8/19/2009

Tánger, encrucijada humana y cultural árabe-hispano-sefardí /2

Comunicación nº 2 presentada al IV Congreso Internacional de historia de Tánger celebrado en Tánger del 16 al 19 de mayo de 2008, organizado por el Centro Internacional de Estudios de Interpretación, y el Grupo de Investigación de Estudios de Interpretación de la Universidad Abdelmalek Essaadi, de Marruecos, el Centro de Paris de la Universidad de Londres, el Centro de Estudios del Oriente Medio de la Universidad Middle Tennessee, EE.UU y el Departamento de Lenguas Europeas de la Universidad de Aberysthwith, Reino Unido.





Domingo del Pino Gutiérrez



Por circunstancias que no son objeto de este trabajo, varias ciudades del Mediterráneo – Tánger entre ellas – se convirtieron, ayudadas por su posición geográfica, en centros importantes de convergencias comerciales, culturales y militares. Todas, al igual que la Córdoba califal, han pasado a la historia como ejemplos de convivencia multicultural. Al Andalus en particular, es recordado y añorado como uno de los experimentos más exaltantes de la historia del Mediterráneo de creación científica, filosófica, literaria, y técnica de autores andaluces de confesión islámica, judía y cristiana.

El final de Al Andalus como experiencia humana está bien documentado. El fracaso de las otras sociedades multiculturales como Chipre, Israel y Líbano, y que aunque antiguo sigue en marcha con su secuela de violencias, no estaban bien estudiado. De todas esas grandes ciudades multiculturales del Mediterráneo, Tánger es la única que murió de muerte natural en 1958 al expirar el plazo adicional a la internacionalidad de la ciudad otorgado a Tánger por el Rey Mohamed V de Marruecos después de la independencia de ese país en 1956.

Por ese motivo los tangerinos conservamos un excelente recuerdo de nuestra vida en la ciudad, de nuestras relaciones con las personas de otras confesiones y culturas y con razón pretendemos que hemos vivido un caso único de experiencia multicultural que, aunque informalmente colonial en el siglo XX, se ha instalado en la memoria colectiva de todos con recuerdos amables.

Quienes en esos años vivimos en la ciudad hemos creado gracias a Internet espacios de reconstrucción de recuerdos, fotos, reencuentros con amigos y compañeros de colegio que han logrado un notable éxito. A nadie se le oculta que Internet por razones obvias no ofrece una relación presencial, pero al menos a partir de la red surgen reencuentros muy conviviales y grupos de antiguos compañeros que poco a poco multiplican los momentos de encuentros en persona.

¿Se puede extrapolar la experiencia de Tánger a la construcción de discurso de comprensión y aceptación de la diversidad y la diferencia más amplios? Ese es probablemente un caso de estudio que merecería la pena desarrollar.



Las mil y una Tánger

Desde hace una década, más o menos, la ciudad de Tánger, está de nuevo de actualidad. La primera noticia de ese revival es la iniciativa de un grupo de amigos hebreos de crear un sitio web para recuperar de la diáspora, ambientes, recuerdos y compañeros de infancia y de colegio. El éxito alcanzado ha animado otras muchas iniciativas similares. Hoy son numerosos los sitios, individuales y/o colectivos, que pretenden lo mismo y que han logrado una inesperada adhesión. Siguiendo los pasos de los pioneros han aparecido multitud de boletines, revistas casi privadas, y un cierto asociacionismo que de forma intuitiva se basa en la pertenencia pasada a aquel Tánger internacional.

Como se suele imitar todo lo que tiene éxito, han surgido incluso intentos, que probablemente van más allá de lo realizable, de extrapolar a partir de esta experiencia una suerte de modelo de restitución de una convivencia multicultural. Aunque es legítimo dudar que de una versión voluntarista de la historia reciente de Tánger se pueda establecer un patrón de convivencia, entiendo que la relación entre culturas en el Mediterráneo se ha degradado tanto que merece la pena explorar cualquier esperanza de mejorarla.

Definir de qué Tánger estamos hablando parece un buen comienzo. El Tánger que anima las actuales experiencias y reencuentros es, sin duda, el del siglo XX, principalmente a partir de la imposición a Marruecos del Protectorado franco-español y muy en especial desde la separación de Tánger de ese Protectorado mediante un Estatuto Internacional que, por razones ajenas a Marruecos, no entró en vigor hasta 1923.

Me parece de una mínima honestidad intelectual recordar que si aquel Tánger de la primera mitad del siglo XX dejó de ser una ronroneante ciudad hispano-sefardí-bereber relativamente ignorada pero confortablemente instalada se debió a la pléyade de intelectuales americanos y europeos que pasaron por la ciudad o se establecieron en ella en aquellos primeros cincuenta años del siglo XX.

A pesar de haber sido encrucijada de diplomáticos y comerciantes, exiliados y perseguidos, hombres de religión y de cultura desde la expansión árabe en el siglo VII, Tánger no comenzó a ser conocida fuera de sus fronteras hasta que esos escritores no la presentaron con rostro amable y según su visión personal que no siempre correspondía a la realidad imaginada.

En esa presentación Tánger aparece como Meca de libertad y libertaria, alegre y festiva, deliciosamente decadente en medio de un mundo donde se desarrollaron tres guerras casi sucesivas en la primera mitad del siglo XX. Dos fueron llamadas mundiales y una tercera es conocida como guerra civil española. Las tres tuvieron una posguerra difícil que en el caso de España fue dramática antes y después de 1936.


La ocupación española de Tánger en 1940, un dramático sobresalto

El sobresalto para israelitas y españoles exiliados de la ocupación temporal de Tánger por España en 1940 tiene que ver con los sufrimientos sin cuento que les impusieron el nazismo y el fascismo de los cuales la sublevación franquista aparecía en esos años como colaboradora. De hecho en Tánger lo fue y a partir de 1940, con la devolución a Alemania por las autoridades militares españolas del antiguo consulado alemán, los judíos tangerinos debieron sentir una profunda emoción al ver aparecer los símbolos nazis en aquella embajada y al encontrarse en la ciudad con alemanes uniformados.

A la avalancha de refugiados judíos antes y durante las dos contiendas mundiales se había añadido otra de refugiados españoles, unos republicanos y políticamente motivados, y otros huyendo de la crisis económica española que la guerra había agravado notablemente.

Todos ellos vinieron a unirse a exiliados económicos y políticos que a lo largo de los siglos se habían establecido a Tánger y en otras ciudades parecidas del Mediterráneo. En ellas se vivía al amparo de unas autoridades internacionales y por la situación periférica a todo y a todos de que gozaban esas ciudades, la vida transcurría mas apaciblemente y más cómodamente. Tánger era vecina de todas las dictaduras y guerras europeas y africanas y más pero estaba afortunadamente fuera del alcance de las mismas.

Después de la guerra civil española y sobre todo de la II Guerra Mundial unos llegaban a Tánger de paso para Estados Unidos, Canadá y otros países americanos y otros, los menos, permanecieron en la ciudad. A esas poblaciones atormentadas, desgarradas, diezmadas por persecuciones raciales, confesionales, políticas, e incluso genocidios como el de los judíos en la Alemania nazi, el aparente furor de vivir de Tánger debió resultar chocante en un mundo donde lo normal había sido matar y morir.

A ese deseo de vivir el momento se añadía una aparente comprensión hacia algunos comportamientos culturales, confesionales, sexuales y sensuales que por entonces eran objeto de estigma y de rechazo en los países europeos de origen y también en la puritana Norteamérica de principios de siglo.

Pero forma parte de la misma honestidad reconocer que aquellos intelectuales, norteamericanos, que lograron imponer una imagen de marca edonista y placentera de Tánger, lo único que hicieron fue dar por supuesto un carácter universal a sus propias vivencias personales. Tuvieron una incidencia muy escasa sobre la ciudad en su conjunto y sobre sus habitantes, una abigarrada mezcla de árabes /bereberes, israelitas y sefarditas, y europeos mayormente españoles.

La aportación de los norteamericanos quedó – vista en retrospectiva – en una experiencia literaria, cultural y sexual marcadamente foránea que incluyó, con distinto estatuto, a las escasas élites intelectuales locales, israelita, española y marroquí. Con la excepción de Paul Bowles, que permaneció en Tánger desde su llegada a finales de los años treinta hasta su muerte, y de Bryon Gysin que se dedicó a la restauración durante una década, los demás fueron y vinieron como aves migratorias.

Ese período de la vida de Tánger, en el que aparecieron por la ciudad millonarios norteamericanos como Malcom Forbes, Barbara Hutton y Peggy Guggenheim, con su habitual cohorte de intelectuales e invitados fue, no obstante, el más publicitado, en parte porque, como decíamos en el diario El País cuando yo trabajaba en él, “lo que no se divulga en los medios no existe”.

Pero ese Tánger libertario y sin complejos no fue más que una aventura intelectual fugaz que alcanzó, no obstante, una gran difusión por la posibilidad que tenían los escritores norteamericanos de publicar sus escritos en los poderosos medios de comunicación de su país.


Un modelo de convivencia multicultural



El proyecto voluntario o intuitivo de construcción/reconstrucción de modelo en curso se refiere a ese Tánger episódico, limitado en el tiempo y en el espacio físico y humano, que acreditaron los intelectuales norteamericanos. Pero la realidad de Tánger, como coincidimos finalmente Emilio Sanz de Soto y yo en admitir en nuestras discusiones, podía, puede, ser contada de mil maneras entre las cuales aquella visión norteamericana era la más efímera y la menos real.

Por otra parte aquel otro Tánger internacional que añoramos los españoles y otros europeos que vivimos su etapa internacional y que imponemos intuitivamente como modelo de convivencia, que lo es, no debería opacar esa otra historia que tiene sus raíces en -Al Andalus_ y Sefarad, y que es, en definitiva, la que merece un gran esfuerzo de reflexión para ver qué falló, porque esa dispersión de judíos, musulmanes y en el fondo también españoles.

Las culturas tienen dialogar para salir de este presente de enfrentamientos violentos y para dialogar deben volver sus ojos hacia atrás y estudiar e investigar porqué en otras épocas pretéritas los seres humanos se enfrentaron por lo que siempre se enfrentan – el poder, las riquezas, sus intereses – pero no por la religión ni la cultura.

A pesar de las reservas con que creo que han de ser consideradas estas construcciones a posteriori de la historia, “el producto más peligroso”, según Paul Valery, “que ha elaborado la química del intelecto,” entiendo que merece la pena explorar la posibilidad de extraer de Tánger si no un modelo, al menos unas enseñanzas prácticas de cómo convivir en la diferencia.

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