8/17/2009

En el Imperio de Marruecos se entra, pero no es fácil salir

En el siglo XVIII Al Imperio de Marruecos se accede con relativa facilidad, pero salir resulta difícil. Los viajeros ilustres y acomodados presentan sus respetos al Sultán al llegar, pero luego no pueden marcharse sin despedirse y sin su autorización. El Conde Poctoki hizo la experiencia mientras el Sultán estaba ocupado en bombardear a Ceuta y los españoles se preparaban a ripostar bombardeando a Tánger.





Mientras un techo de caña y la fronda hubieran bastado para proporcionar un paisaje agradable y a pesar de lo que dicen los héroes acerca del placer puro que se experimenta en los asedios y en las batallas, creo que éste se experimenta en mayor medida ante los menores afectos de la naturaleza y de los paisajes.

Mientras estaba dibujando, una bomba ha ido a enterrarse al pie de mi terraza. Me he retirado detrás de una especie de parapeto, tal como suelen practicarse aquí en los ángulos de todas las casas y como la bomba tardara en explosionar, el naturalista sueco ha venido a pedirme noticias. Le he gritado que se apartara y así lo ha hecho y el lugar que ha dejado libre quedó en ese mismo instante cubierto de cascotes. También cayó sobre mí uno bastante grueso, pero su golpe quedó amortiguado por un grande y grueso sombrero andaluz que me ocultaba casi por entero. Otra bomba estalló en el aire y nos envió algunos restos. Esos son los únicos peligros que han corrido hasta este momento los habitantes de la casa de Suecia.

El mismo día, hacia las diez, los españoles han reducido la intensidad de su fuego y una hora después han cesado del todo. Ahora han enviado cinco chalupas cañoneras para destruir una batería que está situada al Este de la plaza. Las chalupas cañoneras se han retirado después de haber proseguido su fuego durante un par de horas y el resto del día no se ha disparado ni un solo cañonazo.

El mensajero que había enviado al Emperador está de regreso, después de haber sido retenido tres días en el campamento. Pero en este intervalo ha habido un cambio en el ministerio que ha ocasionado tal confusión en los diferentes despachos, que mi mensajero ha sido devuelto para solicitarme nuevas instrucciones.

Los Cónsules y todos los extranjeros han tomado la decisión de ir al campamento. Yo no he podido decidirme aunque he considerado mi deber alejarme de las casas y he hecho plantar una tienda junto a una torre destruida, cerca de un panteón que se parece bastante a una casamata. Podré retirarme a ella para evitar el estallido de las bombas que vendrán a enterrarse en mi torre, remitiéndome a la Providencia para las que estallarán en el aire o al tocar tierra. Pero ,el viento refresca y probablemente no sucederá nada está noche.

El 26 de agosto los españoles se han retirado detrás del cabo Espartel, desde donde aparentemente reaparecerán en cuantas ocasiones el viento venga del oeste, hasta que hayan conseguido destruir la ciudad, pero se dice que el Emperador no se preocupa apenas y con tal de que él tenga la satisfacción de arrojar bombas en Ceuta, no le importa apenas el que las arrojen aquí. Y verdaderamente, los bombardeos son un medio malo para forzar a la gente a la paz.

El mismo día el Caíd ha enviado a decirme a mi casa y muy tarde, que mi segundo mensajero ha regresado igualmente sin respuesta, lo que él atribuía a las grandes ocupaciones del Emperador, lo que ciertamente no tiene parangón.

30 de agosto. He ido muy temprano a casa del Caíd. He intentado persuadirle de que podía dejarme partir sin orden expresa y ya que S. M. parecía haberme olvidado podía tratarme del mismo modo que a los ingleses que quepan regresar a Gibraltar. Pero no se ha dejado llevar por este razonamiento y me ha alegado todo el tiempo que respondía con su cabeza. Hemos acabado, pues, por esperar la llegada de ciertos amigos del Emperador, provistos de algunas órdenes relativas a los suecos y que, tal vez, valgan también para mí. Este eno rme rigor en lo referente a los embarques es esencial aquí porque creo que sin él no quedaría nadie de los que viven con holgura.

Todo el mundo está sorprendido de que el Emperador no me responda y varias personas creen que hay algún motivo para ello. Lo cual no me parece probable en absoluto. Sin embargo, he meditado una serie de proyectos de huida para el caso en que vea claramente que se me impide la libertad. El que he estado considerando ha sido el de escoger una noche de luna y viento de la costa para marchar a caballo hacia el este y lanzar a mi montura en el mar tanto como sea posible para después poder ganar a nado una fragata portuguesa que está anclada.

He ido a pasear a orillas del mar para meditar acerca de mi proyecto y he decidido que es posible tener éxito si mis fuerzas nadando son las que habían sido en otro tiempo. Ninguna noticia de los amigos del Emperador. El viento ha girado hacia el oeste y nos promete a los españoles para mañana.

31 de agosto. Han llegado los amigos del Emperador y no traen nada que se refiera a mí. El Caíd se ha encargado de escribir sobre el asunto. He concluido del conjunto de su conversación que no tenía nada que temer en cuanto a mi libertad, pero otras personas que se encontraban presentes pensaban de diferente modo. Ya veremos.

Mientras espero, tengo en mi Edén, tranquilidad, soledad, un clima y una vista admirables y árboles que se comban bajo el peso de sus frutos. Unos higos que han caído al suelo a causa de estar muy maduros y que han sido dejados por el jardinero, han adquirido bajo este sol abrasador un grado de cocción que los ha convertido en mermelada y para gustar de esta literalmente no hay más que agacharse y recogerla.

Los españoles habían aparecido en el estrecho, pero el viento se ha cambiado hacia el este con una violencia extrema y se encuentran ahora frente Algeciras, puerto que les es mucho menos ventajoso que el que ellos trataban de ganar y que me lleva a conjeturar que no quieren regresar a Tánger.

1° de septiembre. He ido a ver los diversos campamentos que los habitantes han levantado fuera de la ciudad. Los de los europeos están en su mayoría en los jardines de los cónsules de Dinamarca y de Inglaterra, y esta mezcla de tiendas, de tapices colgados de los árboles, de glorietas habitadas y de paseos asilvestrados, forman un aspecto de lo más pintorescos que sea posible ver. Se puede establecer por lo que he dicho acerca de todas esas casas de campo que la seguridad aquí debe ser muy grande y, efectivamente, no podría serlo mayor. Tánger, en este aspecto así como por su proximidad a Europa, debe ser contemplada como la escala mas agradable de todo el Mediterráneo. Yo la juzgo incluso preferible a Smirna, que en el Levante está considerada casi como una ciudad europea.

La seguridad de la que he disfrutado en todas las ciudades del Imperio de Marruecos viene principalmente del odio que los habitantes del campo tienen hacia los ciudadanos, así como de su extrema avidez. De suerte que no vacilarían un solo instante en matar a un fugitivo sospechoso de tener pacotilla, pero se guardarían muy mucho de hacer otro tanto con un viajero que sería reclamado, porque cada Aduar responde de las violencias cometidas en su territorio y de ello podría resultar la ruina de la tribu entera. No me refiero aquí más que a las regiones que están por entero sometidas al Emperador, porque existen muchas otras por donde no se puede viajar más que bajo la protección de sus habitantes de importancia.

2 de Septiembre. Creo haber averiguado por fin por qué el emperador no me responde. Se me ha dicho que se ha puesto a quemar todas las cartas que recibe sin leerlas. Lo cual es una forma marroquí de decir que no quiere ser interrumpido durante el asedio. Sin embargo, envió a Cádiz a un cirujano y a un intérprete español y les ha encargado que digan que no ha sido çel quien ha iniciado las hostilidades. Creo que esto se llama en diplomacia llevar una política versátil y tampoco sería difícil encontrar ejemplos de la misma fuera de África.
3 de septiembre. Habiendo hecho una visita al Caíd, he encontrado con él al Caíd de Alcassar, que es un joven negro de rostro y carácter amable. Me ha hecho recordar que apenas sí he hablado todavía de los negros de Marruecos. Las nociones acerca del interior del África que he recogido en los diversos viajes que he realizado hacia el norte de esta parte del mundo, se refieren casi totalmente a las que M. Lovyard ha remitido a la sociedad para la que trabajaba.

Los negros que en aquella obra son denominados Of negro casta no llegan más arriba de Senegal. Los países de Faisán, Bournon, Caschna y Tombuctú están poblados por una raza de hombres altos, de fuerte complexión, de un negro hermoso, que sin embargo determinados días parece marrón o dorado.

Sus cabellos son lanosos, pero más largos que los de los guineanos. Tampoco tienen, como estos últimos, la boca prominente y la nariz aplastada, pero todos sus rasgos están bastamente achatados y la sonrisa no les embellece en absoluto, como sucede con los otros. Todos estos pueblos están apegados a la religión musulmana, son más capaces de reflexión que los negros del sur, más generosos y amigos del gasto que los árabes y carecen, a diferencia de estos, del gusto por el disimulo. Además, aman extraordinariamente la lengua de los árabes y la cultivan hasta el punto de que he visto en varias ocasiones a improvisadores que se ganaban la admiración de todos.

Además de los Imperios de Bournon y de Caschna, y de los reinos de Faisán y de Tombuctú, parece que hacia el nordeste de éste último hay un estado considerable llamado Toggurt, lo mismo que su capital. Muley Ismael hizo la conquista de Toggurt e hizo esclavos a todos los habitantes con los cuales formó a continuación una guardia bajo la advocación de un santo llamado Sidi Bochari y los negros bocharis actuales son los descendientes de éstos, pero su número está muy diezmado por causas que se pueden buscar, si se quiere, en la historia reciente.


El 6 de septiembre recibo la autorización para partir, pero ninguna respuesta relativa a los judíos míos. Es un principio del que no se sale jamás en esta corte y que es el de hacer que todo el mundo salga contento de las audiencias. Uno cree solucionado su problema y tan solo lamenta no haber pedido bastante y después se acaba por no entender nada y se está muy contento de estar fuera. Sucedía ya lo mismo con Muley Ismael por lo que pude ver según las memorias de las embajadas.

Embarqué aquella misma tarde con el Embajador de Suecia, con quien había tenido el placer de no separarme durante la mayor parte de mi viaje. Este Embajador es el Señor Barón de Rosenstein honorablemente conocido por los franceses y los ingleses, con quienes había hecho alternativamente la guerra, y todavía más de los rusos. Una carta célebre en el norte ha hecho justicia a su valor; que me sea permitido rendir aquí testimonio de las cualidades amables de su carácter e inteligencia.

Nos hicimos a la vela el 7 (de septiembre de 1791) por la mañana y aquella misma noche llegamos a Cádiz. La víspera me encontraba entre los pueblos nómadas del Rif y al día siguiente expuesto a la atención, viendo a bellas españolas con redecillas, francesas con gorritos de Paris e inglesas con sombreros, grupos de baile, fandangos y castañuelas. No creo que exista ningún otro lugar del globo un tránsito tan corto entre dos formas tan diferentes de ser y el efecto de ello difícilmente se puede expresar.

Lo que precede son pequeños bocetos de un viaje recogido en
Viaje al Imperio de Marruecos
Seguido de El Viaje de Hafez
Jean Potocki
Editorial Laertes, 1983

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