12/18/2007

Tánger, utopía retrospectiva y utopía de futuro

Bienaventurados los literatos y escritores porque saben devolver para la posteridad mundos que los ciudadanos objeto de esa literatura viven e interiorizan de manera diferente. No puedo escribir de Tánger sin plantearme cada vez las mismas preguntas: ¿Qué fue Tánger? ¿Cuántos Tánger existieron simultáneamente? ¿Quien puede pretender el monopolio de las evocaciones o la visión más integradora de la reconstrucción literaria de aquella experiencia única?







Domingo del Pino Gutiérrez

Este articulo es un resumen del publicado en LETRA INTERNACIONAL Nº 93/2,006 de la Fundación Pablo Iglesias

Bienaventurados los literatos y escritores porque saben devolver para la posteridad mundos que los ciudadanos objeto de esa literatura viven e interiorizan de manera diferente. No puedo escribir de Tánger sin plantearme cada vez las mismas preguntas: ¿Qué fue Tánger? ¿Cuántos Tánger existieron simultáneamente? ¿Quien puede pretender el monopolio de las evocaciones o la visión más integradora de la reconstrucción literaria de aquella experiencia única?

Probablemente ninguna experiencia vital tiene para la posteridad, constituida por quienes a posteriori escriben de ella cada vez con más frecuencia y por razones obvias sin haberla vivido personalmente, el poder de evocación que tiene aún hoy Tánger. Tenemos la sensación intuitiva de que allí se produjo algo grande, algo ejemplar para un mundo que se separa día a día, que parece desintegrarse en la periferia de la riqueza y del bienestar, y que llama a nuestras puertas con gritos desgarrados de desesperación.

En los últimos años se han multiplicado los clubes de ex-tangerinos, los encuentros de antiguos tangerinos, y al amparo de las nuevas tecnologías de comunicación se han multiplicado las páginas web sobre Tánger. Están contribuyendo a acercar a amigos, compañeros, que la vida dispersó, y a permitir que sepamos de nuevo de aquellos que fueron amigos entrañables y que un buen día desaparecieron de nuestras vidas.

Intercambiamos a través de la red fotografías de colegio, de actividades pasadas, de vistas antiguas de la ciudad inmovilizadas par siempre por las cámaras de foto, y ahora comenzamos a reconstruir la historia de nuestras vidas posterior a la partida de Tánger. Reaparecen los vecinos del edificio donde vivíamos, los lugares por donde paseábamos, los escenarios donde llenábamos nuestro tiempo libre, las aficiones con que satisfacíamos nuestro ocio. Revivimos los olores, esos olores a especias, campo, mar, _bakalitos_, vendedores ambulantes, que son inseparables de nuestras añoranzas fundamentales.

Olores, sabores, recuerdos de un Marruecos especial, de un mundo árabe occidental propietario de una cosmogonía como mínimo tricultural, pero sobre todo de un cosmopilitismo en el cual la multiculturalidad tan de moda y tan estudiada hoy era vivida con toda naturalidad y con toda sencillez.

En el presente los gobiernos y las sociedades se esfuerzan por reconstruir esas diversidades promiscuas e integradas del pasado, aunque cabe un cierto escepticismo sobre sus posibles resultados cuando los intereses de las países, de los políticos y de sus partidos, a pesar de las narrativas electorales o movilizadoras de partido, divergen tanto de las aspiraciones y ambiciones básicas de los ciudadanos.

Cuando los antiguos tangerinos nos reunimos, cuando juntos apelamos a la memoria desfalleciente de nuestro pasado tangerino común, lo que surge casi siempre es un torrente de recuerdos y anécdotas todas ellas banales. Como tales anécdotas y recuerdos, seguramente comunes a todas las infancias de todos los tiempos y de todos los seres humanos, lo que hacemos es un ejercicio siempre igual y siempre repetido de evocación nostálgica de un pasado que queremos convertir en la distancia en único.

Creo firmemente, como escribió Proust en su En búsqueda del Tiempo Perdido, que “el ser humano crea símbolos, referencias, tradiciones, a las que vincularse, y con las cuales identificarse”. Pero creo también que todas las infancias, incluso las vividas en las circunstancias más adversas, encierran momentos – de felicidad, iba a escribir - que quisiéramos repetir.

La nostalgia que todos conservamos de Tánger puede que no sea diferente a ninguna otra añoranza que los seres humanos comienzan a sentir invariablemente en un momento determinado de sus vidas. Añoramos nuestro pasado tangerino dando la razón a quien desde la reflexión literaria nos dijo que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y esa es finalmente la cuestión ¿fue nuestro tiempo pasado tangerino excepcionalmente mejor que cualquier tiempo pasado mejor de otras experiencias vitales?

Sea lo que fuere, esa nostalgia que nos reúne a los ex-tangerinos físicamente de vez en cuando en meriendas o comidas, y cotidianamente a través de la red, está creando un Tánger virtual, en el recuerdo, que comienza a ser más importante que el Tánger real en que vivimos. Junto a esa recreación virtual, banal, de nuestro pasado, han surgido en los últimos años numerosas narrativas, la mayoría de las veces por autores que no vivieron personalmente aquella experiencia, que recolocan la sustancia vital del Tánger de la segunda mitad del siglo XX en un universo literario que convierte a la narración en algo superior y con frecuencia diferente de lo narrado.

Si nuestras vivencias tangerinas pueden ser acopladas en los mundos imaginarios, misteriosos, atractivos, tolstoianos, de la narración, es otra cuestión. De lo que no cabe duda es que la ficción comienza a superar al hecho y de que la habilidad narrativa mejora y transfigura como de costumbre a las situaciones reales que pretende evocar.

Para los actores la realidad está balizada por los hechos que realmente tuvieron lugar. Para los narradores posteriores no existe más límite que los que la propia imaginación impone. Estamos quizá en presencia de dos nostalgias tangerinas diferentes. La nuestra, la de los tangerinos, que no es más que un lamento por ese tiempo pasado siempre mejor, perdido y la de aquellos que a posteriori y sin haber compartido aquel pasado parecen proponer más bien una nostalgia de los que debería ser el futuro que puede que por las circunstancias del presente se intuya peor.

La historia insólita y única fue aquel Tánger que duró desde principios del siglo XX hasta los años sesenta de ese mismo siglo. Pero lo excepcional está en el relato posterior de aquella experiencia. Nosotros vivimos aquel Tánger con toda naturalidad y con la misma sencillez con que se viven todas las vidas, incluso las más excepcionales.

Nuestras fotos de colegio, los nombres que escribimos en su momento al dorso de las fotografías, confirman que éramos cristianos, judíos, musulmanes, hindúes, coptos tal vez, pero que afortunadamente no lo sabíamos. Mejor aún, aquella circunstancia no tenía ninguna incidencia ni en nuestras relaciones ni en nuestras vidas. La aparente obligatoriedad actual de clasificarnos por la supuesta pertenencia a un grupo religioso o cultural, las sintamos diferentes o no, es muy posterior.

Las fotos nos muestran a todos confundidos en las mismas filas, sentados juntos en los bancos de madera de los colegios, unidos en los mismos equipos de fútbol o voleibol. Y no hay nada en esta vida que elimine mejor las barreras artificiales que hoy elevamos entre nosotros que el banco del colegio, ni que una más que un equipo de fútbol.

En todo caso, yo no recuerdo haber vivido ninguna circunstancia excepcional en aquel Tánger aunque la posteridad hoy considere que aquellas banalidades de la vida pasada de quienes hoy somos clasificados primero como judíos, cristianos o musulmanes y solo después como seres humanos, constituye una excepción.

Hasta la segunda mitad del siglo XX no solo los niños convivíamos juntos sin saber que seríamos considerados mas tarde diferentes. Las familias intercambiaban presentes en las ocasiones gozosas de las respectivas fiestas religiosas o laicas; se visitaban y pasaban ante las sinagogas, las mezquitas y las iglesias sin ningún recelo, y no tenían la menor idea de que esa promiscuidad pudiese parecer insólita a la posteridad. Cada cual escenificaba, públicamente o no, sus tradiciones que los demás observaban con respeto e interés. Todos sabíamos qué eran los tefelines, el Kippur, el Ramadán, los varios aids de los musulmanes, la Navidad, la Semana Santa, y éramos conscientes de la importancia que tenían para las comunidades sus rabinos, sus jeques o sus sacerdotes.

Algún amigo marroquí, ciertamente no tangerino, me ha sugerido alguna vez que aquella vivencia única de Tánger fue eminentemente hispano-sefardí y que la parte árabe se encuentra la mayoría de las veces ausente o presentada en estratos subordinados en los relatos sobre ese pasado. Es una explicación plausible que ha de ser tomada con circunspección. Autores como Mohamed Chukri o más recientemente Tahar Benyellun, las fotografías de los encuentros deportivos entre colegios, de los guateques españoles o las surprises parties de los franceses, las amistades tejidas, los testimonios de nuestros padres, sugierren una realidad diferente.

Las únicas diferencias que existieron en Tánger tuvieron que ver con las circunstancias económicas y sociales de las familias, pero no eran diferencias culturales, sino diferencias sociales dentro de cada comunidad. Hubo judíos ricos y judíos pobres, cristianos ricos y cristianos pobres, musulmanes ricos y musulmanes pobres. Esas sí eran barreras sociales y ocasiones de marginación o de exclusión, de la misma manera que hubo judíos, cristianos y musulmanes, progresistas o conservadores.

Una novela, a mi entender única, La Vida perra de Juanita Narboni, del escritor y amigo hasta su muerte, Antonio Vázquez, ha sabido sublimar como ningún otro relato la profundidad histórica y sinceridad de aquella convivencia y convivialidad tangerina, de aquellos mundos culturales cruzados, y de aquellas interpenetraciones humanas transversales, que dieron lugar a una promiscuidad cultural espontáneamente y maravillosamente gestionada.

La vida Perra de Juanita Narboni, afortunadamente, no cae en recreaciones retóricas ni angelicales de lo que es o puede ser la convivencia. Sus personajes son seres de carne hueso, con pasiones y debilidades absolutamente humanas, y para llamarlo con lenguaje moderno, profundamente demócratas y humanos. Porque, a fin de cuentas ¿qué es la democracia sino la concreción política de los sentimientos de humanidad?

Conocí a Antonio Vazquez –Antonio fue siempre para nosotros y no Ángel Vázquez como se le presentó después de su Premio Planeta y de La Vida Perra por primera vez en casa de su prima y hoy mi esposa, Lucia Gil. La madre de Antonio y el padre de mi esposa eran primos hermanos. Ella originaria de Jubrique y el padre de mi esposa de Algatocin, en la misma zona de la sierra malagueña. Antonio había nacido en Tánger en 1929 y allí vivió hasta 1965 y en 1962 había ganado el Premio Planeta con su obra Se enciende y se apaga una luz.

Confieso que en aquel primer encuentro nada en Antonio me llamó la atención. Me pareció un personaje de una timidez irritante, retraído, ensimismado en sus fantasías mentales, que parecía protegerse de los demás con su aparente y volunario distanciamiento.

Luego comencé a frecuentar a Antonio junto con otros amigos tangerinos como Tomás Ramírez, Emilio Sanz de Soto, Marilú Gutiérrez, Alberto Pimienta, José Luis Urosa, entre otros y en entornos completamente diferentes al familiar. Así fui descubriendo poco a poco al verdadero Antonio, a un ser humano que luego se ha querido identificar con el personaje central de su novela más famosa, pero que en realidad es mucho más complejo, mucho más impreciso en toda la variedad de registros de su personalidad de lo que pudiera sugerir esa asociación que se hace de el autor con su personaje.

Nos comenzó a unir una misma afición a la literatura y al buen cine, y la misma amistad con Emilio Sanz y Pepe Carleton, que en aquellos años animaban un cine club en Tánger que puso en contacto a una parte de la juventud tangerina entre la que me cuento, con un cuarto de siglo de anticipación a la Península, con el cine de Bergman y Truffaut, que son los que más me impresionaron, y con todos los grandes directores del momento, casi todos censurados en la España nacional-católica de entonces.

Pero la influencia de Emilio o de Antonio en nosotros no se limitó al cine: gracias a ellos leí a Proust, Kafka, Sartre, Tennessee Williams, Arturo Barea y otros muchos autores que, de acuerdo con las pautas culturales de la sociedad española de entonces, hubiera tardado medio siglo más en leer.

Después del cine club nos sentábamos en las terrazas de los cafés a discutir hasta altas horas de la madrugada sobre la película que habíamos visto o el libro que habíamos leído, tratando de mirar para otro lado cuando el camarero reclamaba el pago de las consumiciones porque por aquellos años teníamos muchas ilusiones, muchas ideas y muchas ambiciones, pero ningún dinero.

Solo los veranos traían alivio a esta precariedad pecuniaria porque venía Rafa Azqueta, gran amigo de Emilio, que siempre se unía al grupo y pagaba generosamente lo que consumíamos todos. Era la ocasión para pedir algo más que un café o un té a la menta y añadir una palmera, un mil hojas, un pastelito de crema, un croissant o alguna bollería.

Otro entorno que solucionaba nuestros problemas económicos al menos para socializar entre nosotros eran las reuniones en la tertulia de Doña Elena Spencer, una mujer maravillosa que siempre me ha evocado en versión tangerina a los salones parisinos de Madame de Staëhl. Doña Elena supo transmitirnos a los jóvenes que frecuentábamos su casa su amor por la buena música, por la lectura, por el arte y en definitiva por la libertad y el respeto del otro. Si añadimos que nos regalaba con unas croquetas y unos bocadillos estupendos que preparaba ella misma, podemos comprender que considerásemos aquella tertulia como la antesala de la felicidad perfecta.

En casa de doña Elena oí por primera vez el Pierrot Lunaire de Schönberg que tanto me ha fascinado y me fascina y a fuerza de habituar el oído a la música, allí y en el conservatorio, llegué a poder distinguir no sólo al autor de una obra sino a sus intérpretes. De hecho doña Elena nos sometía a veces a Marilú Gutiérrez, a Alberto Pimienta y a mí, a ese examen amistoso y jovial de tratar de adivinar no solamente qué pieza había puesto en el gramófono, sino quién la interpretaba.

En aquellas tertulias con Emilio Sanz y doña Elena fue donde descubrí que Antonio Vázquez también hablaba y también participaba, y que era un personaje lleno de ingenio, de fantasía y de vida interior. Llevaba un volcán literario dentro de sí que su timidez le obligaba a tapar con frecuencia y que sólo entraba en erupción realmente ante unas cuartillas de papel y de su máquina de escribir.

Era tan tímido y al mismo tiempo tan modesto que nunca creía merecerse nada, que siempre se dejaba a si mismo para el último lugar, y que se consideraba obligado a agradecer cualquier muestra de afecto que se tuviera hacia él por pequeña que fuese. Un día Carmencita Palma le dio un trozo de tarta del pastel de cumpleaños de su hija y al día siguiente Antonio se apareció de nuevo en su casa con un cuento titulado Barbara y los Cisnes que había escrito expresamente para la hija de Carmencita.

Poco a poco Tomás Ramírez y yo, y más tarde José Luis Urosa, por quien Antonio tuvo un afecto diferente, nos hicimos sus amigos inseparables. Pasábamos horas con él cuando trabajaba con el abogado Díaz Merry siempre ausente. Nos escapábamos con frecuencia al Monte a mirar el mar y las grandes “villas” de los ricachones tangerinos, y a comer pollo frito en alguno de los restaurancitos árabes que por allí había. Uno de ellos, que tenía un jardín con columpios para niños, era el favorito de Antonio.

Comíamos al aire libre y la vida pasaba ante nosotros con una mansedumbre, una paz y una despreocupación por el tiempo que en pocos años se acabaría. Por las tardes paseábamos por la Medina, la parte antigua de la ciudad, deambulando entre los bakalitos, los cafetines morunos, tomando ese té a la menta que solo los marroquíes saben preparar de forma tan deliciosa.

Si el dinero alcanzaba, pedíamos media docena de pinchitos para los cuatro. Probábamos las aceitunas en salmuera, los caracoles hervidos en laurel, y nos regalábamos con esos aromas de las especias, el olor de las chorbas, de la grasa crujiente al quemarse de los pinchitos, de las babuchas de cuero, de los locales baratos llenos de humo de aceite hervido decenas de veces, de los tajines de pescado y cordero, en suma de olor a vida, un olor que siempre me transporta en la imaginación a Marruecos.

Un día, casi al principio de nuestra amistad, Antonio Vázquez se apareció en el cafetín donde nos reuníamos con unas cuartillas en la mano y me dijo con toda la enorme timidez e inseguridad que le caracterizaba que las leyera y le dijera que me parecía. Era su cuento Oliva que acababa de escribir la noche anterior. Recuerdo que el cuento no me impresionó y se lo dije. Me pareció cursi. Antonio estuvo triste toda la tarde, pero lo cambió un poco y luego lo publicó en la revista Blanco y Negro.

Esos relatitos cortos que Antonio escribía para ganarse la vida en el diario España o en otras publicaciones españolas no me gustan nada. Me parecen literatura convencional, bien escrita porque eso no cabe duda que Antonio lo hacía maravillosamente, pero literatura cursi al fin y al cabo. Me refiero a El Pájaro Multicolor, La hora del té, y a Reuma, aunque otros como Las viejas películas traen malapata o El hombre que estaba enamorado de Bette Davis, ya anticipan al gran autor que sería después.

Algunas de sus novelas, como Cuarto de los Niños, Se enciende y se apaga una luz (Planeta 1962), o Fiesta para una mujer sola (Planeta 1964), constituyen la antesala de La Vida Perra de Juanita Narboni que no llegará, no obstante, hasta doce años después en 1976. Por lo demás Antonio Vázquez es un autor en buena medida inédito como algunas de sus obras La dama del Tajo, El primer día, Las ancianitas y el viejo del Café, Un sombrero alegre, y otras como Vera o El viejo Jonás las quemó. Aún hoy esas obritas cortas me parece que no tienen nada que ver con la majestuosidad y la monumentalidad de La Vida Perra de Juanita Narboni.

Sólo hubo en esta historia de Tánger del siglo XX un periodo de incertidumbre y de miedo para los españoles que allí vivían: el que transcurrió desde el 12 de mayo de 1940, cuando las Mehallas del Ejército español en el Protectorado de Marruecos irrumpieron en la ciudad, hasta mayo de 1944 en que el cierre del consulado alemán de Tánger marcó simbólicamente el final de una época del peor franquismo que en la ciudad de Tánger solo duró afortunadamente cuatro años.

Muchos españoles huyeron despavoridos a la zona del protectorado francés cuando el Coronel Antonio Yuste, al mando de la fuerza ocupante, abolió al Comité de Control y a la Asamblea Legislativa y decretó desde los primeros días de su llegada la anexión de Tánger a la Zona Española del Protectorado sobre Marruecos.Poco a poco la tragedia de los españoles durante la posguerra civil española comenzó a aposentarse en Tánger, aunque mitigada por el régimen internacional de la ciudad. Se comenzó a escuchar por las calles el Soy el Novio de la Muerte de la Legión española, comenzaron las detenciones, delaciones, la identificación de los masones con señales en las puertas de sus casas como hizo la Alemania nazi con los judíos, apareció el pelado al rape y el aceite de ricino contra las mujeres, y las detenciones arbitrarias e incluso fusilamientos contra los hombres.

La Falange y el fascio se apoderaron de las calles de Tánger mientras el nuevo comandante militar español de la ciudad devolvía a la Alemania nazi el viejo consulado, que pronto se llenaría de altos funcionarios militares nazis para horror sobre todo de la población judía y de los que habían llegado a Tánger huyendo precisamente de los horrores del nazismo.

En el léxico de la ciudad se introdujeron palabras y expresiones hasta entonces desconocidas como Autoridades y jerarquías, Jefes Locales, provinciales y nacionales, Por Dios y España y su revolución nacionalsindicalista, El camarada y /la camarada, los Interventores, las jefaturas, y hasta los Gritos de entusiasmo y patrióticos reglamentarios y para muchos obligados. Se constituyeron las secciones femeninas y masculinas de Falange de la que en Tánger fue jefe celoso el médico Antonio Amieva Escandón.

Pronto comenzaron a aparecer instituciones que han acompañado a la institución falangista como las Damas de la Caridad, El Roperillo, el comedor Patria Pan y Justicia, el Auxilio Social, se impuso el Yugo y las Flechas a muchos tangerinos convertidos a toda prisa a la nueva ideología y entre los más famosos, a la Duquesa de Guisa, pretendiente con su esposo al trono de una Francia que permanecería no obstante republicana.

Siempre he oído entre los amigos de Antonio asociar su extraordinaria timidez con su homosexualidad y es un hecho que incluso en la sociedad española tangerina de los años cuarenta y cincuenta la homosexualidad era considerada con tanta intolerancia como en la Península. Los armarios seguían llenos incluso en Tánger a pesar de que otras comunidades de países más avanzados que España en materia de costumbres tenían una actitud mucho más abierta. Pero lo cierto es que en los entornos españoles de Tánger la homosexualidad seguía siendo una especie de mal que el padre López, el guardián e intérprete de las esencias patrias, no dejaba de fustigar desde su púlpito.

Sospecho, estoy casi convencido, que Antonio Vázquez murió sin haber podido realizar su capacidad “amandi” con ningún otro ser humano y que murió sin haber conocido otro amor que su propia literatura. Los tiempos presentes le han dado una satisfacción póstuma, pero a través de su insatisfacción en la vida real podemos fácilmente comprender el drama de miles de seres privados por convenciones sociales de algo que es consustancial con toda vida humana: la necesidad de amor, sea cual sea el género de la persona amada.

Ya en Madrid, Antonio Vázquez intentaba ahogar en la bebida no solo sus insatisfacciones fisicas sino una especie de complejo de inferioridad que hacia extensible a su propia obra y que al final de su vida le llevó a destruir algunos de sus últimos escritos.

Los amigos se preocupaban mucho por esta inclinación de Antonio a la bebida que en verdad le estaba minando la salud, le regañaban como a un niño y él se encogía en si mismo cuando le afeaban la conducta, fruncía el ceño y refunfuñaba como un auténtico adolescente cogido en falta. Recuerdo que conmigo se sentía en confianza porque yo era el único que le dejaba beber sin regañarle. Pero para evitar sorpresas y por precaución, Antonio solía pedir un bitter cas, lo vaciaba y llenaba la botellita de tinto o de whisky, para despistar si se presentaba algún amigo intransigente.

Hoy son muchas las personas que prosperan escribiendo y comentando la obra de Antonio, en especial La Vida Perra, que ha sido llevada al cine, con poco éxito y menos fidelidad a la obra original, hay que reconocer, y que fue y es objeto de tesis doctorales. Conozco al menos tres: Experiencias del tiempo y lugares de indeterminación, de Dorita Nouhad, Imágenes y representaciones del Marruecos hispanófono, de Nathalie Sagnes Alem, y El espejo o la búsqueda de una identidad, publicada en Lenguas Neo-latinas en 1991.

En vida, sin embargo, como ocurría con una buena parte de los grandes artistas y literatos del pasado, Antonio no tuvo nunca un céntimo y cuando lo tuvo lo dejó de tener casi al instante porque desconocía el valor del dinero y su utilidad. Cuando hoy le recuerdo me doy cuenta de que fui amigo de un ser excepcional, de un personaje más que de ficción de otro mundo o de otra época: de un ser humano en su vida y en su obra. A él tal vez le hubiera gustado que se le despidiera por última vez con aquellas palabras que puso en boca de Juanita Narboni en un momento de la narración: ¡Qué bonito estaba el cementerio! Es una alegría. Me ha gustado mucho el sepulcro de tu mamá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario