9/28/2009

Alberto Míguez in memoriam

Alberto Míguez, un gran periodista, un gran amigo, ha dejado de existir. Su corazón, tras varios asaltos de la enfermedad, cesó de latir el pasado día 25 de Septiembre. Qué vidas tan duras y tan complejas, cuántos problemas, alegrías y sinsabores, y que simple y sencillo esto de la vida y de la muerte. Los que quedamos no podemos evitar pasar lista angustiados, siempre que algo así ocurre, a cuántos éramos y cuántos somos.



Masegosa, Alberto, Malika y DomingoArchivo fotográfico D. del Pino



Alberto Masegosa, Malika Malek, Alberto Míguez y Domingo del Pino, en Rabat


Durante treinta años, Alberto y yo, y media docena más como Manuel Ostos, Salvador López de la Torre, Lola Infante, Pepe Colchero, Vicente Talón y alguno más que seguramente olvido, compartimos el mismo interés por el mismo mundo, tercer mundo, que en nuestra vocación de contar e informar habíamos convertido en nuestro centro de atención.

Durante al menos un década, Alberto, Ostos y yo incluso escribíamos para el mismo periódico, El País, versión en prensa diaria de la transición política española. Ostos y yo fuimos, casi durante toda nuestra vida profesional, corresponsales en el extranjero, aunque Alberto, por sus frecuentes viajes, parecía también un corresponsal. Siempre generoso, recuerdo que abastecía a Ostos de papel higiénico y latas de conserva que escaseaban en Argel y a mí de tacos de jamón, imposibles de encontrar en Marruecos.

Voluntariamente habíamos escogido informar de ese mundo que después de las independencias de las metrópolis coloniales pugnaba por hacerse cargo de sus destinos. Washington, Nueva York, Paris, Berlín, Londres, Bruselas, nos parecían demasiado serías, predecibles, incapaces de producir noticias que hicieran vibrar a los lectores de la nueva España democrática; que lograran despertar sentimientos de solidaridad humana imprescindibles en toda democracia. Cuando a veces nos acercamos a alguna de esas capitales solo encontramos “cabezas de huevo” encorbatados, burócratas que tenían que tomar Alka-Seltzer para mitigar los ardores de sus digestiones pesadas, y burócratas atrincherados en montañas de papel y de disposiciones incapaces de un pensamiento o una respuesta propios. Demasiado aburrimiento y demasiadas personas que no se jugaban nada con sus actos.

A nosotros nos atraían aquellos hombres y mujeres que luchaban por su libertad y con frecuencia por su vida, que no usaban papel timbrado ni sellos de caucho, que no tenían bedeles ni secretarias a su servicio, y que casi siempre tenían que recurrir a las armas para obtener lo que se les negaba.

Conocí a Alberto a principios de 1975, cuando ya se pensaba en la idea de crear un gran periódico para la democracia, toda la democracia. Compartimos aquellos días y noches de guardia y en vela periodística por los bares y restaurantes de El Pardo, a la espera de la noticia, la única noticia que aguardaba todo el país para comenzar una nueva vida: la muerte del dictador.

Alberto había tomado parte en la aventura fallída del diario Madrid, la primera breve y abortada escuela de periodistas demócratas. Yo venía de Cuba, de una experiencia personal más radical de búsqueda de la democracia, pero igualmente fracasada. Cuba fue nuestro primer interés común. Luego Alberto hizo que me invitaran a formar parte de aquel grupo de periodistas fundadores de El País que convertimos al periódico en un valioso instrumento del advenimiento y consolidación de la democracia. Vivimos y protagonizamos una época grandiosa del periodismo español, cuando los políticos y los gobiernos no habían logrado aún dividirnos en grupos estancos en los que ya no cuentan las pulsiones democráticas del periodista, sino su disposición a escribir por sistema a favor o en contra del gobierno de turno.

Alberto Miguez en el SaharaArchivo fotográfico de D. del Pino


Alberto Míguez, reportero en el Sahara



Cuando nosotros comenzamos nuestra andadura profesional aún no había ordenadores portátiles. Recuerdo que Salvador López de la Torre viajaba a las cumbres africanas con una maleta llena de papeles, con todo su archivo. Por aquel entonces el abogado canario Antonio Cubillo había logrado crear un grave problema a España al pedir que la OUA incluyese a Canarias entre los territorios por liberar y al MPAIAC como movimiento africano de liberación. Yo había conocido a Cubillo durante mi corresponsalía en Argel, conocía la génesis del MPAIAC, originalmente formado por Cubillo, su cuñada y un chico canario cuyo nombre no recuerdo. Le escuchaba a veces durante la hora de radio que le permitían en la radio argelina y así fue como supe que yo no era español sino “godo”. Marruecos nos presionaba igualmente con la pesca y con su reivindicación de Ceuta y Melilla. La solución vergonzante del problema del Sahara adoptada por el régimen en sus últimos momentos, proporcionaría trabajo y ocupación durante los treinta años siguientes tanto a los periodistas como a la diplomacia española.

Alberto y yo de paseo en la BerzosaArchivo fotográfico de D. del Pino


Alberto y yo de paseo por la Berzosa, Madrid


Solo siento no haber podido tener con Alberto, como me ocurrió con mi padre, esa última conversación-repaso que nunca se tiene, por razones obvias, con nadie. Pero echo de menos aquellos años en que todos éramos españoles, en que no había más que la seguridad y los intereses de España, cuando nosotros, independientemente de lo que votáramos, lográbamos imponer una capacidad crítica independiente y los medios para los que trabajábamos estaban todos interesados en la misma libertad y en la misma democracia. Aún había políticos de talla, último relente de aquellos grandes hombres que desde el conservadurismo como Cánovas, del republicanismo como Azaña, homologaron a España con los grandes países europeos. Adolfo Suarez, Calvo Sotelo, y Felipe González como sello final, destacan en una etapa llamada de transición, frente a la cual el presente árido y yermo aparece como pobre, falto de ilustración y carente de envergadura política.

Alberto, cómo añoro aquellos tiempos de corresponsales de guerra en el Sahara, con Marruecos o con el Polisario, las revueltas del pan, las guerrillas palestinas, la caída de los coroneles griegos, las guerras civiles en Chipre y en Líbano, o los movimientos de liberación de las colonias portuguesas. También lamento que se hayan ido para no volver aquellos fines de semana en que me iba con Luci a pasar el día contigo y con Lilianne a la Berzosa y paseábamos por aquellos caminos de riscos y de cabras, entre jaras y tomillos, y yo recogía cagarrutas de cabra para abonar mis macetas. Luci y yo te recordaremos siempre.

3 comentarios:

  1. Muy bueno. Me ha gustado mucho.
    Jorge Tron

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  2. D.E.P.
    Fue perseguido judicialmente durante el franquismo, por ser "excesivamente galleguista"

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  3. TitoMoraga. Toronto12 de febrero de 2013, 3:15

    Míguez y la muerte de Allende: Interesante comentario entre paréntesis el del periodista Alberto Miguez, fallecido en 2009, en su reportaje "CHILE, BAJO UN RÉGIMEN MILITAR" (1) Debe tenerse presente que España vivía bajo otra dictadura en esa fecha y los comentarios debian ser muy cuidadosos pues había censura. Sin embargo el último párrafo encierra una verdad no desmentida cuando escribe "Liquidado Allende... etc" – el Empleo de la palabra liquidado demuestra una verdad oculta, ya que según el diccionario español, esto significa lisa y llanamente: "Asesinado Allende... etc" – Considero esto un golazo gramatical del periodista español. Para LaVanguardia, cubrió también la etapa del Gobierno de Salvador Allende en Chile y el golpe de Estado militar. A finales de 1973, la Junta Militar le expulsó del país. Posteriormente, lo hace Franco, expulsándolo de España.
    Atentamente,

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