12/18/2007

Rosalinda Powell Fox: ¿Espía, amante, aventurera aristocrática?

Rosalinda Powell Fox, una joven inglesa casada casi en la pubertad con un importante pero oscuro funcionario de colonias británico, fue amante del Alto Comisario en Marruecos y luego primer ministro de Asuntos Exteriores de Franco, Juan Luis Beigbeder. Su vida estuvo llena de misterios. Sir Winston Churchill dijo de ella que había influido en el curso de la Segunda Guerra Mundial


Domingo del Pino Gutiérrez.Afkar/Ideas nº 6 Primavera 2005

El presente ya no es lo que era; el futuro tampoco es lo que será. Nuestro pasado y todo lo que hacemos o somos en el presente es sistemáticamente digitalizado e incluido en bancos de datos sin alma, propiedad de empresas privadas que lo comercializan, venden e intercambian como cosa propia cuando le ven algún valor.

Nuestra existencia no es un secreto para nadie, excepto para nosotros mismos. Un gran hermano Orwelliano sin estados de ánimo, que puede tomar la apariencia corporal de un inspector de Hacienda, de un banquero, o de cualquier vendedor telefónico de chatarrería innecesaria, dispone ya de muchos más datos sobre nuestra vida de los que nosotros mismos somos humanamente capaces de recordar.

Tenemos la ¿suerte? de vivir en plena era digital y la “red” nos ha recogido en ella para bien y para mal. El destino, la “moira” tan importante de la tragedia griega, es ahora alfanumérico, convertible a bytes, kilobytes que miden la importancia de cada individuo. Se trata de una importancia que siempre será relativa porque depende del azar; de las veces que los robots que vigilan permanentemente el ciberespacio hayan encontrado nuestro nombre. El futuro es lo que la red recoge y esa cosecha deja fuera a grandes personajes, a pueblos y naciones enteros, que no salgan en las páginas de los periódicos o en las reseñas de libros.

Rosalinda Powell Fox es un caso típico de esas injusticias alfanuméricas que se preparan. Cuando quise saber de ella recurrí a la red y sólo encontré una mención, la del libro de memorias que escribió muy avanzada ya su vida. The Grass and the Asphalt sólo vio la luz gracias a la generosidad de un grupo de amigos de Sotogrande.

Rosalinda Fox ha declinado su vida el pasado mes de diciembre en aquel Guadarranque gaditano, donde pasó media existencia, desde un asfalto español que mira a la hierba vecina de Marruecos. A sus 96 años de edad sobrevivió a todos aquellos que desde la pubertad le auguraban corta vida y un reposo imprescindible porque había contraído en la India del Imperio, British of course, una tuberculosis bovina incurable de las que, salvo contadas excepciones, llevan a la tumba.

Su vida, como todas las vidas interesantes, suscitó pasiones y odios, elogios y vituperios. Los dos más recurrentes fueron la de ser espía británica y el de querida de Juan Luis Beigbeder quien, en el tiempo que la conoció, fue agregado militar en Berlín en 1936, Alto Comisario en Marruecos desde el mismo año, ministro de Asuntos Exteriores en 1939, y desde 1940, general sin funciones, el peor estado de un militar.

A partir de 1950, según lo describe Rosalinda Fox, era ya un “hombre roto y enfermo”. En este presente feliz, alfanumérico, democrático y universalizante podemos preguntarnos qué sentido, qué utilidad, tienen los espías de carne y hueso o qué puede ser espiar. Los nostálgicos dirán, parafraseando a Jorge Manrique, que cualquier tiempo pasado fue mejor; los evolucionistas, que vivimos en el mejor de los mundos. En cualquier caso, felices los tiempos en que espías y espiados tenían como escenario de combate restaurantes famosos, salones alfombrados, y lechos de sábanas de satén y baldaquines. En tiempos de cambio, todos compartían la emoción, la atracción irresistible de vivir la vida como si cada momento, cada gesto y cada palabra, pudiera ser el último.

No me refiero a esa lotería de la vida y de la muerte que la literatura o nosotros mismos cuando nos podemos trascendentes llamamos destino. Me refiero al otro destino, que se juega también entre la vida y la muerte, el amor y el odio, pero que es consecuencia de actos conscientes, y nos mantiene pendientes de otras circunstancias que no sean las expectativas de vida ni las estadísticas de accidentes de carretera.

Una idea machista del espionaje

Una cierta tradición machista ha dado lugar a que el espionaje haya sido percibido en todos los tiempos como una cuestión de hombres y como una actividad relacionada con la guerra y los militares. La literatura y el cine han popularizado a algunas mujeres, desde Cleopatra a Mata-Hari. La última conocida, Alina de Romanones, autora de La Espía de las botas Rojas, como todas, se cuida de incluirse ella misma en un Gotha en el que ni están todas las que son ni son todas las que están.

Pero que fue la británica Rosalinda Powell Fox ¿espía, amante, o quizá última aventurera romántica de aquellas que desde finales del siglo XVII y el siglo XIX recorrieron el mundo? Rosalinda Fox ¿de quien está más cerca, de Mata-Hari o de la Comtesse de Gasparin? ¿De Vera Chalbur o de Lady Montagu? ¿De Caridad del Rio, para quien la razón ideológica impregna todos sus actos y pasiones, o de las dos mujeres del relato de Los Baibares y los doce capitanes de policía, de las Mil y Una Noches? Fuese lo que fuese, Rosalinda Fox en su libro niega constantemente, página tras página, haber sido espía, aunque página tras página se adivina entre líneas una especie de secreto placer en sugerir que ha sido lo que dice que no fue.

¿Pero qué fue? Rosalinda Powell Fox nació a principios de siglo de una familia inglesa acomodada de las muchas que vivían en India en la época del Empire. La desposaron cuando tenía dieciséis años con un comerciante rico que también vivía en Calcuta. Cuando dos años después nació su hijo Johnny, Rosalinda contrajo una tuberculosis bovina incurable por la que los médicos solo le auguraban un rápido tránsito hacia la muerte.

Su marido, muy absorto en sus negocios para ocuparse de su esposa, prefirió enviarla a Inglaterra primero y a Suiza después con una generosa pensión mensual de 30 libras, una pequeña fortuna en su tiempo. El resto de la vida de Rosalinda es una lucha constante contra los pronósticos, sobre los que triunfó muriendo a los 96 años, en diciembre pasado, y después de haber enterrado a todos los seres que quiso en vida.

A principios de los años cincuenta, Juan Luis Beigbeder, un hombre “roto y enfermo” según ella misma lo describe, le pidió que comprara una casita en algún lugar de la costa sur española desde donde se pudiera ver Marruecos. Rosalinda se decidió por Guadarranque, un pueblecito andaluz de la bahía de Algeciras cuya playa solo tenía como telón de fondo el Peñón de Gibraltar, una satisfacción para la propia Rosalinda, y detrás la costa norte marroquí, un último placer para Beigbeder. Último y breve porque Beigbeder falleció a las pocas semanas de haberse instalado en Guadarranque.

Retiro en Guadarranque

Los pocos que han escrito sobre la vida de Rosalinda afirman que hasta ese proyecto, convertir a Guadarranque en un apacible lugar de retiro para sus amigos y compatriotas, fue un fracaso porque una refinería de petróleo y una zona industrial vinieron a instalarse a la puerta del summer resort que había logrado edificar. Su existencia, sin embargo, sugiere todo lo contrario. Haber llegado a los 96 años padeciendo una tuberculosis bovina terminal es toda una proeza; que Winston Churchill dijera, según recuerda la señora Fox, que “la guerra hubiera seguido un curso diferente de no ser por Rosalinda Fox” supone una existencia llena de recodos misteriosos.

Para juzgar solo tenemos el libro de la propia Rosalinda. Rosalinda tuvo el curioso don de los grandes personajes de la historia de encontrarse siempre en el lugar apropiado en el momento adecuado: En Cascaes cuando un exiliado español de categoría, el General Sanjurjo, preparaba la insurrección contra la República y se disponía a presidir el gobierno que de ella resultase; en el hotel Adler de Berlín, en los prolegómenos del nazismo, donde ve de nuevo a Sanjurjo y conoce a un joven y culto agregado militar español llamado Juan Luis Beigbeder; en Tánger, coincidiendo con el nombramiento de Beigbeder como Alto Comisario de España en Marruecos con sede en la vecina Tetuán; en Tetuán a donde se traslada durante todo el tiempo que Beigbeder es Alto Comisario; en Madrid en 1939 junto a un Beigbeder ministro de Asuntos Exteriores; y en 1950 en Guadarranque, de nuevo con Beigbeder, cuando ya el curso de la historia les ha dejado a ambos a un lado. Para entonces Rosalinda tenía 42 años de edad y en realidad había llenado su vida de suficientes emociones.

¿Qué emociones? Las que su corazón les dicta seguir. Escribe Rosalinda que “no me agradaba que los nacionales considerasen a Inglaterra una potencia inamistosa para España” y se propuso convencer a Beigbeder de inclinarse por Inglaterra y a Inglaterra por España. ¿Demasiado para una mujer sola? En cualquier caso parece haber tenido cierto éxito: “Yo preferiría que nos apoyase Gran bretaña en vez de Alemania” le confiesa Beigbeder, “pero la decisión es británica y no mía”.

Para influir en la decisión de su país visita en Tánger a sus amigos el Coronel Hal Durand y a Mary Beynon, ambos amigos del Secretario de Estado para Asuntos Exteriores, Lord Halifax. Duran y Beynon viajan a Londres como “facilitadores”. La misión tendrá resultado positivo más tarde, cuando Juan Luis Beigbeder sea ya ministro de Asuntos Exteriores, e Inglaterra decide nombrar en Madrid a Sir Samuel Hoare para aplanar la falta de comunicación del anterior embajador británico con el ministro español.

Antes, en 1939, cuando Rosalinda se entera -porque Beigbeder se traía los documentos de la Alta Comisaría a casa para trabajar y compartía sus inquietudes con ella- que los franceses concentraban tropas en las fronteras del Protectorado español con la intención de ocuparlo si España entraba en guerra del lado de Alemania, Rosalinda decide averiguarlo por si misma y en su pequeño Austin 7 se lanza a las carreteras marroquíes y a las fronteras. Es detenida por los franceses pero los encantos de mujer pueden más que el deseo del general francés al mando de fusilarla por espía. De regreso a Tetuán puede confirmar a Beigbeder la veracidad de la inteligencia recibida y el Alto Comisario, en consecuencia, decide armar a las poblaciones fronterizas.

Aquel gesto hubiera podido precipitar las hostilidades con Francia y Rosalinda logra que el agregado militar británico en Gibraltar efectúe una mediación con los franceses como resultado de la cual éstos retiran a la mayor parte de las fuerzas que habían concentrado en las fronteras de la zona española, y Beigbeder desarma de nuevo a las poblaciones fronterizas. ¿A cambio de qué? El libro no lo dice pero sugiere que pudo haber sido la promesa, que Beigbeder entonces no podía garantizar aunque fuese su deseo, de que España no se aliaría con el Eje.


El Barón de Langenheim, Orden de la Mendubía

Curiosa promesa, si existió, pues en esos mismos meses al representante alemán, barón de Langenheim, el Jalifa le concede, a instancias de Beigbeder, la Orden de la Mendubía por haber conseguido que Alemania proporcionase los grandes Junkers de transporte de tropas para trasladar al Ejército de Africa a la Península y que a fines de 1938 unidades de la flota alemana al mando del Almirante Roeder visitan el puerto de Ceuta y Beigbeder les agasaja en la Alta Comisaría.

¿Beigbeder era aún pro-alemán? Pudiera ser. Rosalinda Fox escribe que “me tomé como tarea personal hacer que Juan Luis viera el punto de vista de Inglaterra en la contienda”. Como todos los ingleses, siempre que discute con Beigbeder termina pidiéndole que no olvide que “Inglaterra no ha perdido ni una sola guerra en miles de años”. Sin embargo, “money is money” incluso o sobretodo para una nación que nunca perdió una guerra. Rosalinda, a pesar de que lo intenta, no logra nunca que Inglaterra le preste a España los cinco millones de libras que Beigbeder le sugería que le prestase para saldar la deuda de España con Italia y poder adoptar una actitud neutral.

Pero en Madrid el ministro de Asuntos Exteriores y sus aspiraciones neutralistas se quedan solos. El gobierno, dice Rosalinda, es unánimemente pro-alemán y mientras Beigbeder intenta convencer al embajador Hoare de que puede influir para que España sea neutral, Serrano Suñer viaja el 15 de septiembre de 1939 a Alemania para participar en un cóctel que el mismísimo Hitler ofrecía a sus íntimos aliados para celebrar la victoria sobre Inglaterra. ¿Qué victoria? Para esas fechas, Alemania aún no había atacado a Inglaterra, así es que la información sobre el viaje de Serrano Suñer y sus motivos podía ser de vital importancia para Londres y Beigbeder se la comunica a Sir S. Hoare.

Para entonces Rosalinda ya ha pasado a encabezar una lista negra de la Gestapo en España y Juan Luis Beigbeder le aconseja, preocupado por su vida, que regrese a Estoril. El 17 de octubre de 1940 Beigbeder sería destituido como ministro de Asuntos Exteriores, sustituido por Serrano Suñer, cuñado de Franco, y confinado bajo arresto domiciliario en Ronda.

De esa privación de libertad no saldrá y por un tiempo breve, hasta después de terminada la II Guerra Mundial, cuando Franco le envía en misión especial para ayudar a restablecer los lazos con Estados Unidos, deteriorados durante la guerra. Su rehabilitación será breve y pronto caerá de nuevo en las redes de la historia acusado de complotar contra el propio Franco. Es la época en que Rosalinda Fox le verá de nuevo y dirá de él que es una “hombre roto y enfermo”.

Su vida había transcurrido en el glamour de los acaudalados retirados británicos que buscaban el sol, la comodidad y el cambio favorable de la libra con las monedas locales. Cascaes, Estéril, Tánger, Madrid, los grandes hoteles de lujo, el Palace y el Ritz, un piso de 44 habitaciones en Lisboa, otro más grande aún en Madrid. Cuando se instala en Guadarranque toda la propiedad ha sido puesta a su nombre y su viejo Austin 7 ha dejado paso a un Rolls-Royce.

Una tragedia humana que escapa a gobiernos y a espías

Su alma aristocrática, no obstante, no le permite ver hechos que no hubieran escapado a ninguna auténtica espía. Rosalinda es muy consciente de la importancia de la historia en la que está participando, pero no de la tragedia humana que ésta provoca en los dos lados. Lucha con todos sus encantos porque España no se alíe con Alemania, pero al igual que su contemporánea Isabelle de France, Duchesse de Guise, parece simpatizar con un franquismo que ella ha interiorizado como la necesidad de poner de rodillas al comunismo en España para evitar ese “monopolio capitalista estatal que se denomina a si mismo socialismo”. Su implicación no es ideológica sino simplemente para que no se cumple el intercambio que Hitler ofrecía a Franco, Gibraltar por el apoyo en la guerra.

Esta misma percepción es la de los gobiernos aliados de la época y la razón última por la cual fracasan incluso los intentos republicanos de sublevar a los marroquíes contra el Ejercito español de Africa, algo que de haberse producido hubiera podido cambiar el curso de la historia de España. La cuestión es ¿son los otros los únicos responsables? ¿La República en su conjunto puede seguir siendo tratada desde esta perspectiva acrítica que 65 años después aún prevalece en ambos bandos? ¿El fracaso de los intentos de sublevar a los marroquíes contra el Ejército africano a su vez sublevado contra la República solo es imputable a las ingenuidades de Carlos de Baraibar?

El libro de Rosalinda incluye algunos indicios para un análisis critico: en plena guerra civil y cuando la Armada de Franco solo disponía de dos barcos, Beigbeder le pide y Franco lo concede sin vacilar, que preste uno de ellos para traslada a los peregrinos marroquíes a La Meca. “Era”, escribe Rosalinda, “como pedirle a Whitehall la mitad de la Royal Navy en medio de una guerra”. “Juan Luis Beigbeder”, señala en otro contexto, “tenía un respeto genuino por las tradiciones y el modo de vida árabes, no calificaba de feudales a sus instituciones como hacían otros con desprecio en aras de un realismo socialista”.

La lectura de los documentos relacionados con este intento de sublevar a Marruecos de los archivos de la CNT de Amsterdam demuestra que al menos esta corriente política, tan capital en la historia de la II República española, albergaba hacia los marroquíes no solo los prejuicios inscritos en el imaginario colectivo español como consecuencia de las descripción de siete siglos de la historia de España como una Cruzada religiosa contra el Islam magrebí, sino todos aquellos de ese comunismo estilo soviético que consideró desde el inicio a la religión como el opio de los pueblos. Pero esto es otra historia que alguien debería reconstruir.

Su libro está lleno de comentarios pertinentes y sugestivos que permiten reflexionar sobre hechos importantes de nuestra historia y aunque algunos hechos relevantes escaparon a la perspicacia de Rosalinda, no dejan de constituir una poderosa llamada a la reflexión. Por ejemplo, porqué el Ejército español de Africa, sublevado en el 36 contra la República, logró movilizar a numerosos marroquíes en su apoyo.

“Juan Luis”, dice Rosalinda refiriéndose a hombre con el que compartió buena para de su vida, el Coronel Juan Luis Beigbeder, a la sazón Alto Comisario de España en Marruecos, “tenía un respeto auténtico por las tradiciones árabes, por su modo de vida, y jamás sintió el más mínimo desprecio por su religión, sus instituciones, ni jamás las consideró feudales o supersticiosas, ni intentó barrerlas en aras e un realismo socialista como hacían los soviéticos en las repúblicas musulmanas”.

Una partida decisiva para el destino de España

En Marruecos se jugó una partida decisiva para los destinos de España y Juan Luis Beigbeder fue un actor destacado en ella; en Burgos y Madrid, más tarde y siendo ministro de Asuntos Exteriores, se jugaría otra partida importante para el destino mismo de Europa, en la que Beigbeder, no obstante la brevedad de su ejercicio como ministro, dejaría su impronta.

Gracias a él ¿y él gracias a Rosalinda Fox? el régimen del 18 de Julio peregrinó de una abierta simpatía con las potencias del Eje, a una neutralidad más o menos respetada que le permitió sobrevivir en 1945 cuando triunfaron los Aliados.

Rosalinda Fox y Juan Luis Beigbeder, independientemente de los hechos y acusaciones que jalonaron sus vidas después, merecerían ser recordados por haber abogado por la alianza con Inglaterra, la una por razones estratégicas y el otro tal vez por motivos tácticos, nadando contra una corriente general en el poder que tenía sus ojos fijos en el Führer, sus pensamientos en el nacionalsocialismo, y su corazón en la Legión Cóndor.

Pero una esposa extranjera, o una amante como era el caso de Rosalinda Fox, era entonces un talón de Aquiles demasiado fácil de atacar tratándose de un ministro tan vistoso como el de Asuntos Exteriores. La historia les dio la razón, pero la historia da la razón sin rehabilitar a las personas que la tuvieron en su momento dado.

5 comentarios:

  1. Excelente relato, muy interesante.

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  2. Para conocer mejor el trasfondo de la vida de Rosalinda Fix no hay nada mejor que leer la excelente novela "El tiempo entre costuras". Me gustaría saber si Rosalinda la leyó antes de morir en diciembre ¿lo sabe alguién?

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  3. Estoy leyendo la novela "El tiempo entre costuras y me apasiono la vida de Rosalinda lo que me impulso a buscar mas datos de ella. Excelente este relato me permitio conocer mas de ella y de su amante.

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  4. Fantastica la novela y los personajes que cita,me encuentro identificado ya que soy de Tetuan,lugares y personas que cita de mi familia
    Muy recomendable leer esta novela para conocer la vida en el Protectorado

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  5. Cuantas cosas se descubren con el paso de los años, la novela y los personajes es recomendable

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