4/11/2011

Memoria y vivencias de la familia Iglesias-Pérez en Villa Sanjurjo

La estancia de la familia Iglesias-Pérez, mi familia, en Villa Sanjurjo fue de muy corta duración, llegamos procedentes de Tánger al comienzo de la primavera de 1945, cruzando la cordillera del Rif, nevada por aquellas fechas en Ketama, y siguiendo el autocar a una vetusta máquina quitanieve durante largas horas, para el disfrute de mis ojos infantiles. Duró esta estancia solo hasta Marzo de 1948. Pero fue lo suficiente para que este período de mi infancia (de los 9 a los 12 años) dejara en mí una huella  imborrable esas vivencias, que ha quedado en mi recuerdo como el más intenso y feliz de mi niñez.


Manuel Iglesias Pérez (Pochi)
Málaga, Mayo de 2010

De estos recuerdos que forman una parte entrañable de mí mismo, ya dejé constancia en el relato  ”Han transcurrido 60 años…” que publicó el Heraldo de Alhucemas en el nº 33 de diciembre de 2005.

Nuestra familia se componía de mis padres, Manuel Iglesias Dorado, mi madre, Dolores Pérez Lobo y de sus tres hijos, Antonio, Mercedes y yo. Mi hermano Antonio, ocho años mayor que yo, no residió largo tiempo en Villa ya que tuvo que regresar a Tánger para terminar su bachillerato y la consiguiente revalida para a continuación entrar a trabajar en la banca a la vez que estudiaba el peritaje comercial y contabilidad, aunque sí pasaba sus vacaciones y otros períodos festivos con nosotros en Villa.

Al ser nuestro padre funcionario de carrera del Estado Español, al acabar la 2ª Guerra Mundial y recuperar Tánger su internacionalidad, se le ofreció varios destinos en el Protectorado de Marruecos así como en la Península, pero vino a escoger el de Villa Sanjurjo (el del fin del mundo, como le parecía a nuestra madre), en funciones de Interventor de Fondos de la Junta Territorial (Ayuntamiento) de aquel joven, pequeño e inhóspito pueblo que era Villa (creo recordar que no llegaría por aquel entonces a 10.000 habitantes). Por mi parte, al llegar a Villa ingresé en el Grupo Escolar para ya más adelante pasar al Patronato y mi hermana Mercedes, más pequeña más que yo, lo hizo en el  Colegio de la hermanas de la Divina Infantita.

Aquí empezó nuestra corta etapa de residencia en Villa Sanjurjo. Como ya relaté en aquel artículo o reseña que publicó el Heraldo, que anteriormente cité, fue ese corto o gran período de mi infancia, tan intenso en vivencias y felicidad que forman una parte muy importante de mi niñez. Estas vivencias siguen presentes en mi recuerdo con toda su frescura como si las hubiera vivido ayer mismo.

Es el de la amistad el sentimiento que más he valorado siempre, ya que no nos es impuesto, nace espontáneamente solo en nuestro interior, y fue en aquellos años de mi infancia donde descubrí su verdadero valor y la entendí en su dimensión de lealtad, fidelidad e incondicionalidad. Y fue así que aquella amistad, la de mis dos amigos Manolo Rubio Ripoll y Alfonso Huescar Sánchez, llegó más allá de una simple amistad, era así como la fusión en uno la de esos tres corazones infantiles. “…pero la amistad es cosa más alta. Realmente nada hay en el mundo más noble que una amistad verdadera”, así la definiría yo con estas palabras de Oscar Wilde, nuestra amistad.

Como ya dije, a mis amigos, no los estimo, ni los aprecio, ni les tengo afecto, es más, a mis amigos simplemente los quiero, y profundamente, pues forman parte indisolublemente para siempre de mi mismo.

Vuelvo al relato de nuestra estancia en Villa. Recuerdo algunos nombres de amigos de mis padres, los matrimonios Luis Real y Carmen, Armando Parrado y Pepita, José Vidal Moltó y Sra., Luis Más, José Tirado, Fernando Moreno, y otros muchos que aunque retengo sus fisonomías, sus nombres se han perdido entre los  recovecos de mi memoria.

Mis padres que eran socios del Casino, frecuentaban sus tertulias y así mismo participaba en los juegos de salón, en interminables partidas de ajedrez, y en los diversos torneos que se organizaba de este deporte. Nosotros los pequeños emulábamos a los mayores disputando nuestras competiciones, las cuales a veces no conseguíamos finalizarlas por las inevitables disputas que surgían en el ardor de la partida. Para más adelante y sosegados recomenzar otro torneo.. 

Mi padre tenía gran afición por la literatura, la poesía y al teatro y por esto último tuvo la oportunidad de interpretar algunas obras con el grupo local de aficionados a las tablas, en el teatro de Villa. Recuerdo entre otras, el drama “Isicaris” donde interpretaba al protagonista, Isicaris, mayordomo oriental, y que aprovechando su calvicie, además de que periódicamente se afeitaba la cabeza, y sumado al consiguiente maquillaje daba perfectamente la imagen de oriental, Así mismo interpretó obras de Muñoz Seca y otros autores. A mi me tocaba tomarle los diálogos, con lo que terminaba aprendiéndome todos ellos.

Nuestro padre, desgraciadamente, enfermó del pecho por contagio durante aquel tiempo y por esta razón y buscando un clima más sano, pidió su traslado a Xauen, ciudad de media montaña, donde ocupó la plaza de secretario general de la Junta Territorial. Más adelante ingresó en un sanatorio antituberculoso, Ben Karrich, y nosotros tuvimos que regresar a nuestro Tánger natal, esto era ya al comienzo de la primavera de 1948. Fue este un período duro y difícil para nuestra familia, aunque a mi edad no llegaba a alcanzar el drama que supuso esta situación familiar. Afortunadamente y pasado estos difíciles años se restableció nuestro padre de su dolencia y con ello volvió a recomponerse la familia, completa ya, en Tánger.

Volví a Villa Sanjurjo, denominada ya AL-Hoceima, de visita durante unos días con mi propia familia en el año 1991 para revivir recuerdos, bañarme en las playas de El Quemado y de La Cebadilla y rememorar todas esas vivencias infantiles que han quedado cosidas fuertemente en mi corazón.


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