7/30/2009

Una correspondencia privada de Antonio Vázquez

La carta que aquí hago pública nos la envió Antonio Vázquez a mi esposa -su prima- y a mi en febrero de 1975.Nosotros le habíamos felicitado por Navidad en diciembre de 1974, desde la prisión domiciliaria en que estábamos recluídos en Beirut por imperativo de la guerra civil de Líbano recién iniciada. Los iniciados, los amigos viejos de Antonio, podrán entenderla con facilidad. Para los profanos la carta necesita un cierto decryptage.




Carta de Antonio Vazquez a los del Pino 1 de 2
Carta de Antonio Vazquez a los del Pino 2 de 2Estos son los personajes y situaciones que Antonio menciona:
ISAAC CHOCRON es un escritor judío de Tánger autor de un relato titulado "Rómpase en caso de incendio" sobre la vida cotidiana en la ciudad y de numerosos artículos, incluida su correspondecia. Chocrón emigró a Venezuela donde según creo aún vive.

PABLO RUNYAN era un pintor panameño que vivía en Madrid asistido, como los señoritos del bachiller Carrasco por un escudero llamado Angel, un hombre bueno de Alcorcón, que le hacía de compañía, asistente, cocinero, y coctelero. Pablo le había enseñado a hacer una especie de daiquiri con ron barato, hielo frappé y hierbabuena, y eso es lo que ofrecía siempre, presentándolo como receta original, los fines de semana cuando nos reunía en su casa.

Antonio estuvo acogido un tiempo a la hospitalidad de Pablo Runyan cuando llegó a Madrid de Tánger sin un duro. Aunque Pablo colocó su bodega a buen recaudo y sus bebidas bajo llave desde la llegada de su huésped, una vez que se ausentó una semana se encontró a su regreso que Antonio había dado buena cuenta de todas las bebidas alcoholicas que había en la casa. Yo creo que se había bebido hasta el alcohol de quemar que tenían en la casa para el pequeño Primus. Las "fabes al rhum" de que habla Antonio era uno de esos toscos y baratos guisos madrileños que servía Pablo en pequeñisimas cantidades a los cuales acostumbraba a dar un nombre de cocina francesa para camuflar la economía que había hecho en su preparación.

TOMÁS RAMÍREZ junto conmigo, y por supuesto Emilio Sanz de Soto, fue uno de los primeros amigos de Antonio en Tánger con quien compartimos muchas experiencias. Nos reuníamos en grupo en la casa que Mercedes Ruiz, la bailarina, tenía frente al estadio del Marshan. En aquellas noches de fin de semana que duraban 24 o 48 horas no nos cansabamos de ver a Emilio y a Larbi Yacoubi imitar a los grandes actores y de oirles contar anécdotas sin fin probablemente inventadas. Tomás y yo eramos los compañeros de correrías de Antonio por el Monte, de escapadas a los muchos cafetines que por allí había, en algunos de los cuales comíamos pollo frito con nuestro dinero y con el ajeno.

NUESTRO ARISTOCRÁTICO AMIGO que Antonio menciona sin nombrarlo es Emilio Sanz de Soto a quien llama, como solía hacer cuando hablabamos de él, el mushasho. Emilio fue para Antonio cómplice, confidente íntimo, mentor, critico, madre y padre, y por supuesto amigo. A mí, que conocí bien a los dos, me ha resultado a veces dificil distinguir cuál era el uno y cuál el otro. La imagen que conservo de ambos es los dos bajando los veinte escalones del vestíbulo de la casa de Emilio en la calle Bélgica, agarrados fuertemente del brazo y por el otro lado de la barandilla de la escalera, mirando cada escalón con sumo cuidado, adelantando un pié al escalón más bajo sin prisa y escrutando el suelo, y siempre preparados para cualquier contrariedad. Era una operación que podía llevarles veinte minutos.

TRINI, DOÑA TRINI para todos, era la patrona de Antonio en Madrid. Le tenía alquilado un cuarto en un edificio antiguo de la calle Atocha que parecía sacado de una novela de Galdós. En los rellanos de escalera había asientos de madera para que descansaran quienes no podían subir con facilidad; la habitación de Antonio, como toda la casa, estaba casi siempre en la penumbra a causa de unos gruesos cortinajes que habían conocido días mejores; doña Trini se movía por los pasillos oscuros como un fantasma silencioso y siempre enlutado pero atenta y amistosa.

Para Antonio fue muchísimo más que una patrona: veló por él, le cuidó, le mimó, le alimentó, le prestó dinero cuando lo necesitó, que era a todas horas y todos los días, y le acompañó con frecuencia en sus frecuentes libaciones. Estoy casi seguro de que pocas veces logró cobrar el alquiler de Antonio porque a éste el dinero no le alcanzaba nunca mucho más allá del día de cobro y del tercer bar o restaurante a partir de aquel horrible departamento de censura en Nuevos Ministerios donde por burla del destino trabajaba.

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