8/23/2009

Nativos, los olvidados de siempre de los colonizadores

Olvidar a los colonizados o dominados es una constante en la historia de toda colonización o dominación. El colonizador recuerda lo él que hizo, lo que cree que aportó al colonizado, pero pocas veces se refiere al nativo más allá que con imágenes folklóricas o tipismo occidental. Gracias a la existencia de importantes comunidades de judíos sefarditas y de cristianos peninsulares, que más o menos se mezclaron con los nativos, Tánger escapó en parte a esa regla de olvido. Lo que sigue son visiones occidentales de las poblaciones originales del territorio.


The Tanjawis

And what of the Tanjawi Muslims among whom all these foreigners lived? Way back in 1903 in the Century Magazine, Arthur Schneider wrote that "Secretiveness is the dominant characteristic of the Moroccans...who act first and think afterwards." Colonel Stirling thought they were "the most venal of people — noted individualists, intractable to a degree, and without any sense of discipline." The English diplomat, Anthony Nutting, who lived in Tangier, comments in his book, The Arabs, that, "They are incapable of seeing people or issues in any shade hut jet black or snow white...No race on earth will more eagerly or cheerfully cut off its nose to spite its face. "

Jean and Franc Shor, writing about Morocco in the February 1955 edition of the National Geographic reported, "The Moor is not an open-hearted man, and he doesn't make friends readily (with Westerners), but politeness is returned in kind." Lebanese author Sania Hamady says in her book, The Temperment and Character of the Arab People, that Arabs (and Tanjawis are overwhelmingly Arab) never really trust anybody. She quotes an old Arab proverb, "When you can't think of anything else to ten, tell the truth." Kenneth Pendar, a Harvard librarian who'd been appointed one of Col. Eddy's special vice consuls at Marrakech, and whose mission it was during WWII to make Moroccan friends for the United States, admitted that he never got the "yes" or "no" he wanted. He found Tanjawis and Moroccans everywhere "bet-hedgers of the first order" because they couldn't tell who might win the war. And since all-important honor would go to those who'd bet correctly, but only shame to those who lost, Tanjawis would smile — and dissemble.

In a conversation with this author, an Algerian librarian, an Egyptian engineer and an Egyptian teacher in a Tangier school agreed that "Tanjawis are about as close to nothing as you can get. Good Muslims..."They? Ha!" But, the author and his friends, having lived in Tangier for almost a quarter of a century, found Tanjawis, if usually guarded, very friendly, bright, alert, intelligent, ambitious and charming.

But in the mid-1990's, Tangier's great days are long gone, and Paul Bowles, David Herbert and Gordon Browne are old men. Tangier will probably always be attractive, given her situation on the bay, her climate, and her unique history. Unfortunately, the particular circumstances and such glistening personalities are most unlikely ever to combine there again. Fortunately, a few of us have captured some of the past in our various "chronicles, " so that "our Tangier" will live forever.(From David Woolman: Stars in the Firmament. Tangier Characters 1660-1960)

Carta Primera, Tánger 31 de Julio de 1822

Desde la bahia el área de Tánger parece del todo macizada con casitas de azotea, blanqueadas por defuera y con emparrados y crecidas higueras que suben desde sus patios, cuyos árboles, al paso que hermosean el todo, encubren la parte interior y resguardan a los moradores del ardor del sol. De trecho en trecho descuellan las agujas o puntas de un minarete resplandeciente con el vivo colorido de los azulejos que lo cubren; hacia otros lados la elevada techumbre de un santuario o bien la desmoronada torre de una mezquita; las suntuosas viviendas de los cónsules y con especialidad del de España; y, en fin, las varias banderas de las naciones amigas, que ondean mezcladas con los estandartes del islamismo y pendones de Marruecos, y concurren a dar realce a la generalidad de la escena.

Mas infelizmente, en aproximándose a ella el espectador, todo el encanto desaparece y la ilusión cesa. Así fue que sacado a tierra en hombros de marineros, por estar enteramente deshecho el muelle en que se solía desembarcar, y llegando entre arenales y escombros trabajosamente a la ciudad, me encontré con un lugarón de mala muerte rodeado de murallas medio caídas, extremadamente feo y sucio y, en una palabra, digna mansión de estos moros incultos y miserables. Figúrese Vd. una multitud de habitaciones pequeñas y bajas de techo, sin más respiraderos que sus mezquinas puertas y los zaguanes interiores; callejones angostos y callejuelas sin salida; una plazuela en el centro con cuatro puestos de comestibles y algunas tiendecillas de mercaderes judíos; y, dejadas aparte la principal Mezquita, obra de mérito en su clase, y las casas de los cónsules cristianos, se podrá formar una idea del triste aspecto de Tánger por de dentro.

Y es de advertir que en las tales casuchas no se ven por lo común mesas, taburetes, cómodas, ni colchones, ni más ajuar doméstico que algunos pucheros y platones de barro, una mala alfombra, o bien esteras y jaiques raídos y sucios que sirven de lecho a entrambos sexos. Repito, pues, que atendido el infeliz estado de una ciudad que cuenta más de once mil almas dentro de su recinto y la ventaja de un puerto excelente, así por su capacidad cuanto por las facilidades que presta al fomento de la riqueza de sus vecinos, me sobró al parecer razón para presumir lo que debía acontecer con corta diferencia en los demás distritos y mayor parte de estas tierras.

Pero, prescindiendo de los accidentes externos y miserable existencia de los habitantes de Tánger, la notable incuria de su policía y otros defectos que dicen relación directa con su sistema gubernativo comprueban manifiestamente el general atraso o, si se quiere, la retrogradación de estas gentes. Por de contado se echan de menos, así aquí como en todo Marruecos, los médicos de profesión y las boticas públicas, puesto que sólo se conozcan algunos empíricos o malos curanderos, y uno u otro barbero que hace oficios de cirujano en las ciudades y ejércitos; si bien es cierto que le cabe en esto alguna culpa al fatalismo, o sea, al convencimiento en que viven comúnmente los mahometanos de la ineficacia de los remedios humanos contra los irrevocables fallos del destino.

No entienda Vd., sin embargo, que los inficionados de la enfermedad venérea, extremadamente activa en un país donde tanto se abusa de los placeres carnales, ni aun los mismos apestados en su caso, se abandonen todos ciegamente al hado y dejen de procurar con algún conato los medios de librarse de tamaños males. Mi objeto es indicar meramente lo mucho que contribuye la creencia religiosa dominante a la negligencia con que son mirados por el gobierno estos y otros puntos esenciales al bienestar de sus súbditos.(De Cartas a D. Manuel José Quintana de Tomás de Comín. Julio de 1822)

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