7/03/2009

Tánger, la ciudad de la sonrisa enigmática

Este relato es una visión personal de Tánger resultado de un viaje que hice en abril de 1971, quince años después de haberme marchado definitivamente de la ciudad .   




Domingo del Pino, Prensa Latina, 2 de abril de 1971

Hachich, mariHuana, kif. Tres palabras dichas en un susurro que oí perfectamente. Apenas si le vi los ojos que se clavaron en los míos al cruzarnos. Paso muy cerca, sin detener la marcha. Su yelaba (capa) le cubría totalmente: desde la cabeza hasta las suaves babuchas de cuero. El rostro, lo único descubierto de su cuerpo, se distinguía difícilmente con el débil reflejo de las luces del zoco. Recorrí un trecho del camino inquieto, casi aguantando la respiración. Volví la cara y vi aún las dos largas sombras que se alejaban lentamente, como esperando una respuesta.

Esas tres palabras, respetadas, temidas, malditas, en otras partes del mundo, me las acababan de musitar al oído con discreción, pero sin temor alguno. La cárcel, la policía, el olor extraño del hachich, el clima de misterio y todas las otras imágenes que acuden a mi mente cuando oigo algo parecido, no parecían preocupar a estos inesperados vendedores.

Tánger, ciudad fuera de serie

Tánger, esta ciudad fuera de serie, se ha tallado una personalidad propia a través de su historia inusitada. Es el Paraíso Encontrado de empleados de oficina europeos, hippies a la búsqueda de droga barata, homosexuales británicos cansados del spleen londinense, escritores que desean recuperar la inspiración perdida en las terrazas de la Casba, y millonarios aburridos de consumir sin emoción que vienen a pasear en babuchas, pantalones cuidadosamente remendados y manchados, cabello sucio y largo, mientras sus chóferes y sus modernos y confortables autos aguardan detrás de una esquina, como si se sintieran avergonzados de su privilegiada condición.

En el lugar más hermoso de la Casba, como síntesis de todo este mundo subterráneo tangerino, posee la multimillonaria norteamericana Bárbara Hutton un palacete árabe que ocupa solo los meses de verano. Cuando la señora Bárbara llega, la ciudad se pone a sus pies. Un cierto hippismo acaudalado la acompaña a todas partes. Cuando la señora Bárbara se marcha, siempre queda algún que otro comercio nuevo que la reina de los Ten Cents norteamericanos regala generosamente a sus playboys estivales. A pocos metros de su casa, frente a la puerta de la prisión local, todos los martes llega una procesión de hippies, de los que viajan en autostop, que traen cigarrillos y provisiones a sus compañeros presos.

Desde la punta norte de África que comparte con Ceuta, Tánger, encrucijada de caminos históricos y presentes entre Europa y el continente africano, entre España y Marruecos, es junto con Gibraltarla llave del Mediterráneo. A esa posición geográfica privilegiada que la hace paso obligado entre el Este y el Oeste el Norte y el Sur debe quizá ese cosmopolitismo que la caracterizara desde hace siglos.

Coexistencia de credos y religiones diferentes, lenguas y culturas distintas, encuentro de emigraciones desde países lejanos, refugio de todos los perseguidos, Tánger ha sido y es modelo de convivencia y de coexistencia. Para los turistas europeos se ha convertido en una especie de válvula de escape de tensiones acumuladas.

El camino de la droga, siempre sorprendente, comienza en Tánger y continúa en Fez, Marrakech, Essauira, Agadir y otras muchas ciudades. A nadie asombra que los nórdicos de delicada piel blanca, se liberen aquí de todas sus inhibiciones. Los turistas corrientes pàsean en camello, se hacen fotos junto al encantador de serpientes, al aguador que pasea su odre por los zocos, y cuando sienten en el estómago el cosquilleo del hambre comparten mesa en los cafetines con hippies, drogadictos, contrabandistas y aventureros. Así rozan la aventura que tal vez llegado el caso no atreverán a vivir.

El turismo actual

A los habitantes permanentes de la ciudad nada les sorprende. Han conocido casi todo, guerra y paz; grandeza y decadencia; ocupación y libertad, riqueza y pobreza. Convertida desde hace años al turismo, la nueva religión de moda, lo inimaginable puede convertirse en realidad. Por las noches, muchachos de edad indescifrable se cuelgan de las solapas de los turistas, ofreciéndolo todo: juego, marihuana, señoritas, niñas. Si por, casualidad el silencio es la respuesta a su ofrecimiento, el turista puede recibir con la mayor naturalidad del mundo otra proposición sorprendente: ¿No te gustan las mujeres, quieres chicos?

Tánger es como las serpientes: en invierno permanece dormida y mantiene el mismo ritmo lento del mercader de tapices que fuma su pipa tranquilo mientras aguarda confiado y resignado al turista que llegara con los primeros calores de marzo. Algunos, los más viejos y arrugados, cuentan historias del pasado para entretenerse. Recuerdan todavía cuando el Kaiser Guillermo II visitó la ciudad para fastidiar a los franceses, que no está mal fastidiar de vez en cuando. Otros tienen aún demasiado próximos los recuerdos de la II Guerra Mundial que convirtió a Tánger en centro de espionaje y contrabando de armas. La mayoría inventa historias que no han vivido, que nunca vivirán, pero que narran como si estuvieran ocurriendo en este momento preciso. La ficción, en algunos casos, parece más real que la realidad misma.

Narrador de historias, contador de leyendas, es una profesión que se aprende desde niño en un país que tiene cifradas grandes esperanzas en el turismo. En la Medina, en la Casba, en los lugares típicos, los muchachos cuentan historias ni verdaderas ni falsas para ganarse unos cuantos dirhams (moneda del país).

Entre los guías de la Alcazaba circulan cuatro versiones distintas, ninguna cierta pero ninguna totalmente engañosa, sobre Bárbara Hutton. Para unos se trata de una “condesa americana” quizá porque piensan que en América, como en Francia, sólo los nobles son ricos. Otros le elevan el rango a princesa o sea más rica que condesa aún; también la convierten en joven y bella casada a la que su marido, rico y celoso, ha traído a Marruecos para encerrarla en esta fortaleza de la Casba. Los que vivimos aquí sabemos cuán lejos está esta última versión de la realidad. En realidad ningún marido encerró nunca a Bárbara en ninguna fortaleza. Las murallas de su palacio solo sirven para mantener alejados a sus maridos, pasados, presentes y futuros.

Los veranos de Bárbara Hutton

Quien conozca algo de las ideas y venidas de Bárbara Hutton sabe muy bien lo incongruente de esas historias acerca de su vida y su persona, pero un buen narrador no se puede detener ante esos detalles del relato. Los más imaginativos e inocentes dicen que la pobre señora Hutton es una norteamericana viuda, millonaria que vive alejada del mundo y fiel a los recuerdos de su esposo, una historia que casa muy bien con el papel que se espera de las mujeres del islam, pero nada con la reina de los Ten Cents.

La ciudad, según la mitología de bolsillo que todos repiten como papagayos, fue fundada por el rey libio Anteo. La antigua Tingis, bañada al oeste por el Atlántico y al este por el Mediterráneo, era escala de fenicios y cartagineses, hasta que los romanos la hicieron capital de la Mauretania tingitana. Luego, como todas esas ciudades claves de la historia, ha sido hospedadora comprensiva de la civilización de turno predominante en la cuenca mediterránea.

Mito o leyenda, lo cierto es que las culturasLas e llegaron atenuadas y se superpusieron unas a otras sin grandes destrucciones. Codiciada por todos, siempre tuvo una doble vida de comercio ilícito, contrabando, intrigas, que le era necesaria pasa subsistir entre intereses encontrados. Fue ocupada por los vándalos de España, recuperada por el islam en expansión, llevó a los idrissis de Marruecos y Omeyas de España a una cruenta disputa, y terminó conquistada en 958 por los fatimitas de Ifriqiya (la actual Túnez).

En el siglo XIV empezaron a llegar los aventureros y comerciantes clásicos, venecianos, genoveses, marselleses, y catalanes. Los portugueses la ocuparon en 1471 y por uno de esos matrimonios históricos que tantos trastornos causaron a la geografía europea, al unirse España y Portugal bajo Felipe II, pasó a la corona española. España la entregó en dote a doña Catalina de Braganza al casarse ésta con Carlos II de Inglaterra quién, sin saber qué hacer con la ciudad, la entregó con poco esfuerzo al jeque árabe Mulay Ismail. En 1906 la conferencia de Algeciras la internacionalizó y le dio una administración también internacional. En 1956, cuando Marruecos obtuvo la independencia pasó a formar parte del reino alauí.

Hoy junto a la industria que apenas nace y un comercio centrado principalmente en la producción artesanal, la ciudad cifra sus esperanzas en ese “cuerno de la abundancia” que es el turismo. En el verde de sus alrededores, entre minaretes de mezquitas, torres de catedrales, y sinagogas, surgen hoteles por todas partes. La ciudad entera seria como una gran caricia si no fuera por los excesivos controles policiales que evitan unas molestias al visitante pero le causan otras. Aun así, con sus arcos de medio punto, sus casas sombreadas, el extraordinario colorido de sus campos, sus calles y sus cosas, el azul añil y el blanco de sus muros, con una luz extraordinaria que atrajo a enjambres de pintores, Tánger es sobre todo la ciudad de la sonrisa, una sonrisa enigmática como la de Monalisa, que no se sabe si es de placer o de inquietud.

1 comentario:

  1. Muy buen articulo, le felicito.
    Mientras lo leía iba recorriendo sus calle, aspirando su olor, y viendo la luz y el intenso azul de su cielo.
    Su blog, me hace volver a mi querido Tánger.
    Cordiales saludos, de una tangerina que en la actualidad vive en la fría Suecia, añorando mi Tánger querido. El de los años 60.

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