8/02/2009

Tánger, al cincuenta por ciento

Esta nota relata con humor un viaje a Tánger de antiguos tangerinos en el año 2000 y las dificultades para reconocerse después de 40, 50 o 60 años.





Domingo del Pino, Revista Tingis Nª 2, Año 2000

Volver a los escenarios de la infancia no es uno de mis pasatiempos favoritos. Por qué me habré embarcado en este viaje, pensaba, mientras el Banasa, uno de los buques insignias de la compañía marroquí Comarit, doblaba el cabo de Malabata e iniciaba su aproximación al embarcadero de Tánger.

La idea fue de Marthe Saft quien, cuarenta años después conserva los recuerdos como si de ayer se tratara. Marthe convenció a Luci, quien a su vez me demostró la ineludible necesidad de efectuar este peregrinaje sentimental. Las últimas barreras que yo iba levantando contra el proyecto, la fecha tan inoportuna, el mal tiempo, el gasto del viaje, las derribó Arlette con su teléfono móvil.

-Mira, chochi, le dijo a Luci, le explicas a tu marido que yo os consigo un cinquante pour cent de reducción para el hotel, para el barco y para el coche. Así es que faites vos bagages.

Como entrañable almuédano femenino de Tánger, Arlette con su móvil llega a todos los tangerinos en cualquier lugar del mundo donde se encuentren. Su voz es tan potente que puede que ni siquiera necesitara de ese intermediario acústico.

-Ah, Celle-là, dice Conchita Cuetos, elle n'a pas besoin de portable; elle n'a qu'à sortir à la fenêtre.

Aunque todo el mundo peregrina siempre alguna vez en su vida al lugar de su infancia, la felicidad no se encuentra dos veces en el mismo lugar. Los elefantes que recorren cientos de kilómetros para volver al lugar de donde partieron, lo hacen sólo para morir. De todas maneras y como la idea de viajar a Tánger siempre agrada a Luci, me había dicho a mí mismo que tenía que ser un poco más positivo y complacerla. Después de todo, por qué no unos 400 antiguos tangerinos, a los que no conozco o reconozco, con nuestros sueños y añoranzas a cuestas, no íbamos a poder realizar una más de estas peregrinaciones rituales que con cierta frecuencia nos imponemos los tanyauis.

A estos encuentros, reconocía Luci, que también tenía dificultad para asociar a aquellas señoronas gordas o delgadas, altas o bajitas, muy pintadas o no, con sus amigas de infancia, habría que acudir con una foto ampliada de como éramos cuando niños colgada del cuello para reconocernos.

- ! Domingo ¡ !Domingo ¡ oigo que grita un señor calvo y alto que se me acerca, precedido por una prominente barriga, con los brazos extendidos y dispuesto a estrujarme entre ellos. Lo observo detenidamente para adivinar quién es y justo a tiempo para el abrazo me oigo responder:

-!Luis¡ !Luis¡ niño, digo pronunciando mal el nombre por si acaso me equivoco, no has cambiado nada hombre.

- Tu tampoco; estás igualito que siempre, responde él mientras me golpea cariñosamente la espalda haciéndome tambalear.

Inmediatamente iniciamos una breve conversación de reconocimiento para situarnos porque, aunque para los dos está claro que nos conocemos mucho, ahora no nos viene a la memoria de qué ni de cuándo.

-¿Qué sabes de Carlos P. ? pregunto al azar. 


-¿De quién? me contesta.

Yo comprendo que he errado el tiro y corrijo:

--No, no, de Jaime R.

-¿Jaime R.? murmura pensativo.

Al tercer intento acierto.

-¿Y Rafa C.? mantienes contacto con él, pregunto.

-Sí, hombre, sí, vive en Málaga, responde aliviado porque al fin hemos encontrado el nexo que nos debe unir.

A nuestro lado dos señoronas muy emperifolladas, sesentonas, bajitas y rechonchas, aparentemente judías, se libran al mismo ejercicio de inspección previa del terreno.

-Mi reina, por ti no pasan los años, dice una de ellas sin citar nombres aún.

-Tu boca en el cielo, mi vida, responde la otra con las mismas cautelas. Luego se observan. La primera vuelve a preguntar: Y tu madre, cómo está tu madre, mi buena, confiada en la pertinencia de la pregunta porque todo el mundo tiene madre.

La otra señora baja la cabeza, mira al suelo y con voz repentinamente triste contesta:

-Elle est morte, ma très chère.

-La pobre, que Dios la tenga bien en el cielo. ¿Y a tu padre, cómo le va querida? insiste curiosa la primera dama esperando recibir una buena noticia.

-Il nous a quitté, mi reina, contesta su interlocutora sin abandonar el tono plañidero.

Apenada, pero decidida a encontrar a alguien vivo, la primera señora pregunta:

-Bueno, pero te casaste, ¿verdad mi reina?

-Si, si, me casé y bien casada, se apresura a contestar la interrogada.

-Ves, ves. ¿Y cómo está tu marido? enlaza satisfecha al fin su amiga.

-Ah, celui-là il est rentré au paradis.

Ya en Tánger es la misma rutina de todos los viajes. De cena brochettes, merguaises y ensaladas picantes en el antiguo restaurante Casa Elías de la calle Juana de Arco, que ahora ya no se llama así. Su propietario, Elías, ya no está, pero la comida, al margen de cualquier realidad, nos sabe a gloria bendita.

A la mañana siguiente los más viejos, los de los años cuarenta y cincuenta, sin acordarnos de los reflujos gástricos que desde hace años nos atormentan, vamos a desayunar a Porte croissants y petits-pains au chocolat. Después pasamos delante de nuestras antiguas casas y casi lloramos.

Marthe nos lleva frente a su villita, la contempla un rato y luego dice bruscamente:

-Vámonos ya. 



En el rez-de-chaussée se ha instalado un bakalito y en la planta de arriba una especie de escuela de informática se anuncia con un enorme cartelón de plástico.

La casa de Luci, en la calle Comillas, ya no existe. Todas aquellas casitas de una planta de sus sueños de infancia fueron derribadas y en su lugar se levantan edificios de siete u ocho pisos.

-¿Qué habrá sido de mi gato Pichungo?, murmura como si un gato pudiera vivir sesenta años.

Yo, delante de la mía no quiero pasar, por si acaso está aún ahí. El antiguo conservatorio, donde pasé tantas horas, está sepultado por la maleza y en ruinas. Apenas si se ve el viejo y misterioso caserón donde además de estudiar música realizábamos sesiones de espiritismo y convocábamos a unas almas errantes cuyos pasos se oían, de eso no me cabe ninguna duda, por los pasillos de viejas maderas carcomidas y crujientes.

Mi colegio, los Marianistas, se ha reducido y parece ahora un sitio para enanitos. Enormes manchas verdes de humedad llenan sus paredes y me resulta difícil creer que todos mis compañeros y yo hubiéramos cabido allí. 



El Lycée Regnault le produjo a Luci y a Marthe la misma impresión: 

 -Comme il est petit, dijeron ambas ya a sus puertas. Le preguntaron al actual conserje por si acaso se habían equivocado y éste les respondió tranquilo y sereno sin moverse de su silla ni cambiar de postura:

-Ulalahadi, Mesdames, que sí, que este es el mismo. Entra y chufea un poquito

Después fuimos a ver la Iglesia del Sagrado Corazón, ahora sin campanas y amurallada, la de Jeanne d'Arc, a la Librairie des Colonnes, donde ya no están los Geroffi, el Café Claridge, ocupado por hombres, sólo hombres, que beben té verde y café, a la Place de France y al Café de Paris. 



Del Zoco Chico seguimos por la calle Siaghins, pasamos delante de la sombrerería de Mariquita, la madre de nuestro querido Antonio Vázquez, del Hotel -hoy pensión- Fuentes, y del antiguo Telégrafo y Correo español. Regresamos por la Terraza Renschhausen, donde gastamos muchas tardes cuando la Biblioteca Española se encontraba allí y María Pura Sarrais y Carmencita Goicoechea salían de vez en cuando a la plazoleta para charlar con los jovencitos que habían atraído. 


Paseamos por el Boulevard  Pasteur, hoy Mohamed V y contemplamos con nostalgia el Casino Español (hoy Casa de España) de tan gratos recuerdos. Iba a pensar en todas aquellas chicas de los años cincuenta con las que íbamos a los bailes y las surprise parties pero me vino a la mente de inmediato lo que diría mi amigo Luis Orchevecs de estos pensamientos:

-Wo, wo jai, ni se te ocurra pensarlo, que habrán engordado mucho.

El resto del viaje ya nada tiene que ver con el pasado. Cuzcuz en la Casbah, sobredosis de calamares, salmonetes, boquerones en vinagre y angulas del Lukus Chez Garciá, con acento en la “a”, en Arcila hoy Asilah, y por la noche harira, pastella, cornes de gazelle, danse du ventre y fantasiá, con acento en la "a", en el Ahlen Village. Casi todo lo que no comíamos ni hacíamos cuando vivíamos aquí.

Mañana domingo regreso porque el lunes tengo cita en Madrid con el urólogo, para que vea que pasa con mi próstata. Una vez más no hemos encontrado en Tánger a aquellas niñas y niños algunos de los cuales se convirtieron más tarde en nuestras esposas y maridos, ni tampoco hemos recuperado la juventud perdida. Pero lo bueno es que Tánger vive en nuestros recuerdos de infancia idealizados, y que no muere porque cuando muera habremos muerto nosotros.

1 comentario:

  1. No se que tiene Tanger pero todos la recordamos con cariño. Yo viví de 1952 a 1957 y aun recuerdo mi calle (Juana de Arco), el cine Mauritania, el Hotel Minzah, los almacenes Kent. la playa, los parques, el zoco (el grande y el chico) y mucha gente que ya no está.
    Un fuerte abrazo a todos los que amaron esta ciudad

    ResponderEliminar