Por Luis Orchevecs
Luis Orchevecs y Francisco Cardoso en La Hafita, 1967. Foto L. Orchevecs
La Hafita es un cafetucho cutre, las sillas y mesas cojean, el servicio es medieval, pero el té con hierbabuena es una delicia, y si te molesta la pata coja de la mesa o de la silla, te puedes tomar tu brebaje tumbado en una estera, con las costas de España justo enfrente, en silencio, absorto en tus pensamientos o en amigable charla en voz baja si vas acompañado.
Al caer el día puedes ves los guiños del faro de Tarifa, y en las noches claras, las luces de los coches que circulan por su paseo marítimo. Y estás en Tánger, sentado o tumbado en ese lugar intemporal que es el café Hafa, o de la Hafita, como lo llamábamos los nacidos allí.
No pasa el tiempo por él, su pequeña historia se nota nada más entrar, contar y nombrar los personajes que pasaron y siguen pasando por él no es mi intención, otros lo han hecho y lo siguen haciendo. Yo solo quiero contar que he pasado muchas tardes allí, plácidamente tumbado en una democrática estera, que igual recibía a un millonario americano que a un vecino del barrio que venía a echarse su sebsi de kif.
Al caer el día puedes ves los guiños del faro de Tarifa, y en las noches claras, las luces de los coches que circulan por su paseo marítimo. Y estás en Tánger, sentado o tumbado en ese lugar intemporal que es el café Hafa, o de la Hafita, como lo llamábamos los nacidos allí.
No pasa el tiempo por él, su pequeña historia se nota nada más entrar, contar y nombrar los personajes que pasaron y siguen pasando por él no es mi intención, otros lo han hecho y lo siguen haciendo. Yo solo quiero contar que he pasado muchas tardes allí, plácidamente tumbado en una democrática estera, que igual recibía a un millonario americano que a un vecino del barrio que venía a echarse su sebsi de kif.
A mi vuelta a Tánger, de donde salí en 1984, con 40 años a las espaldas, llevé allí a mi mujer y a mi hijo, nos tomamos un té en la misma mesa donde me solía sentar a veces y que 20 años después, conservaba las muescas que hice con una navajita poco antes de dejar mi ciudad natal. Borrosas ya por el tiempo, pero tenaces e imborrables, como los recuerdos de un abandono amoroso.
Marina Lorenzo y su hijo Carlos en La Hafita, 2004. Foto L. Orchevecs
Fue un placer que a mi mujer, madrileña, y a mi hijo, madrileño también, les gustara el sitio y aunque no volvimos ya que solo estuvimos 3 días allí, he sacado a relucir el cafelito de la Hafa cuando hablamos de Tánger o escuchan pacientemente alguna de mis batallitas tangerinas. No se debe ir a Tánger y no visitar ese lugar, tomarse un té verde con hierbabuena, e incluso charlar un rato con Cherif, el encargado del cafetín que conocí de niño, con 4 o 5 años y que entonces regentaba ya un cafetín en la misma calle donde yo vivía, la Calle Tidjania, esquina a Ben Raisul, a 20 escasos metros de la plaza del Oued Ahardan. Le cambiaron el nombre a la calle hace ya mucho y hoy se llama Ben Abdessadak. Comprobé desolado que a mi casa le habían cambiado la puerta de recia madera por una acristalada de hierro. El magnífico picaporte de bronce que la adornaba también había desaparecido.
Ahora solo quedan los recuerdos y naturalmente el Café de la Hafita, sentado sobre un impresionante acantilado, con su cutrez, sus sillas y mesas cojas, sus esteras brillantes por el roce, y su historia, su pequeña historia tangerina. <


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