni mejores ni peores que otros niños de nuestra edad, pero sí creo que la diferencia puede que estribara en que los tres éramos uno solo, siempre juntos, todo lo proyectábamos y realizábamos juntos. Ideábamos cuantas andanzas, travesuras y enredos se nos ocurrían o antojaban y en ellas, con entusiasmo, nos aventurábamos sin más, y a más arriesgadas y aventuradas eran estas, mejor nos parecían y más nos atraían. Cosas de chiquillos. ¡Pero  cuanta ventura me proporcionaban  tantas aventuras!

Han transcurrido 60 años… y tengo en el recuerdo que sintiéndome tan inmensamente feliz, pensaba yo entonces, que sería mejor no crecer, no dejar de ser  niño,  para poder seguir  viviendo tan intensa y plenamente aquella existencia.                 
    Quizá sea la candidez propia de la edad la que  nos hacía perder el temor al riesgo de la aventura que tocaba cada día. Algo irresponsables sí que éramos en ocasiones, pero cuanto disfrutábamos en esas travesuras, claro, todo unido  a la libertad que nos confería la falta de responsabilidad que conllevaba la precaria edad. Y aunque  esto era el pan de cada día, no quiere por  ello decir que descuidáramos nuestras obligaciones de estudiantes que sí las cumplíamos ampliamente, o casi. Por eso de ser obedientes al repetido “para ser un futuro hombre de provecho”.
Es  cierto que a la aventura hay que perderle el miedo, como hay que perderlo al amor y a la muerte si se quiere gozar plenamente la vida. Cierto es también  que este estado nunca es perenne. Todo esto no es más que una apreciación muy particular y con ello no quiero decir que asumiéramos riesgos extremos (solo cosa de niños), pero sí es verdad que los juegos y las aventuras enriquecen las emociones, y  así vivíamos y  disfrutábamos las nuestras. Puede que tal vez haya yo idealizado en exceso a lo largo de los años mi época infantil en Villa, pero aún siendo así, fueron sin duda los más intensos de mi infancia.

Han transcurrido 60 años…  conocí  a Manolo Rubio  de un modo muy singular. Fue después de alguna disputa en el colegio que  quedamos en dirimirla a la salida de clase, en el Parque. Algún compañero trazó la raya preceptiva en la tierra y una cruz a cada lado de ella que representaban a nuestras  madres. Con la viveza que siempre le caracterizó, Manolo pisó la que era la mía, mi madre, y corrió como gamo hasta  su casa,  su  refugio, sin poderle yo darle alcance. Tengo que decir que Manolo era algo  más joven que yo y utilizando su peculiar argucia me burló. Y ¿Como después de esta falacia, de la que fui víctima, llegamos a ser tan inseparables amigos? Fue la intervención e imparcialidad de Alfonso, amigo de ambos, que nos hizo aceptar el saldo de la disputa amigablemente. A partir de  aquí fuimos los tres definitivamente incondicionales y fieles amigos.

Han transcurrido 60 años… y fue a partir de entonces  cuando comencé a entender y a vivir lo que era una  amistad, a venerar a los amigos, a ser leal a ellos, a darlo todo  ante la amistad y a vivirla con plenitud. Como ya he comentado anteriormente fueron múltiples las correrías que compartíamos el trío, y ocasionalmente junto a otros amigos (Eliseo X, Fernando Moreno, etc.), escalábamos paredes casi verticales  en la bajada al puerto y que alguien desde abajo nos llamó “cabras locas”, más adelante nos atrevíamos a hacerlo en algún punto del Morro Nuevo, en el Morro Viejo o en cualquier encrespada vertiente.

Coleccionábamos minerales lo que nos llevaba a subir a los montes  y romper piedras para bajar con los zurrones y los bolsillos llenos de cuarzo, ágatas de bellos colores, piritas, etc. y, claro, con las manos destrozadas; nos bañábamos y mariscábamos (¿) en la playa de La Cebadilla para volver con unos pocos caracoles o algún  incauto cangrejo; hacíamos en barca a remo la singladura que desde el puerto nos llevaba a la playa de El Quemado (¿ quien se atrevía a dejarnos la barca?); montábamos guerrillas contra otras pandillas de niños españoles o marroquíes (de donde  salíamos más de uno mal parado, con algún chichón.

Los  partidos de fútbol en el campo municipal eran épicos y extenuantes, pues nunca sumábamos más de 5 ó 6 por bando;  excursiones a La Higuera, al Monte de La Bandera, a Los Pinares (un pino es mío, yo lo planté) provistos de la correspondiente merienda; cazábamos escorpiones bajo las piedras para que haciendo el cerco de fuego se autoinmolaran, aunque  esto nunca ocurrió; perseguíamos (con la mejor intención) a las niñas que a esa edad todas eran muy bonitas (por lo menos las de Villa) apropiándonos “novias”, claro, en nuestras enamoradas mentes; accedíamos a una conservera de pescado (de la familia de un compañero) para trepar por los secaderos y el maderamen de la estructura donde teníamos montado nuestro cuartel general o guarida; nos adentrábamos por tuberías de desagüe subterráneas  que con mucha suerte y más de un mal rato y el consiguiente susto, siempre encontramos alguna salida; llegaba a casa reiteradas veces con algún siete en el pantalón y en una ocasión temía tanto la regañina, pues era descomunal el tamaño, que regresé al colegio tapando con una mano el roto, fui descubierto, claro está, y tuve que sufrir la expulsión de la clase y cumplir el correspondiente castigo.

Descubrimos el ajedrez emulando a nuestros padres en el Casino durante las tardes de domingo después de ver “Murieron con las botas puestas” o ¡Que bello es vivir!; salíamos de cacería de inocentes pajarillos con trampas y alúas de reclamo, consiguiendo, desgraciadamente, que algunos dejaran de cantar;  en una ocasión nos introdujimos en una boda que se celebraba al mediodía (creo que a aquel lugar lo llamábamos La Territorial), y apurando los vasos de bebidas cogimos una buena y descomunal  cogorza que cuando llegué a casa, dando más de un traspiés, mi padre me mandó a la cama, después de tomar un brebaje, donde todo me giraba y giraba para que escaparan de mí  los licores, las viandas y hasta parte de mis entrañas, esta fue mi primera e inolvidable borrachera; y más, más, muchas más fueron las aventuras, fechorías y diabluras que estallaban alegres  como gran fiesta en nuestras mentes infantiles.Ya  comenzaba el preludio del hervor anterior a la primavera que  venía inexorablemente a nuestro encuentro. Estábamos ya próximos a los doce años.

Han transcurrido 60 años… siempre he presumido, y con razón, de que a lo largo de mi vida he gozado siempre de verdaderos amigos, de los mejores amigos, lo cual me ha hecho sentirme siempre muy afortunado. Puedo decir que a mis amigos, yo no los aprecio, ni los estimo, ni les profeso afecto, es más, a mis amigos sencillamente los quiero, han formado y conformado gran parte de mí mismo y, querer, ayuda a entender mejor la vida y a mejor vivirla; ayuda junto a los sentimientos, a comprenderla y a amarla. También a los amigos se entienden, se gozan plenamente y te fundes con ellos queriéndolos. Esto es simplemente amistad.

      Dejé Villa Sanjurjo poco antes de cumplir los doce años. Al alejarme del pueblo sentí que parte de mí mismo se quedaba en aquel querido territorio, que ya irremediablemente lo perdía, y que lo que yo me llevaba sería desde ese momento solo recuerdos, imborrables recuerdos, felices recuerdos,  pero simplemente recuerdos. Todas esas intensas  vivencias de los casi tres años que permanecí en Villa acababan desde ese momento. Y con el corazón encogido y los ojos  incapaces de retener las lágrimas, decía adiós, con todo mi sentimiento, a una  época dichosa y  ya irrepetible de mi vida.

Han transcurrido 60 años… fueron tiempos felices los de Villa, y lo fueron por el “duende de Alhucemas” (como dice Paco León), por su entorno, por sus pobladores, por las vivencias de unos chiquillos, por la libertad que gozábamos, por las aventuras y algaradas que ideábamos, por la ignorancia infantil a otros problemas, por la época y, claro, sobre todo por la edad, esa edad de niños que aunque se vive solo una vez, permanece por siempre imborrable en nuestros corazones. Pero, por encima, y más allá de todo ello, fuí enormemente feliz en Villa Sanjurjo por algo nuevo que allí  nació muy dentro de mí:  LA  AMISTAD.

        ¡DISFRUTÉMOSLA!

                                                                                                 

1 comentario:

  1. Manuel Iglesias Pérez, le felicito primero, por ser un amigo incondicional, como he podido comprobar en su vivencias en Villa Sanjurjo.
    y tener un gran corazón.
    Quizás lo entienda también porque yo nací en Tánger, y tampoco puedo olvidad aquellos maravillosos, días de mi infancia y adolescencia, llenos de felicidad, inocencia, y un gran sentido de la amistad.
    Le mando un cordial saludo.
    Gaviota Romero

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