11/19/2008

Emilio Sanz de Soto: La fuerza del sueño y la palabra

Tangerino nacido en Málaga, Emilio Sanz de Soto es, junto con Antonio Vázquez y una pléyade de escritores judíos,quien mejor ha representado ese espíritu de convivencia y de ilustración que una cierta parte de Tánger siempre demostró a lo largo de los tiempos. Mi deuda con él es tremenda pues cuando llegué a Tánger desde una España asilvestrada fue quien me puso en contacto con toda una cultura que yo desconocía. Este artículo, con ocasión de su reciente fallecimiento, es un homenaje a su memoria


Domingo del Pino. Publicado en Tingis Nº 39. Numero especial dedicado a Emilio Sanz de Soto

ALGUIEN cuyo nombre no recuerdo dijo que los niños son siempre felices; que incluso en las peores circunstancias se crean una vida imaginaria para escapar de la vida real cuando ésta no les gusta. A la mayoría de los tangerinos de mi generación y sobre todo a los de las dos generaciones anteriores, nos tocó “en suerte” vivir una de las épocas más traumáticas del Mediterráneo, de Alemania, de Rusia, de España, de Italia, y de otros países europeos.

Tiempos duros de guerras acumuladas, de represión, de desolación, de guerras civiles y de religión, donde el ser no siempre bien llamado humano demostró una y otra vez a qué punto era capaz de llegar.

Cada país produjo sus propias víctimas y su propio exilio, y de todos los países antes mencionados partió otro exilio que terminaría siendo, por la mayor jerarquía de su tragedia, el aglutinante de todos los que recalaron en Tánger como escala o para quedarse: el de los judíos perseguidos y reprimidos. Dos personas lo comprendieron así intuitivamente. Antonio Vázquez nos ha dejado en La Vida Perra de Juanita Narboni el magistral testimonio de esa intuición.

Emilio Sanza en su casa de Madrid

Emilio Sanz, el adulto siempre niño o viceversa, se protegió de todos y de todo creando con la palabra ese mundo a la vez real e imaginario, pacífico, amable, de convivencia de creencias y agnosticismos, razas e ideas políticas, y de comprensión del otro.

Antonio y Emilio, el Tánger mítico que vive en el rincón de las esperanzas que llevamos en nuestro corazón, forman ya parte de nuestras vidas, y fueron y serán los arquitectos principales y arbiter elegantiarum del sueño. La verdad es que no recuerdo cómo conocí a Emilio. No sé si nos presentó Tomás Ramírez, Antonio Vazquez o su hermano Carlos. Pero no he olvidado la primera impresión. Fue como si estuviera ante un torrente de palabras, de ideas, de conocimientos y de erudición.

Emilio Sanz tenía el don de convertirse inmediatamente, como por arte de magia, en el centro de toda conversación. Poseía ese carisma que tanto ambicionan los políticos, de interesar por lo que dicen y, en el caso de Emilio, además, por cómo lo dicen.

Todos le rendíamos espontáneamente nuestros turnos de palabra. Con él no se sabía nunca donde terminaba la realidad y dónde comenzaba la fabulación, donde estaba el discurso empírico resultado de hechos tangibles y dónde la ensoñación, el mito elevado a la categoría de realidad incuestionable por la fuerza de la palabra, de los gestos para apoyarla, y del énfasis puesto en algunas vocablos claves como genial genial, chef d’oeuvre, woo woo, mi rey, mi reina, mon cheeer, dichos en francés y en jaquetía, como si creyese que el español no podía ser tan expresivo y tan humano.

Nadie que en Tánger pensase por si mismo, que tuviese alguna inquietud, que no se contentase con la apariencia de la vida y sus rituales, escapaba al interés de Emilio. Dedicó su vida a crear ambientes amables, a promover la cultura y el saber, a enseñar, a contemplar el mundo y la vida misma con miradas comprensivas y cómplices, y sobre todo a ayudar.

Yo leí por primera vez a Arturo Barea, a Bernanos, a Kafka a Proust, a Brecht y a muchos otros autores que los españoles de entonces no frecuentábamos gracias a Emilio. La primera vez que fui a un Cine Club fue el que Emilio y Pepe Carleton habían creado: era un ciclo de Ingmar Bergman que me impresionó mucho. Mis primeras tertulias fueron las que organizaba con Doña Elena Spencer, la Madame de Staëhl del Tánger de los años cincuenta, donde Emilio y las croquetas de jamón de Doña Elena, eran la principal atracción.

Aprendí a confrontar opiniones pacífica y cordialmente en las numerosas noches del verano tangerino que pasábamos en grupo en el Café Pilo discutiendo de todo lo divino y humano, a veces hasta que el nuevo día llegaba por Malabata y la humedad nos echaba a casa. Mis primeras colaboraciones en la prensa en España las hice gracias a Emilio que me presentó a Eduardo Haro Tecglen y así pude escribir algunos artículos para Triunfo.

La palabra en Emilio era más un arte que un don y ese arte es el que ahora nos va a permitir que siga entre nosotros aunque se haya ido. Emilio no nos ha dejado una gran obra escrita pero sus palabras constituyen la arquitectura, los cimientos y el mobiliario intelectual de los sueños difusos y esperanzas que todos acumulamos de la niñez y de las experiencias humanas tangerinas.

La vitalidad del sueño, de la esperanza, que constituye el Tánger creado por Antonio Vázquez y Emilio Sanz está en esa sencillez que hace que la teoría del huevo de Colón sea filosóficamente tan profunda como la Critica de la Razón Pura de Kant. Se trata, ni más ni menos, de disponer de un lugar donde poder ser judío, cristiano, musulmán o agnóstico en libertad, de profesar las ideas que cada cual profese sin temor y sin violencias, de respetar la forma en que cada cual expresa su relación con el amor, que es lo que distingue al ser humano – hombre y mujer – de los seres irracionales.

La utopía necesaria de Tánger que estamos construyendo a partir de Antonio y Emilio es un hermoso edificio de palabras y recuerdos que flota en el ambiente con mayor fuerza que la realidad y que nos recuerda que tanto si fue cierta como si no lo fue en todos sus matices, merecería haberlo sido. Si hoy proliferan los boletines, las revistas y los sitios en la red relacionados con el Tánger de nuestras infancias, si todos creemos en ese Tánger que con la palabra y el recuerdo hemos convertido en multirracial y pluriconfesional, libre, democrático y humano, es porque la utopía sigue siendo de nuevo necesaria.

Esa es la auténtica obra acabada de todas aquellas que Emilio nunca concluyó. Nadie puede pensar en este Tánger virtual que deseamos ardientemente que hubiese sido, sin que sus pensamientos se deriven de una manera u otra a Emilio Sanz y Antonio Vázquez. Ellos nos enseñaron a vivir entre la realidad y el sueño, y eso les garantiza la permanencia entre nosotros.

1 comentario:

  1. Este articulo sobre Emilio me parece una preciosidad además de justo homenaje a nuestro querido y común amigo.
    Ibirico

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