Por Luis Orchevecs
En la calle Senmarín, también conocida como cuesta del francés, en la parte izquierda, bajando a la izquierda, acostumbraban a colocarse unos vendedores de hilos que exponían sus carretes, bobinas, botones y pressboutones, en unos carros muy bien concebidos, que divididos en dos partes, servían de expositor para toda la mercancía.
Cuando terminaban la jornada laboral, la parte superior del caro servía de tapadera, la cerraban con candados y empujaban el carro hasta donde solían guardarlo.
Entre los vendedores de este tipo de mercancía, había uno que era mi preferido, porque mi madre siempre le compraba a él. Se llamaba Moshito, y yo le consideraba un alquimista del hilo y del botón.
Cuando los carretes y bobinas, envejecían y se descoloraban por los efectos del sol, Moshito, iba y compraba hilos nuevos, carretes, bobinas, hilos para bordar y otros artículos de pasamanería, y con gran ceremonia, vertía el contenido de las cajas recién compradas, hilos nuevos y relucientes, botones brillantes, trencillas de vivos colores, sobre los viejos artículos descoloridos.
Luego metía sus manos, con cara de satisfacción y mezclaba hilos viejos y nuevos. Inmediatamente, la alquimia se producía. Después de unos breves instantes, todos los hilos se volvían….viejos y descoloridos, tomaban aspecto de haber estado expuestos al aire y al sol durante meses y lo mismo ocurría con los demás artículos. No me cabe duda que conocía los secretos de la alquimia y eso, con el paso del tiempo, me llevó a llamarle, el Fulcanelli de los hilos. Seguro, que alguno de vosotr@s habréis conocido a Moshito, si es así, podéis dejar vuestro testimonio en esta web, que pretende revivir nuestros recuerdos. Con suerte quizá alguno de vosotros hayáis asistido alguna vez a la transmutación de los hilos...

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