8/23/2009

La Vida Perra de Juanita Narboni, un relato hispano-sefardí

La nota que sigue forma parte de mi intervención nº 1 en el IV Congreso Internacional de historia de Tánger celebrado en Tánger del 16 al 19 de mayo de 2008organizado por la Universidad Abdelmalek Essaadi, de Marruecos, el Centro de Paris de la Universidad de Londres, el Centro de Estudios del Oriente Medio de la Universidad Middle Tennessee, EE.UU y el Departamento de Lenguas Europeas de la Universidad de Aberysthwith, Reino Unido



La vida perra de Juanita Narboni, un relato hispano-sefardí

Domingo del Pino



Antonio Vázquez en Tánger, 1958. Archivo fotográfico D. del Pino

He oído decir alguna vez a algún estudioso de la obra de Antonio Vázquez que Antonio vivía para escribir pero yo creo que Antonio escribía para vivir. Su vida me recuerda un poco en ese sentido a Emilio Sanz otro ser excepcional capaz de crear sueños y mundos de palabras y fábulas que luego adoptaba como verdades irrefutables. Los dos hubieran dejado una obra escrita monumental si hubiesen escrito todo lo que hablaron. En ese sentido internet es de una crueldad extraordinaria porque registrará para la posteridad aquello que se ha escrito o publicado pero menos lo que se ha dicho y hablado y Antonio Vázquez y Emilio Sanz están ya irremediablemente destinados a ser lo que otros escriban y digan que fueron.

Antonio vivió poco. No me refiero en tiempo, sino en intensidad. Su novela no es el resultado de una existencia agitada y convulsa como la de los narradores americanos que pasaron por Tánger. Antonio no tenía ese furor de vivir. Al contrario, todo en él era furor para no vivir. Para no vivir fuera de su mundo imaginario de sus sueños o de sus pesadillas.

Dudo que Antonio en su afán de autodestrucción fuera consciente del valor de su propia obra. Emilio Sanz ha contado una anécdota que retrata muy bien al personaje. Afirma que cuando llamó un día a Antonio para felicitarle por el premio que había obtenido por uno de sus cuentos, Antonio medio ausente le respondió: "wuo wuo" cómo serán los demás si han premiado el mío". Nunca he creído mucho en las musas ni en la predisposición para nada sino en el trabajo, pero si alguna vez creo en ello será gracias a Antonio Vázquez porque todo en él llevaba a pensar que en esos días que solía desaparecer del círculo de amigos le tocaban con una varita mágica, dejaba de ser él mismo y de pronto se volvía escritor.

Nunca le vi escribir, en acción, y ni siquiera tomar notas. He visto la mesa donde trabajaba en su casa de Tánger, o donde escribía cuando le pagaban por mantener abierta la oficina y ocuparse de la correspondencia del abogado Díaz Merry. Vi muchas veces su mesa de trabajo en casa de Doña Trini en Madrid. Pero el orden que en ellas había siempre no cuadraba para nada con el desorden mental del personaje. No me imagino a Antonio ordenando las cuartillas para escribir o las escritas, colocando encima de ellas pesos para que no se las llevase el viento. Solo creo que se sentaba delante de la máquina de escribir y las ideas le fluían; que tenía que tirar pocas cuartillas como Mozart tenía que borrar pocas notas de sus partituras.

Casi al principio de haberlo conocido se apareció un día con unas hojas mecanografiadas. Era un cuento llamado Oliva que quería que yo leyera. Lo leí pero como la lectura en medio de la conversación llevó un tiempo, tomamos bastantes chatos y tapas. El sol se había puesto y el dueño del bar donde estábamos aún no había encendido las luces para ahorrar. Aquel lugar, que no recuerdo si era La Hafita o cualquier otro del Marshán, estaba bastante oscuro. Por el suelo había esterillas donde se sentaba una veintena de personas, presumo por sus burnuces que marroquíes, fumando pipas de kif, y en las bandejas-mesitas bajas había teteras humeantes y vasos de té. Yo debí colocar en algún momento las cuartillas debajo de la mesa donde nosotros estábamos sentados.

Cuando nos fuimos las cuartillas quedaron allí olvidadas. Al día siguiente regresamos pero ya no estaban. No sé si Antonio había hecho alguna copia pero lo cierto es que en veinticuatro horas el cuento estaba de nuevo mecanografiado. A mí los cuentos de Antonio –con la excepción de Cuarto de los Niños– me parecen a mucha distancia por su calidad literaria de Juanita Narboni. Pero los cuentos no son necesarios porque La Vida Perra le otorga a Antonio por si sola un puesto destacado en la literatura española, y universal a juzgar por las traducciones y tesis a que ha dado lugar, al igual que a Mozart le hubiera bastado el Requiem para ocupar un lugar destacado en la historia de la música.

La obra de Antonio, a diferencia de la de los escritores norteamericanos que pasaron por Tánger, no es el resultado de un furor de vivir la vida que requiere ser escenificado en público, sino de un fuego interior que solo se alumbraba en la más absoluta soledad. Sin la literatura Antonio era un hombre perdido, un hombre tímido y atemorizado, un ser al que el mundo le pesaba demasiado y prefería vivir hacia adentro de sí mismo que hacía afuera.

Pero la obra de Antonio Vázquez contiene una gran intuición. La de la restitución de lo judío sefardí en un universo dominado artificialmente por lo árabe-bereber y por lo cristiano en el que las dos culturas mencionadas no supieron reconocer los importantes empréstitos que tomaron de la primera sino que la culparon y la deformaron en todos aquellos elementos que modificaron del relato original. Creo que esa es la aportación de Antonio y sobre ella volveré en este seminario.

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