9/14/2010

Tánger: alegres y arriesgados años cincuenta.

Dicen que todos los niños son siempre felices sean cuales sean las circunstancias de sus familias, y que por eso añoran la infancia y esos primeros años en que jugar era lo más importante. Yo también añoro los años siguientes a mi infancia, que me tocó vivir en Tánger allá por los años cincuenta. Alcolea del Rio, Sevilla y Tánger, en orden cronológico, son los lugares que con más frecuencia me devuelven hermosos recuerdos que habían permanecido como en hibernación durante muchos otros años.


Boulevardeando en Tánger

Recuerdo  aquellos maravillosos años cincuenta en Tánger, la playa, la pesca submarina con Jaime Alonso Rodríguez, cuando tomábamos como cuartel general para ponernos los bañadores y bajar a los acantilados su fantástica casa en la calle Shakespeare. Por cierto que la calle Shakespeare merecería un relato aparte, con sus misterios, aquellos caserones donde los alemanes habían tenido un puesto de observación durante la segunda guerra mundial, vigilados muy de cerca por  los hombres del coronel William Hedi o William Eddy, enviado a Tánger por la primera Office of Strategic Services, precursora de la CIA.

Inmueble acordeón. Postal de los años cuarenta. Archivo fotográfico D. del Pino


Una década después de la guerra, cuando empezamos a hacer pesca submarina, en una de las casas de aquella calle vivía aún una señora con una hija muy guapa, de nuestra edad, que la mayoría de las veces acaparó más de nuestro tiempo que la pesca. Era una niña tan extraña como la calle misma y como su casa, a la que no nos dejaba entrar. Claro que a los chicos las prohibiciones no nos han detenido nunca y era tanta nuestra curiosidad que una tarde nos colamos por el jardín con el tiempo justo para ver armaduras, uniformes y estandartes nazis,  antes de que los ladridos de un enfurecido Doberman nos hiciera salir de estampida.

El día los pasábamos en nuestras ocupaciones, es decir el colegio, el instituto o el liceo. Los chicos de los marianistas a mediodía nos apresurábamos para llegar a tiempo a la salida de las niñas de Las Monjas o de los liceos. Si no recuerdo mal Rafael Carrasco y Paco Macias preferían a las chicas de las monjas, y Pedrito Sánchez y yo a las de los liceos. Por las tardes todos nos reuníamos en el Boulevard Pasteur, para recorrerlo una y mil veces, siempre por la misma acera del Paname, desde la esquina de la calle Goya hasta Casa Ros o un poquito más allá.

Los fines de semana  de verano competíamos en la playa a ver quién llegaba antes a la balsa. Por las tardes eran los guateques, los bailes en el Whisky à Gogo, el Emsallah Garden, el Parque Brooks y las casas privadas. Aparte de las partidas de futbolín en el local de encima del cine Goya, otros domingos íbamos a La Fôret Diplomatique o a Sidi Amar, al arroyo de los cangrejos, a Malabata o, cuando teníamos coche, a las Grutas de Hércules.

Casa de España, antiguo Casino Español, hoy. Archivo fotográfico de D. del Pino


Pero mi diversión preferida eran las soirées en la casa de los Padros en el Inmueble Acordeón. No recuerdo como conocí a esa estupenda familia, tal vez a través de Tomás Ramírez que cortejaba a Charito por aquellas fechas, pero también éramos muy amigos de Pedro, su hermano. Allí íbamos después de que se “cerrara” el Boulevard, a eso de las nueve o diez de la noche. La mayoría de las veces nos quedábamos hasta la una o las dos de la madrugada. La imagen que conservo es la de Tomás Ramírez con la cabeza en el suelo y las piernas para arriba, en incomodísimas posturas de yoga que por aquel entonces practicaba tal vez como preparación a los rituales de enamoramiento de Charito.

Las veladas con los Prados estaban muy bien porque doña Charo, una mujer estupenda y muy cariñosa, nunca dejaba de obsequiarnos con un hermoso chuletón o una tortilla de patatas. Lo pasábamos muy bien, jugábamos al palé, a las cartas, o nos contábamos historias banales que son las que de verdad importan. Unos años más tarde, cuando trabajaba en Rabat, conocí al señor Prados, que trabajaba en la Agencia MAP del cual me hice muy amigo porque compartíamos el mismo restaurante de Hamido para almorzar y cenar. Le pagábamos una cantidad al mes y teníamos derecho a comer lo que quisiéramos durante veintres días a la semana.

Si la familia Prados era estupenda, el señor Prados merecería toda una novela. De él y de Zuheir el argelino, un personaje misterioso que trabajaba en el amalato y tenía alquilada una garçonnière en el Acordeón, hablaré la próxima vez. Cada uno de ellos tenía una facultad prodigiosa: el Señor Prados llevaba en el bolsillo  un silbato como de los árbitros de fútbol, que hacia sonar de madrugada en el Boulevard Mohamed V de Rabat y como por arte de magia aparecía quien o le llevaba a su casa o le preguntaba que deseaba y lo complacía. Zuheir tenía el poder de pasar a través de las paredes y de ello doy fe porque un día desapareció de la habitación donde estábamos y no le volvimos a ver nunca más en Tánger. Parece que era del FLN y que le buscaba la SDECE francesa. pero no anticipemos. Aguardemos al siguiente relato. 



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