8/17/2009

Viaje a Tánger del conde Jean Potocki en 1791

El conde polaco Jean Potocki, un empedernido viajero, estuvo en Marruecos en el año de 1791. A diferencia de otros viajeros que entraban en el Imperio por Tánger, el conde Potocki llegó a Tetuán el 2 de julio de 1791. Su narración del Imperio, un libro escrito en forma de diario, es una lectura recomendada para todos aquellos aficionados a los relatos de primera mano y por contemporáneos y testigos de los hechos relatados.





21 de Julio de 1791 a la sombra de un darder.

Antes de llegar a esta ciudad (Tánger), se encuentra, a cosa de hora y media de camino, la población de Zgoa que está edificada con cañas y dispone de jardines allí donde uno no creería encontrar más que chumberas. Existen también algunos jardines en los alrededores de Tánger, pero los accesos de la ciudad son muy arenosos.

El Caíd ha enviado que salgan a mi encuentro y he sido conducido a la casa de España desde donde tengo una vista del estrecho desde lo alto y que es de un efecto admirable. El Caíd me ha pedido también una lista de las provisiones que necesitaré para alimentarme yo y mis hombres, ya que se me concede el rango de huésped del Sultán.

22 de julio de 1791 en Tánger.

He ido a hacer mi visita al Caíd. Su casa pasaría en cualquier país por un palacio. Es una mezcla de órdenes compuestos y arquitectura morisca, de una ejecución casi tan bella como pueda serlo la Alhambra de Granada, aunque menos rica de ornamentación y ofreciendo más descanso a la mirada. Una sola cosa afea este edificio, lo mismo que todas las casas de los moros, se trata de un nuevo revoque que añaden cada año y que aplican sin ningún cuidado, invadiendo los mosaicos y las carpinterías, restándole así toda regularidad.

El Caíd, Sidi Taher Finnisch, es un hombre de maneras agradables, con una hermosa barba blanca y rostro muy noble que conoce bastante bien Europa, donde ha estado en calidad de Embajador. Este país es singular por sus contrastes; en determinadas cosas ofrece una civilización muy avanzada y en otras, una ferocidad digna de los siglos de Boco y Escipión.

De casa del Caíd fui a casa de Mohammed Zuin, a quien el Emperador había enviado a encuentro del Embajador de Suecia. Las órdenes de este introductor son asimismo las de conducirme a la Corte, si es que soy de una nación aliada a la Puerta. Mohammed Zuin es también un hombre agradable, pero su rostro es muy africano. Sin embargo el nombre Zuin quiere decir bonito y le fue dado por el fallecido Emperador, quien daba parecidos motes a todos los que se llamaban Mohammed, porque aquí es costumbre añadir siempre el título de Sidi al nombre del profeta y como este título era el único que tomó, no le gustaba darlo a uno de sus súbditos.

23 de julio en Tánger

El balcón en donde estoy escribiendo, estaba adornado no hace mucho con tres cabezas pertenecientes a los principales personajes de la ciudad, así como con la mano de Ben-El-Arby-Effendy, el primor Ministro del fallecido emperador. He tratado dé averiguar las circunstancias de esas desavenencias con España, pero aquí cuando se intentan recoger noticias no se alcanza a recoger más que las llamas de la crítica y hay que disponer de mucho tiempo para poder ver un poco claro y aún así se corre el peligro de escribir muchos errores.

He pasado junto a las capillas de los Jessavis, o comedores de serpientes; estaban cantando letanías cuya música se parecía bastante a la de nuestras iglesias. El mismo día he vuelto a pasar cerca de los Jessavis; su música se había hecho muy danzante. Les estuve observando a través de un orificio de la muralla. Eran cinco y estaban abrazados y saltaban al compás, con una elasticidad extraordinaria.

24 de julio en Tánger

He recibido una carta M. Mure que, en ausencia de Monsieur Rocher, se encarga del Consulado de Francia en Salé. Había conocido a este amable joven en casa de su hermano en Alejandría. Este me había recibido encontrándome muy enfermo y llevando conmigo a otros cuatro enfermos de las fiebres, que habíamos contraído en Anatolia. Un número tan elevado de personas que cuidar no asustó a mis anfitriones y en mi casa paterna no me hubieran tenido cuidados más continuados y afectuosos. Me congratulo en publicar estas virtudes hospitalarias, único tributo de agradecimiento que puedo ofrecer a esta familia. El recuerdo de las molestias que les causé no aparece en absoluto en la carta que acabo de recibir; lejos de eso, respira una cordialidad conmovedora que la incluiría seguramente aquí si los términos que utiliza no fueran demasiado elogiosos para conmigo. Filántropos europeos que ponéis tanta humanidad en vuestros libros, ¿existen muchos entre vosotros que recibirían en su casa a cinco extranjeros enfermos y que lo pudieran recordar con placer? I A cinco extranjeros enfermos ! y pensad en la multitud de ideas espantosas que estas pocas palabras despiertan en la imaginación de un egoísta.

He salido de Tánger hacia las seis de la tarde y junto con mi escolta hemos ido a reunirnos con el embajador de Suecia que tenía su campamento ya instalado junto a una pequeña aldea llamada Soini. Tan solo faltaba nuestro introductor de Embajadores, Sidi Mohammed Zuin, y su segundo Francesco Ciapi.

Lo que precede son pequeños bocetos de un viaje recogido en
Viaje al Imperio de Marruecos
Seguido de El Viaje de Hafez
Jean Potocki
Editorial Laertes, 1983.

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