4/12/2010

La mansión de Felipe González en Tánger. No apto para nostálgicos empecinados como yo

La cosa tiene bemoles -dice Emma Abrines, no os perdáis detalle de su escrito- y cómo la labia convence a unos imbéciles interesados y codiciosos. Una gran decepción. Pero... allá la gente y sus magouilles. Para mí, Tánger, que me vio nacer demasiado tarde para mi gusto, no tenía ya ningún charme desde hacía tiempo pero, después de esto, personalmente prefiero vivir de recuerdos a contemplar la decadencia de mi cuna, esos ecos de silencios contenidos, que retumban en mi cabeza como flotando en un mundo irreal, mágico.
 



Por Emma Abrines


Querían la "soberanía" sobre nuestro Tánger y ahora está plagada de horteras que la descubren a estas alturas. Es una verdadera lástima. Nos robaron el embrujo indiscutible de una gran vivienda llena de amigos. A mí me lo mataron, ese embrujo. Me lo pisotearon sin piedad y siento una gran pena al darme cuenta del asesinato impune de su embrujo, ese poder repleto de vivencias y de caricias de un sol único y de una luna única en el mundo.

Nuestros buenos recuerdos, nuestra infancia, nuestra adolescencia, el Lycée Regnault, la "vieille montagne", Donabo, el Cementerio de los perros", la Kasbah, la Avenida de España, el café Hafita, "Chez Porte", los balnearios, que ya no existen en las playas, las biscotelas de "La Española", los medios panes rellenos de aceitunas y de embutidos con la cocacola de rigor o el Seven Up del backalito de siempre, el cine Mauritania, los bares ingleses, las Grutas de Hércules, el faro Malabata, las "tahrishas" del vendedor de pipas de girasol y de calabaza yendo hacia el cine Lux, el faro del "Cap Spartel", ese olor a hierba mojada y a tierra pura... Los atardeceres frente al Mar Mediterráneo y al Océano Atlántico... Las confidencias arrojadas al mar, que todo se lo calla...

La "Forêt Diplomatique", esos olores a especias por las calles transitadas y tranquilas y ese sabor a autenticidad, los amigos del alma, solidarios, las "surboums" en casa de unos y de otros, los bailes de los años 60, la música, Los Beatles, "Les amis du théâtre de France", las películas inéditas en otros países, nuestro "poliglotismo" natural, los "flirts" arrancados en la Avenida de España, de noche, en el coche; los hoteles amenizados por nuestros queridos pianistas de siempre... Todo eso ya pasó. 

Ahora, nuestro Tánger ya no es más que una ciudad cualquiera. Se le fugó al infinito su carisma, se le esfumó su historia, se le escapó su esencia. Ya no es lo mismo ni lo será nunca. Se nos derramó su encanto a través de los dedos que nos obligaron a abrir. Perdió su magia, que se fue muriendo a medida que querían alcanzar el progreso: la gloria, según ellos. Esa ciudad de Tánger ya no volverá nunca más. Los susurros al oído en una noche estrellada y despejada. Los besos robados "en cachette". Para que tenga más suspense... Pupilas brillantes de deseo, corazones rebosantes de amor en un decorado perfecto y misterioso. Rubinstein, Cousteau, los barcos a lo lejos, los pacientes pescadores en el "muelle", donde las olas alcanzaban grandes alturas cuando soplaba el levante.

Nuestra verdadera vida se nos fue. Todos estamos en otros países y no hemos olvidado a nuestra bella cuna tan... internacional y comprensiva. Nuestra gran apertura de mente. Los idiomas, las costumbres compartidas. Ninguno de nosotros la olvidaremos. La mayoría la abrigamos al calor de nuestros recuerdos imborrables. Yo lo hago.

Lo lamento. Pero sí, estamos las personas de aquel entonces. Nos reunimos, nos escribimos, nos agrupamos, pero ya no somos los mismos. A mí me arrancaron de cuajo mis ilusiones. Ahora tengo otras, pero no son las mismas. Esa infancia, esa adolescencia plenas de libertad y de naturalidad. Hechas de solidez en un mundo pluricultural, mezcla de religiones, de creencias diversas pero con un denominador común: el respeto. Y eso es algo innato en nosotros. El poder de comprensión hacia ese otro mundo donde vivimos desparramados por doquier.

Por eso seguimos siendo amigos ya en otra época. ¿Nos habremos adaptado todos a otra vida en otro país?... Seguro que muchos sí se habrán adaptado. Otros, en cambio, no del todo. No, es imposible. El pasado no se olvida. Tampoco se mistifica. Está incrustado "a fuego" en nuestros corazones.

A mí me gustaba la tierra, gozaba saltando entre las olas del océano, contemplando los árboles que nadie cuidaba, los pájaros, las piedras, el agua salada, la libertad total del espíritu.

Ahora sólo me quedan unos cuantos extraños que han hecho sus nidos en distintos lugares y que se han adaptado tan bien que no parece que hayan sentido el amor a una tierra en los entresijos de su corazón. Los hay fieles, pero no son muchos. A pesar de su apego, siguen volviendo a Tánger, la antigua misteriosa, inspiradora de genios de la pintura, de la literatura, de gente que vino para pasar tres meses en la ciudad y se quedó más de 40 años. Los "fieles" siguen contemplando la profunda transformación de sus calles sin nostalgia, la sofisticación de sus parques, de sus costumbres ya renovadas y extrañas a mis ojos. 

No es nostalgia. No es dolor. Es otra cosa. Es un recuerdo profundo y drásticamente rasgado por el paso del tiempo a causa de la adaptación increíble de los pro-tangerinos a una nueva e insulsa "brillantez" que sólo es un espejismo. Lo renovado atrae, sí. Aunque no quieran saber que se trata de un espejismo. Algo efímero que no ha visto más que negocio en el lavado en profundidad que le han hecho a mi Tánger, mi tierra querida. Aún me hablan los ecos en la distancia y se agolpan en mi mente esos cálidos recuerdos que nunca olvidaré. ¿Romanticismo? Quizá. ¿Estancamiento en una época feliz? No, la vida sigue, pero no me gusta nada la que estamos viviendo.

Sí, la vida sigue, por supuesto. Pero, para mí, se murió cuando salí de allí, como tantos otros. Es cuestión de sensibilidad y de profundidad. Un diálogo mudo dentro de mí, que pocas veces puedo exteriorizar. Esta vez es ya el colmo y por eso me atrevo a dar mi opinión. Ya sé que nadie me la ha pedido pero la gran magia de la libertad es poder expresar a otros tangerinos, a otros "tanjaouis" queridos de nuestra época, lo que llevo dentro, muy dentro de mí. Soñar despierta... No, hay otros lugares, otras personas, otros destinos, pero lo que nunca morirá será mi recuerdo ardiente de una vida plena que añoro porque la tengo muy arraigada en mi memoria. Pero ya no volvería a vivir en Tánger. Me hizo demasiado daño tener que renunciar a ella y huir, como una leprosa. Sí, huir. Huí porque tenía que hacerlo. Porque era mi deber. Por mi hija querida. Mi única hija...

Siento haber hecho esta "pseudo-disertación" sobre mis sentimientos profundos hacia la ciudad eterna que me vio nacer y que... pero eso es otra cosa. Forma parte del futuro y del futuro poco se sabe. Me hubiera gustado vivir una época anterior, prolongar la dicha que tuve en ese Tánger tan rico en matices, tan embebidos en la filosofía de los antiguos señores del lugar. Ellos ya murieron. Ahora viven sus nietos o sus biznietos enganchados a la última moda y a la vida vacía por la que están pasando sin pena ni gloria. Sí, añoro mi tierra pero jamás volvería a vivir en ella. Ella era mía y me la robaron. Demasiado sensible para ser cierto, ¿verdad? Me la robaron sus leyes injustas, me la robaron cuando era pura y clara. Ahora, ya no vale la pena.

Y todo esto comenzó por un artículo sobre la mansión de Felipe González, el Presidente español con más carisma y labia de todos, pero que ha caído en lo mismo que todos, sean de las tendencias políticas que sean. ¿O será un bulo?

Parece que, con esta noticia, me hubieran desgarrado a la fuerza y contra mi voluntad mi verdadera identidad. Es curioso... 

Besos a toda mi gente,

Emma      

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