2/25/2010

En memoria de Leopoldo Ceballos. Artículo de Alberto España

Cada vez son más numerosos los libros y los sitios web sobre Tánger. La mayoría se refiere a ese período tan especial entre guerras europeas (1914-1918 y 1939-1945) y española (1936-1939) y las posguerras que siempre son peores que las guerras mismas. La ciudad acogió e integró a todos los exilios del signo que fuesen y su régimen internacional permitió unas libertades inexistentes en los países de origen. Pero Tánger fue mucho más que eso. Fue convivencia de culturas diferentes, no con la ñoñez con que hoy parece entenderse la convivencia, sino de la única forma en que es posible en el mundo real: con tensiones, con prejuicios, con rivalidades, pero al mismo tiempo con la disposición de superarlas y de llegar a compromisos. Y eso lo lograron los tangerinos de diferentes orígenes, de distintas confesiones, y de ideologías enfrentadas, famosos y anónimos. Todos hicieron aquel Tánger y todos tendrán cabida en esta página web. Leopoldo Ceballos Cabrera fue un tangerino singular de esos que forman parte indisociable del mosaico tangerino. A continuación le ofrecemos la nota que escribió en su memoria el periodista Alberto España con ocasión del fallecimiento de Leopoldo el 16 de septiembre de 1966. Pincha a continuación para leer el texto del artículo.




A Leopoldo Ceballos Cabrera

A una sombre fugitiva. Pleito fallado.
Por Alberto España
Diario España de Tánger 17 de Septiembre de 1966



No te conformaste, querido Leopoldo, con” morir un poco”, al partir de Tánger, como dijo el poeta que se muere en toda partida. Te fuiste del todo. Es decir, que la muerte fue definitiva. Al fin jurista, estableciste el “distingo” ante la parte contraria.. No pudiste, sin embargo, convencerla ni dejarla prendida en los anzuelos de tu locuacidad, porque la parte contraria era fría y pálida y nada humana como tú...

Hay quien disfruta de la vida en una muda y profunda contemplación. Otros, por el contrario, lo hacen en una constante eclosión de introversiones, no acordes con el encanto incongruente del silencio. Así eras tú. Tenías cosas que decir y las decir a tu aire, con enjundia y gracejo, hasta con su mijita de sal y pimienta andaluzas, en un júbilo contagioso que se desbordaba de tus labios... No todo el que calla tiene cosas que decir. También están cerrados -mudos— muchos armarios y por dentro están vacíos.

Conversador impenitente, sin la palabra languidecías... Era el verbo para ti como el “sine sole sileo” que rezaba en el frontispicio de los relojes de sol que los romanos prodigaban en sus jardines. Sin hablar eras tú como un pececillo fuera de su elemento, que se dijo tendido en la arena.

--¿Pero es que aquí no se va a hablar en todo el trayecto? —protestaste en cómica indignación ante el persistente silencio de tus compañeros de vagón en el tren.

Para ti, aquel silencio de plomo, mientras el tren corría por paisajes luminosos, itinerantes, henchidos de vida, era como una triste visita de pésame, en la que los reunidos intentan dar al silencio una significación peyorativa que el silencio no tiene... Permanecer callado era para ti la negación absoluta de aquella vivencia de humanidad que llevabas dentro. Una humanidad exuberante y entrañable en la que te hallabas inmerso todo entero, de la cabeza a los pies.


Cualquier tema era bueno. Tú los apoyabas todos con brillantez y acierto, intentando la charla de imágenes chispeantes... Nada importaba que el comentario se desenvolviera sobre un suceso nunca acaecido. Tu imaginación era tan fértil que hasta tú mismo llegabas a creerlo real...

Hablar y hablar de continuo, desflorando todos los temas... y no murmurar jamás de nadie, era en ti una gran virtud que denotaba tu bondad y casi humildad franciscana…Hablar y hablar de continuo, desflorando todos los temas... y no murmurar jamás de nadie, era en ti una gran virtud que denotaba tu bondad y casi humildad franciscana... ¿Por qué reticencias ni heridas —decías— para aquellos que al fin y al cabo fueron nuestros compañeros en el Arca bíblica de Noé?


“Humano, demasiado humano”, eras tú, según la estimación, aunque un poco desvía del filósofo Nietzsche...

Ibas alegre por el mar sereno de tu mundo en tu barquito saltarín y marinero, con todas las velas desplegadas, pero sin dejarlo encallar nunca en los bajos del pesimismo... Una cara nueva, una frase enjundiosa, cualquier ruta nueva, eran suficientes para que tu palabra brotase en vedijas lentas y serenas, con la misma sencillez que el humo del cigarro. La vida la amabas golosamente, por lo que tenía para ti de espectacular y varia. Rehuías y temías la muerte, más que por su hosquedad, por el silencio helado de su periferia...

En este viaje postrero tuviste una compañera, pálida y hermética, a la que no te fue posible convencer con el encanto de tu facundia. Te escuchaba indiferente y fría, con la mirada ausente. Tus argumentos le resbalaban. Ella, helada el alma, había fallado ya tu pleito, Y sonreía mientras hablabas, porque sabía que su fallo era inapenable. Tu humanismo, emoliente y frondoso, no te ha servido de nada.

¡Hasta pronto, querido amigo!... Que nadie está excluido de la lista de viajeros que han de pasar por esa frontera. A ninguno se perdona, aunque se otorguen ciertos plazos. Unos plazos cuyos vencimientos nadie conoce ni sospecha. Fuerza es llorar hacia adentro una querella constante y tardía

1 comentario:

  1. yo soy mas de los de mirar y contemplar y dejar que otros sean los que indaguen! saludos amigo

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